Kim Gómez Parentini
Imaginemos el Estadio Centenario y hagamos entrar a todos los uruguayos que nacieron el año pasado. No llenan las tribunas, los 28.842 nacidos en 2025 apenas ocuparían las de detrás de los arcos. Hagamos entrar ahora a los que murieron en el mismo año, fueron 34.838 y harían falta la Olímpica entera y una cabecera.
Ese es el país, mirado sin retórica. En 2015 habían nacido 48.926 niños; una década después, casi veinte mil menos. Desde 2020 mueren más uruguayos de los que nacen y la fecundidad cayó a 1,16 hijos por mujer.
A eso hay que sumarle la pérdida que no figura en ninguna estadística vital, porque se va caminando por la puerta del aeropuerto, entre 2011 y 2023 emigraron unos setenta mil jóvenes, buena parte de ellos con título universitario o calificación laboral.
Y no se van enojados con el Uruguay. Ese es el dato que más debería inquietarnos. Se van queriéndolo, con la camiseta en la valija. No hay portazo ni denuncia, hay una despedida en Carrasco y una frase que se repite en miles de familias con distintas palabras, acá no encontraba lugar.
Porque un país no pierde a su gente solamente cuando la expulsa. También la pierde cuando la cansa.
Y esto no es un problema sentimental. La deuda que hoy se contrae, el régimen jubilatorio que se diseña, la educación que se imparte, la inseguridad que se tolera, todo eso lo vivirá durante más tiempo quien hoy tiene veinte años.
Entonces la pregunta es una sola. ¿Qué estamos haciendo para que valga la pena quedarse?
Parte de la respuesta es económica, trabajo, vivienda, un costo de vida que no obligue a elegir entre formar una familia y llegar a fin de mes. Otra parte, hoy la más urgente, es la seguridad. Un país donde una madre calcula la hora en que su hijo vuelve de la facultad, donde el comercio de la esquina baja la cortina antes de que oscurezca, empuja hacia afuera, aunque no se lo proponga. Nadie se queda mirando una planilla de indicadores, se queda si puede imaginar a sus hijos jugando en la vereda en la que él jugó. Esa fuga no se mide en dólares. Se mide en generaciones.
Pero hay una tercera parte que no cuesta un peso y está enteramente en nuestras manos, que los jóvenes estén en la mesa donde se decide. No que decidan solos —nadie decide solo en una democracia—, sino que estén. Ninguna decisión mejora por excluir a quien más tiempo habrá de cargarla sobre los hombros.
Algo de eso venimos haciendo y conviene decirlo sin solemnidad. Pedro Bordaberry y Tabaré Viera organizan de manera permanente actividades en las que los jóvenes no son público sino protagonistas, no van a escuchar, van a hablar. Y cuando eso se hace en serio, el resultado no es un recambio, es un equipo. Los que tienen recorrido aportan el mapa; los que recién llegan, la impaciencia de recorrerlo. El uruguayo lo entiende mejor por el fútbol que por la sociología. Ningún entrenador que quiera ganar deja a un juvenil en el banco porque le faltan años, ni saca de la cancha a un veterano que sigue jugando. Pone al que juega.
Un país que no tiene hijos, que deja ir a los que tuvo y que no logra darles seguridad a los que se quedan, no está atravesando una crisis. Está tomando una decisión, aunque no la haya votado nadie.
Todavía estamos a tiempo de tomar la otra.
Porque las repúblicas no se pierden en un día. Se pierden de a un joven por vez, en la fila de un embarque, mientras alguien les explica que ya llegará su turno.