La verdad está en situación de calle

agosto 17, 2026

Orlando Aldama

Deambulamos con la complacencia y el apuro diario por las arterias de nuestra querida ciudad, casi como autómatas, con la mirada fija en el horizonte de nuestras propias urgencias, expertos en el arte de esquivar lo evidente.

En las esquinas del discurso público, allí donde el asfalto de la convivencia se quiebra, habita hoy la más incómoda de las presencias. No lleva harapos físicos, aunque su dignidad ha sido despojada hasta el hueso; lleva el peso insoportable de los hechos. La verdad, esa antigua brújula de las sociedades libres, ha sido expulsada de los despachos, de los grandes platós y de los cenáculos donde se decide el destino común. Hoy, la verdad está en situación de calle.

Es una estampa tristemente familiar. Todos la ven, pero nadie quiere hacerse cargo. Los transeúntes del poder aceleran el paso cuando se cruzan con ella, bajando la vista o fingiendo una atareada ceguera digital. La evitan porque su sola presencia los molesta. Interpela a unos y pone en evidencia a otros. Desnuda las promesas vacías y quiebra los relatos edulcorados que se fabrican en serie para consumo de una ciudadanía anestesiada. Verla de cerca duele, porque exige responsabilidad, exige memoria y, sobre todo, exige dejar de mentir.

Acostumbrados por años de ocultamiento y engaños, vivimos bajo el imperio de la mentira sistemática. Quienes necesitan mentir, mentir más y mejor, han construido un andamiaje donde la simulación es la regla y la autenticidad es un delito de lesa majestad institucional.

 En este ecosistema perverso, se ha desterrado la ilusión romántica de que la verdad posee una fuerza redentora intrínseca. Si la verdad y solo la verdad bastara para que el bien triunfara, no existirían las miserias sociales que gangrenan el tejido comunitario, ni los fanatismos impermeables al pensamiento crítico, ni los cruentos conflictos enarbolados por ideologías, filosofías o religiones dogmáticas que prefieren la hoguera antes que la duda metódica.

El triunfo del bien no es un automatismo cósmico; requiere un esfuerzo ético que las estructuras de dominación se empeñan en sabotear una y otra y otra vez.

Esta tragedia moral encuentra su correlato perfecto en la manifestación real de una gobernanza con falta de rumbo. Un timón roto o inexistente que ya no busca el bienestar general ni el desarrollo de sus pueblos, sino que navega a la deriva, guiado exclusivamente por la necesidad voraz de conservar el Poder por el Poder mismo.

Sostenida muchas veces bajo la disciplina de fachada del «centralismo democrático» —un eufemismo sofisticado para silenciar la disidencia, anular el debate interno y transformar los partidos o movimientos en ejércitos de “hormiguitas” obedientes—, hormiguitas que siguen ciegamente las feromonas del líder.

Nos enfrenta a una gobernanza que ha convertido la gestión pública en una coreografía de trincheras. Allí, la discusión de ideas ha muerto; solo sobreviven el dogma y la consigna.

En este organigrama de la degradación planificada, la realidad es manipulada una y otra vez por adlateres y genuflexos. Legiones de cortesanos cuya columna vertebral es el cinismo irrespetuoso, cuya única destreza es aplaudir el error propio y criminalizar el acierto ajeno, pululan por los pasillos de todo el Estado, se entremezclan en la cultura y llegan por los sindicatos a cada empresa.

A estos personajes no les interesa la verdad; les interesa conservar el poder a pesar de la realidad y de la verdad misma. Para ellos, los datos económicos son opiniones, las estadísticas sociales son molestias burocráticas y los hechos históricos son arcilla blanda que se moldea según la conveniencia del relato matutino.

Queda así en evidencia una absoluta falta de rumbo y una obstinada metodología de hacer pasar un argumento por verdad indiscutible. Cuando los cimientos retóricos crujen, se recurre sin pudor a la artillería pesada: operaciones mediáticas utilizando los mecanismos más rancios de la manipulación en comunicación. Ya no se debate; se demuele al adversario mediante el trascendido falso, la filtración interesada, el titular trampa y la posverdad convertida en política de Estado.

Un día tras otro se bombardea el discernimiento ciudadano hasta lograr que la mentira repetida mil veces adopte el tono confortable de la ortodoxia, mientras las falacias convierten los hechos en “niebla de guerra” y mientras los hechos verídicos son confinados al ostracismo.

Al final del día, el panorama revela una verdad antropológica tan triste como ineludible. Hay un tipo de gente a la cual no le interesa la verdad; solo le interesa sobrevivir a pesar de ella. Personajes camaleónicos dispuestos a cambiar de piel, de principios y de bandera tantas veces como el viento sople a favor de su propia conveniencia.

Mientras tanto, en la intemperie de las aceras públicas, la verdad aguarda paciente, ignorada y agredida, recordándonos que ninguna sociedad puede construirse de manera duradera sobre la estafa de la simulación.

Porque tarde o temprano, la realidad siempre vuelve a cobrarnos la cuenta, y los techos de cristal construidos con mentiras terminan derrumbándose sobre aquellos que creyeron que el poder podía comprar el tiempo y las conciencias.

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