La vida no nos espera

octubre 12, 2026

Pablo Caffarelli

Hay algo llamativo en la manera en que estamos viviendo. Tenemos teléfonos que nos permiten hablar al instante con alguien que está al otro lado del mundo, pero hace semanas que no visitamos a nuestros padres, que viven a veinte minutos de casa. Podemos seguir la vida de cientos de personas a través de una pantalla, conocer sus viajes, sus alegrías y hasta lo que comieron al mediodía, mientras ignoramos cómo se siente ese abuelo al que hace tiempo no llamamos. Estamos conectados con todos y, sin embargo, corremos el riesgo de alejarnos de quienes más nos quieren. Y lo hacemos sin darnos cuenta, convencidos de que mañana habrá tiempo, de que el fin de semana que viene será más tranquilo, de que primero debemos terminar unas cuantas cosas antes de permitirnos el lujo de relajarnos un poco y vivir.

 

Nos hemos acostumbrado a postergar la felicidad como si fuera una tarea pendiente. Trabajamos pensando en el momento en que podremos descansar, descansamos pensando en lo que tendremos que trabajar el lunes y atravesamos los días con la sensación de que siempre llegamos tarde. Los fines de semana desaparecen entre compras, trámites, asuntos laborales que prometimos resolver rápidamente y esa interminable lista de cosas que nunca terminamos de completar. Cuando salimos a pasear, miramos el teléfono. Cuando compartimos una comida, una parte de nosotros sigue lejos, ocupada por problemas que todavía no ocurrieron. Así se nos va la vida, no necesariamente entre grandes desgracias, sino en esa sucesión de días aparentemente normales que dejamos pasar esperando que llegue el momento adecuado para disfrutar.

Pero el tiempo tiene algo muy peculiar. No se puede guardar para utilizarlo después, ni recuperar los domingos que entregamos a las preocupaciones, ni pedir que vuelva aquella tarde en que nuestro padre todavía tenía ganas de contarnos una historia que ya habíamos escuchado veinte veces. Un día descubrimos que la voz de nuestra madre suena más cansada, que el abuelo camina más despacio. Entonces quisiéramos volver atrás, sentarnos un rato más, escuchar con paciencia aquella anécdota repetida, aceptar aquel café que tantas veces rechazamos porque teníamos cosas que hacer. Y daríamos cualquier cosa por recuperar una hora de las que desperdiciamos creyendo que el tiempo era infinito. No hay tristeza más humana que comprender que algunas oportunidades no se pierden para siempre por una gran equivocación, sino por pequeñas postergaciones inofensivas.

No escribo esto para condenar la tecnología, el trabajo ni las responsabilidades que todos tenemos. Hay que ganarse la vida, cumplir compromisos y luchar por un futuro mejor. Pero en algún momento debemos preguntarnos para qué queremos ese futuro si, en el camino hacia él, dejamos de vivir y disfrutar el presente. ¿De qué sirve trabajar hasta el agotamiento para darle bienestar a nuestra familia si después no encontramos un rato para estar con ella? ¿Qué sentido tiene tener la agenda llena, cumplir cada objetivo y responder cada mensaje si no podemos detenernos a mirar a los ojos a la persona que tenemos enfrente? Hemos confundido estar ocupados con estar vivos, producir con progresar y estar disponibles para todo el mundo con estar presentes para quienes realmente necesitan y nos quieren.

Tenemos derecho a parar. Tenemos derecho a dejar el teléfono sobre una mesa, a no responder inmediatamente, a dormir una siesta sin sentir culpa, a caminar sin destino, a tomar mate mirando cómo cae la tarde o a pasar un domingo entero con nuestros hijos sin convertir cada minuto en una actividad programada. Tenemos derecho a visitar a nuestros padres, aunque no haya un motivo especial, a llamar a un amigo simplemente para saber cómo está y a escuchar a nuestros abuelos mientras todavía podemos hacerlo. No hace falta esperar un cumpleaños, una enfermedad o una despedida para decir que queremos a alguien. El cariño también se demuestra apareciendo un día cualquiera, golpeando una puerta, sentándose a conversar y regalando algo que vale mucho más que cualquier objeto, nuestro tiempo.

Quizá el verdadero progreso consiste en aprender a distinguir lo urgente de lo importante. Suena fácil, pero es muy difícil. Porque casi siempre habrá un correo por contestar, una cuenta por pagar, un problema por resolver y una meta más adelante. Nunca estará todo terminado. Siempre encontraremos una razón para empezar a vivir mañana. Pero nuestros hijos crecerán hoy, nuestros padres envejecerán hoy y las personas que amamos estarán aquí, con nosotros, solamente durante un tiempo que ninguno conoce. Por eso, cuando llegue el próximo fin de semana, tal vez convenga resistir la tentación de llenarlo de obligaciones y preguntarnos qué estamos dejando para después que, en realidad, deberíamos hacer ahora.

La vida no empieza cuando terminamos todo lo que tenemos pendiente. La vida está ocurriendo ahora, mientras corremos detrás de nuestras obligaciones, mientras creemos que mañana tendremos más tiempo, mientras postergamos ese abrazo, esa visita o esa conversación que siempre dejamos para después. Y quizá algún día, cuando ya no quede ninguna tarea por cumplir ni ninguna meta por alcanzar, descubramos que aquello que más vamos a extrañar no será lo que dejamos sin terminar, sino las personas con las que ya no podremos compartir otro día, o ese hijo que ya creció (y me lo perdí). Tal vez entonces comprendamos que lo verdaderamente importante nunca fue encontrar tiempo para vivir, sino entender que la vida, mientras tanto, no nos estaba esperando.

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