David Auris Villegas
Había un país cuyos líderes y gobernantes solían imitar las novedades de los países desarrollados. Algunos miraban las tecnologías de Estados Unidos; otros admiraban las atractivas tecnologías de China, y muchos más observaban los avances del pequeño y singular país de Israel. Todos buscaban cambiar y mejorar su sociedad. Sin embargo, la clave del desarrollo no está solamente en incorporar tecnologías, sino en transformar el pensamiento y los paradigmas de la mentalidad de sus ciudadanos.
Aunque el Perú, al igual que otros países, no necesita copiar modelos extranjeros, sí requiere construir un modelo educativo propio, capaz de responder a sus necesidades y aprovechar sus potencialidades. En esa perspectiva, la propuesta educativa que se proyecta hasta 2031 resulta un horizonte demasiado corto. El país necesita un Plan Nacional de Educación a largo plazo, que permita conducirlo sostenidamente por los caminos del desarrollo.
Imaginemos que un estudiante de la zona rural de Huancavelica, Loreto o La Libertad tenga las mismas oportunidades de desarrollar sus talentos que cualquier estudiante de los países desarrollados. Para hacerlo posible, necesitamos laboratorios STEAM en las escuelas peruanas, espacios donde los estudiantes investiguen, experimenten, desarrollen su creatividad y solucionen problemas reales de sus comunidades.
Pero el verdadero cambio de paradigma consiste en superar la acumulación de conocimientos y educar ciudadanos con mentalidad de prosperidad compartida. No basta con aprender ciencias, tecnología, ingeniería, artes y matemáticas; también debemos aprender a utilizar estos conocimientos para construir una sociedad más justa, innovadora y solidaria.
Asimismo, las políticas educativas deben vincular las escuelas con las universidades y el sector empresarial, mediante el puente de la investigación. Esta articulación permitirá integrar diversos campos del conocimiento, encontrar soluciones a los problemas sociales y comprometer a todos los actores con objetivos que beneficien a la sociedad y aseguren el desarrollo sostenible.
Por otra parte, formar líderes desde la escuela constituye una tarea impostergable. El liderazgo no debe limitarse a la teoría, sino practicarse mediante la negociación diplomática, el respeto, la tolerancia, la democracia y la acertada toma de decisiones, como enseñan experiencias internacionales.En conclusión, el futuro del Perú radica en ver a los demás países y aprender críticamente de sus experiencias y construir nuestro propio camino. La verdadera revolución educativa comienza cuando cambiamos nuestra mentalidad y convertimos cada escuela en un espacio de investigación, liderazgo, creatividad y prosperidad compartida.