Preocupación no alcanza
Pablo Caffarelli
“Preocupación” y “no es ninguna changa”. Con esas dos frases el ministro Juan Castillo respondió a una nueva ola de despidos, esta vez en Sabre. No son palabras menores, pero sí son insuficientes. Porque cuando la preocupación se vuelve rutina, deja de ser diagnóstico y pasa a ser excusa.
Los despidos en Sabre no ocurren en el vacío. Se suman a una larga lista que ya resulta imposible de ignorar: el conflicto del puerto, Claldy, Yazaki, FNC, Paycueros, La Vienesa, Eurofarma y un etcétera tan extenso como alarmante. Desde el inicio de la gestión, el empleo formal viene sangrando por goteo constante, sin que aparezca una estrategia integral que vaya más allá del comentario coyuntural.
La respuesta oficial frente al caso Sabre roza lo indignante: un decreto para crear una especie de sistema de aviso temprano, que permita al Ministerio “anticiparse” a los despidos. Como si el problema fuera la sorpresa y no la causa. Como si enterarse antes cambiara el desenlace. Es difícil encontrar seriedad en una solución que se limita a mejorar el timing de la mala noticia, pero no ofrece ninguna herramienta real para evitarla.
Se habla —otra vez— de los factores de siempre: el costo país excesivamente alto, la pérdida de competitividad regional, salarios y costos de funcionamiento que expulsan inversión y empujan decisiones empresariales hacia otros destinos. Todo eso es cierto, conocido y repetido. Pero hoy se suma un peligro nuevo, silencioso y mucho más profundo: la inteligencia artificial.
La IA no es una amenaza futura. Es una realidad presente. Ya está reemplazando tareas, funciones y puestos de trabajo que hasta hace poco parecían intocables. Programadores, analistas, administrativos, diseñadores, operadores. La automatización avanza a una velocidad que la política todavía no parece comprender. Y Uruguay no está al margen de ese fenómeno global: lo está padeciendo sin preparación.
Frente a ese escenario, insistir en parches administrativos resulta casi ingenuo. La verdadera discusión debería estar en otro lado: en cómo fortalecer aquello que la inteligencia artificial no puede replicar. La empatía, la creatividad humana, la capacidad de negociación, el pensamiento crítico, el liderazgo, el vínculo con el otro. El factor humano. Justamente aquello que en un mundo hiperconectado se ha vuelto cada vez más escaso.
Paradójicamente, nunca estuvimos tan conectados y nunca tan desconectados como personas. Y será precisamente esa dimensión —las habilidades personales, sociales y humanas— la que marcará la diferencia en el mercado laboral que viene. Los trabajadores que sobrevivan no serán los más obedientes ni los más baratos, sino los que aporten valor diferencial: conocimiento profundo, habilidades humanas o capacidad empresarial y comercial.
Castillo, en lugar de pedir avisos, debería impulsar una política agresiva de reconversión laboral, formación en habilidades blandas, estímulo al aprendizaje continuo y adaptación real al nuevo mundo del trabajo. Porque cuando el aviso llega, casi siempre ya es tarde. Y cuando lo único que queda es la preocupación, el empleo ya se perdió.
Esperemos más. Mucho más. Porque si no cambiamos el enfoque, un día no muy lejano no quedará nada que avisar.