Dos discursos, un mismo precio.
Ricardo Acosta
El precio del combustible vuelve al centro del debate. Pero más allá de los números, lo que queda expuesto es otra cosa: ¿cómo cambia el discurso cuando se pasa de la crítica al poder?
Hay discusiones que empiezan en el precio, pero en realidad nunca fueron sobre números.
El combustible es una de ellas.
Porque sí, la nafta sube. El gasoil también. Impacta en el trabajador que carga unos litros para ir a laburar, en el que mueve mercadería, en el que produce. Impacta en todos. Eso no está en discusión.
Pero lo que hoy vuelve a instalarse no es solo el dato. Es la sensación.
Y esa sensación tiene memoria.
Durante el gobierno de Luis Lacalle Pou, el tema combustible fue una batalla política constante. Desde la oposición, el Frente Amplio cuestionó cada ajuste, cada suba, cada argumento técnico. La guerra, el contexto internacional, la volatilidad del petróleo… todo era puesto en duda.
Se hablaba de tarifazo.
Se hablaba de pérdida de poder adquisitivo.
Se hablaba de decisiones políticas disfrazadas de inevitables.
El mensaje era claro: si sube, es porque el gobierno decide que suba.
Hoy el escenario es otro.
Pero no tanto.
El petróleo sigue siendo una variable internacional. El mercado sigue siendo volátil. Las tensiones globales no desaparecieron. Sin embargo, el relato cambió.
Ahora, desde el gobierno, las explicaciones apelan a esos mismos factores que antes no alcanzaban. El discurso se volvió técnico. Prudente. Justificativo.
Y ahí aparece el ruido.
Porque la sociedad no analiza la estructura de costos de ANCAP.
No desmenuza informes de la URSEA.
No sigue la lógica del PPI.
La sociedad compara.
Compara lo que escuchaba antes con lo que escucha ahora.
Compara la contundencia de la crítica con la moderación de la explicación.
Compara la certeza de ayer con la cautela de hoy.
Y en esa comparación, algo no cierra.
No se trata de negar la realidad actual. Sería simplificar demasiado. Gobernar implica tomar decisiones que desde la oposición parecen más fáciles de lo que realmente son.
Pero tampoco se puede ignorar lo que se dijo.
Porque cuando el discurso cambia tan rápido, lo que se resiente no es la economía. Es la credibilidad.
El problema no es cuánto cuesta el combustible.
El problema es quién explica por qué.
Y, sobre todo, con qué coherencia lo hace.
Cuando se estaba del otro lado, no alcanzaba con señalar el contexto internacional. Había que proteger a la gente. Había que amortiguar. Había que decidir distinto.
Hoy, desde el lugar de la decisión, ese mismo contexto aparece como argumento central.
Entonces la pregunta es inevitable.
¿La realidad cambió tanto… o cambió la forma de contarla?
Porque si antes el precio era una decisión política, hoy también lo es.
Si antes había margen, hoy también debería discutirse dónde está.
Si antes había responsables, hoy también los hay.
En el medio queda la gente.
La que no mide el barril de petróleo.
La que no discute metodologías.
La que llega a la estación de servicio y paga.
Y recuerda.
Recuerda quién decía qué.
Recuerda cómo se decía.
Recuerda la seguridad con la que se afirmaban cosas que hoy, desde el poder, ya no parecen tan claras.
Por eso este no es un debate técnico.
Es un debate político.
Y, más profundo aún, es un debate sobre la coherencia.
Porque gobernar no es solo administrar la realidad.
Es hacerse cargo de lo que se dijo antes de tener que hacerlo.
Y ahí está el verdadero costo.
Uno que no figura en ningún tablero.
Uno que no se ajusta mes a mes.
Uno que no se mide en pesos ni en dólares.
El costo de sostener la palabra.