Noticias

Vivimos una revolución que no admite nostalgias.

Kim Gómez Parentini

La inteligencia artificial cambió la forma de producir conocimiento. Las redes sociales eliminaron las fronteras de la información. Un emprendedor en Montevideo aprende en tiempo real lo que hace una empresa en Singapur. Un estudiante puede acceder desde su casa a las mejores universidades del mundo. La innovación dejó de tener pasaporte. El mundo cambió. Y cambió para siempre.

La inteligencia artificial no cambió la capacidad de pensar del ser humano; cambió la velocidad con la que una buena idea puede transformarse en una buena decisión. No reemplaza la inteligencia humana; la potencia. Sigue siendo la persona la que piensa, crea, decide y asume la responsabilidad de actuar. La diferencia es que hoy el conocimiento del mundo entero puede estar sobre una mesa de trabajo en cuestión de segundos. La tecnología ordena el pensamiento, acelera los procesos y multiplica la capacidad de ejecución. Si cambió la forma de producir, de estudiar y de comunicarnos, también debe cambiar la forma de gobernar. Porque el desafío ya no es disponer de información; el verdadero desafío es ejecutar mejor. Como suele decir Pedro Bordaberry, el problema no es qué hacer, sino hacerlo. El verdadero desafío es contar con dirigentes capaces de convertir ese conocimiento en decisiones y esas decisiones en resultados.

Sin embargo, buena parte de la izquierda uruguaya continúa interpretando la realidad con los lentes de los años sesenta. Sigue librando batallas ideológicas que el propio mundo dio por terminadas hace décadas. Habla el lenguaje de la Guerra Fría en una época dominada por la inteligencia artificial, la biotecnología y la economía del conocimiento.

No es una cuestión de edades. Es una cuestión de categorías mentales.

Porque hoy las viejas etiquetas explican cada vez menos. Ya no alcanza con dividir a la sociedad entre izquierda y derecha. Esa clasificación fue útil para interpretar el siglo XX. No alcanza para comprender el siglo XXI.

Hoy vemos gobiernos considerados conservadores fortaleciendo políticas sociales. Vemos administraciones progresistas impulsando disciplina fiscal. Países de todas las corrientes fortalecen sus sistemas de defensa, protegen sus fronteras y compiten por atraer inversiones.

La realidad terminó mezclando las recetas.

Lo importante ya no es desde dónde se gobierna, sino hacia dónde se conduce un país.

Y mientras el mundo discute productividad, innovación, competitividad y seguridad, aquí seguimos atrapados en discusiones que parecen sacadas de otra época.

El ejemplo más reciente es el debate sobre la utilización de una docena de vehículos blindados del Ejército para apoyar tareas de seguridad. No se discute una militarización del país. Se discute el uso inteligente de recursos públicos ya existentes frente a una criminalidad que hace tiempo dejó de respetar límites.

Sin embargo, si algunos reaccionan automáticamente del pasado.

Esa reacción revela precisamente el problema, responder a los desafíos del presente con los reflejos ideológicos del siglo pasado.

Uruguay necesita una nueva generación de pensamiento político.

Una generación que no pregunte primero si una idea es de izquierda o de derecha, sino si funciona. Que no defienda dogmas, sino resultados. Que mida las políticas por la calidad de vida que generan y no por el color de la bandera partidaria que las inspira.

Los ciudadanos ya no viven dentro de un manifiesto ideológico.

Viven preocupados por llegar a fin de mes, por la seguridad de sus hijos, por conseguir trabajo, por emprender, por educarse y por competir en un mundo que avanza a una velocidad inédita.

La política también tiene que animarse a cambiar de siglo.

Porque las naciones que insisten en mirar el futuro desde los mapas del pasado terminan perdiendo ambos.

Compartir

Deja una respuesta