Política nacional

El disparate

Ricardo Acosta

Hace apenas dos años, la propuesta de utilizar militares para colaborar en tareas vinculadas a la seguridad pública fue calificada como un «disparate». La palabra no la pronunció un dirigente menor ni un militante exaltado. La dijo Carolina Cosse, entonces candidata presidencial y hoy vicepresidenta de la República. Dos años después, el gobierno del Frente Amplio decidió utilizar vehículos blindados del Ejército para patrullar zonas afectadas por el crimen organizado. La pregunta es sencilla: ¿qué cambió?

La política tiene memoria. O al menos debería tenerla.

Porque los ciudadanos escuchan, comparan y recuerdan.

Y cuando una misma idea pasa de ser presentada como una amenaza a convertirse en una herramienta de gobierno, las explicaciones se vuelven necesarias.

En 2024, cuando dirigentes del gobierno de Luis Lacalle Pou plantearon la posibilidad de utilizar militares para colaborar en tareas vinculadas a la seguridad pública, la reacción del Frente Amplio fue inmediata. Se habló de improvisación. Se habló de errores conceptuales. Se habló de medidas incompatibles con una visión moderna de la seguridad.

Y sobre todo se habló de un disparate.

La palabra quedó registrada.

No fue una interpretación periodística.

No fue una exageración.

Fue una definición política.

Sin embargo, hoy el gobierno del Frente Amplio anuncia la utilización de vehículos blindados del Ejército en patrullajes vinculados al combate contra el crimen organizado.

Naturalmente, desde el oficialismo se apresuran a señalar diferencias. Que el mando continúa siendo policial. Que no existe sustitución de funciones. Que los militares no reemplazan a la Policía. Que se trata de una operación específica.

Puede ser.

Pero ninguna de esas explicaciones elimina la pregunta de fondo.

¿Por qué algo que era un disparate cuando lo impulsaba el gobierno de Lacalle Pou deja de serlo cuando lo aplica el gobierno de Yamandú Orsi?

Porque la inseguridad no cambió de partido.

Los barrios dominados por el narcotráfico no cambiaron de partido.

Las familias que viven detrás de rejas tampoco cambiaron de partido.

Lo único que cambió fue el partido que gobierna.

Y ahí aparece el verdadero debate.

No el de los blindados.

No el de los uniformes.

No el de los procedimientos.

El debate es la coherencia.

Durante años el Frente Amplio sostuvo que determinadas herramientas no debían formar parte de una estrategia de seguridad. Lo dijo desde la oposición. Lo dijo en campaña. Lo dijo mientras cuestionaba cada medida impulsada por el gobierno anterior.

Hoy, enfrentado a la misma realidad que enfrentó el Partido Nacional, comienza a recorrer caminos que antes criticaba.

Eso no necesariamente convierte la medida en equivocada.

Pero sí convierte en legítima una pregunta incómoda.

¿La propuesta era mala?

¿O era mala porque la proponía otro?

Porque existe una diferencia enorme entre cambiar de opinión y cambiar de discurso.

Cambiar de opinión puede ser una muestra de honestidad intelectual.

Cambiar de discurso según el lugar que se ocupa en el poder suele ser otra cosa.

Tal vez la realidad haya terminado imponiéndose sobre las consignas.

Tal vez gobernar haya resultado bastante más complejo de lo que parecía desde la oposición.

Tal vez quienes antes veían soluciones simples hoy descubrieron problemas difíciles.

Si ese fuera el caso, sería saludable reconocerlo.

Lo que resulta más difícil de aceptar es que se pretenda actuar como si nada hubiera pasado.

Como si nadie recordara.

Como si las declaraciones no existieran.

Como si la hemeroteca no hablara.

Porque habla.

Y a veces habla más fuerte que los discursos actuales.

Por eso el debate no debería centrarse únicamente en los blindados militares.

El verdadero debate es político.

Es el de una fuerza política que pasó años explicando lo que no debía hacerse y que hoy comienza a hacer algunas de esas mismas cosas.

Y cuando eso ocurre, la pregunta deja de ser militar o policial.

La pregunta pasa a ser mucho más simple.

¿Cuándo dejó de ser un disparate?

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