La batalla cultural como excusa
Luis Marcelo Pérez
La llamada batalla cultural se ha convertido en una excusa para que sectores de izquierda y de derecha intenten disciplinar el arte, la literatura y el pensamiento. Este artículo cuestiona esa lógica de trincheras, denuncia la herencia de la izquierda gramsciana y la reacción simétrica de quienes pretenden reemplazarla por otra hegemonía, y reivindica una cultura libre, incómoda e imposible de domesticar.
Cada cierto tiempo reaparece en el debate público una expresión tan repetida como engañosa. Se habla de una cultura de izquierda y de una cultura de derecha como si el arte, la literatura, el teatro, el cine, la música o el pensamiento pudieran repartirse con la misma facilidad con que se reparten los escaños de un parlamento. Parecería que existen novelas progresistas y novelas conservadoras, poetas de izquierda y poetas de derecha, bibliotecas militantes y museos reaccionarios.
La fórmula resulta útil para quienes necesitan reducir el mundo a una pelea entre bandos. También sirve a quienes viven de fabricar enemigos. Algunos políticos la utilizan porque convierte a la cultura en un campo de batalla permanente, en una excusa para movilizar adhesiones, alimentar resentimientos y ocultar la pobreza de las ideas. Pero esa simplificación no explica, sino mutila, a la cultura.
La cultura no nace en un comité de base, ni en una casa partidaria, ni en una consigna redactada para las redes sociales. La cultura nace de la experiencia humana, de la memoria, de los conflictos, de las tradiciones, de la rebeldía y de la imaginación. Surge allí donde una sociedad intenta comprenderse a sí misma. Por eso, cada vez que se intenta encerrar la cultura dentro de una etiqueta ideológica, lo único que se consigue es degradarla.
Es cierto que existen corrientes intelectuales y artísticas más cercanas a determinadas posiciones políticas. También es cierto que, durante gran parte del siglo XX, amplios sectores del mundo cultural occidental se sintieron más próximos a la izquierda que a la derecha. La influencia del marxismo, del existencialismo, de las luchas obreras, del antifascismo y de los movimientos de liberación nacional marcó a generaciones enteras de escritores, artistas y académicos.
Antonio Gramsci sostuvo que toda clase social intenta construir una hegemonía cultural para consolidar su poder. Buena parte de la izquierda latinoamericana convirtió esa teoría en un dogma y, peor aún, en un método de ocupación. Durante décadas creyó que la principal batalla debía librarse en las universidades, en los medios, en las escuelas, en el lenguaje y en el arte. No bastaba con gobernar. Había que ocupar cada espacio, codificar cada palabra, colonizar cada relato.
Esa izquierda gramsciana dejó de discutir ideas para comenzar a administrar ortodoxias. Levantó una red de pequeños guardianes culturales, muchas veces instalados en ámbitos académicos, periodísticos, sindicales o artísticos, encargados de decidir quién podía hablar, quién merecía reconocimiento y quién debía ser aislado. El que no repetía el lenguaje correcto era tratado como sospechoso. El que disentía era señalado como reaccionario, conservador o enemigo. No importaba la calidad de una obra, sino su obediencia al libreto.
Así se fue instalando una forma de censura menos visible, pero igualmente asfixiante. No la censura brutal de la prohibición explícita, sino la del ninguneo, la marginación, el silenciamiento y el escrache moral. Muchos artistas, escritores e intelectuales aprendieron que, para ser aceptados en ciertos círculos, debían adaptarse a un código ideológico previo. Debían escribir lo correcto, decir lo correcto, indignarse por las causas correctas y callar ante los dogmas correctos.
Pero allí comenzó el verdadero problema. Cuando la cultura deja de ser un territorio de creación y se convierte en una herramienta de disciplinamiento, deja de ser cultura. Se vuelve aparato. Se vuelve consigna. Se vuelve obediencia. El escritor ya no es valorado por la calidad de su obra, sino por su alineamiento. El artista deja de ser libre y pasa a ser un propagandista. La literatura se transforma en panfleto, el cine, en sermón y el teatro, en catecismo.
Sin embargo, sería un error creer que ese vicio pertenece solamente a la izquierda. Hoy ciertos sectores de la derecha repiten exactamente el mismo mecanismo que dicen combatir. Denuncian una supuesta hegemonía cultural progresista y, en nombre de combatirla, terminan reclamando otra hegemonía de signo contrario. Si ayer algunos pretendían una cultura vigilada por comisarios ideológicos de izquierda, hoy otros sueñan con una cultura vigilada por comisarios ideológicos de derecha.
Cambian las consignas. Cambian los uniformes. Cambian los enemigos. Pero la lógica es la misma. La cultura reducida a trinchera. La cultura tratada como un territorio que debe ser conquistado, ocupado y puesto al servicio de una causa.
La experiencia histórica demuestra adónde conduce ese camino. Ocurrió con los regímenes fascistas, que quisieron imponer un arte uniforme, disciplinado y subordinado a la nación. Ocurrió con el estalinismo, que redujo la creación al realismo socialista. Ocurrió también en democracias donde ciertos ambientes intelectuales se volvieron incapaces de tolerar una voz disidente sin exigir su cancelación, su marginación o su silencio.
No existe una pintura de izquierda en sí misma, del mismo modo que no existe una sinfonía de derecha por naturaleza. Pablo Picasso militó en el comunismo, pero su grandeza artística no proviene de esa militancia. Jorge Luis Borges sostuvo ideas conservadoras, pero nadie podría reducir su obra a un programa político. George Orwell era socialista y, al mismo tiempo, fue uno de los críticos más severos del totalitarismo de izquierda. T. S. Eliot fue profundamente tradicionalista y escribió una de las obras más innovadoras de la poesía moderna.
Las obras sobreviven cuando logran tocar algo más profundo que la coyuntura. Una novela permanece porque habla de la condición humana, no porque repita consignas. Una canción conmueve porque expresa dolor, esperanza, rebeldía o belleza, no porque haya sido aprobada por una mayoría partidaria en un comité de base o cabildo abierto. El arte perdura cuando se atreve a decir algo verdadero sobre el ser humano, incluso cuando esa verdad incómoda a todos los bandos.
La llamada batalla cultural se ha transformado, en realidad, en una formidable coartada. Sirve para no discutir la crisis de la educación, la seguridad pública, el ajuste fiscal, la pobreza del debate público, la degradación del lenguaje, la frivolidad de los medios o la casi heroica incapacidad de muchos dirigentes para producir una idea propia. Es más fácil conjurar una conspiración cultural desbalanceadora que asumir con responsabilidad la creación de mejores libros, mejores ideas, mejores universidades y políticas.
Demasiados dirigentes hablan de cultura sin haber pisado una biblioteca en años. Hablan de arte como quien habla de una encuesta. Hablan de pensamiento como si fuera una estrategia de marketing. Quieren una cultura obediente, alineada, dócil, incapaz de contradecirlos. No soportan una novela que los incomode, una película que los cuestione o un artista que se niegue a repetir el libreto.
En esa lógica, un libro deja de ser leído por lo que dice y pasa a ser juzgado por la posición política de su autor. Una obra de teatro es aceptada o rechazada según confirme o contradiga la sensibilidad ideológica dominante. Poco a poco, la cultura deja de ser un espacio de encuentro y de discusión para transformarse en un simple reflejo de la polarización.
En Uruguay existe, además, una tentación particularmente mezquina. A menudo se pretende que la cultura nacional deba responder a una única tradición política. Unos quisieran apropiarse de Rodó. Otros de Benedetti. Otros de Idea Vilariño o de Julio C. da Rosa. Como si los escritores fueran propiedad de un partido. Como si la literatura necesitara carné de afiliación.
Pero la riqueza cultural uruguaya nació precisamente de su diversidad, de sus tensiones y de sus contradicciones. En un mismo país convivieron Rodó y Quijano, Herrera y Reissig e Idea Vilariño, Julio C. da Rosa y Mario Benedetti. Todos tenían ideas políticas, algunos incluso militancia explícita. Pero ninguno escribió para obedecer.
Tal vez, entonces, la pregunta esté mal formulada. No deberíamos preguntarnos si existe una cultura de izquierda o una cultura de derecha. La pregunta verdaderamente importante es otra. ¿Por qué hay tantos obsesionados de un lado y del otro con domesticar la cultura? ¿Por qué les molesta tanto una obra que no pueden controlar?
Cuando una obra sólo confirma lo que ya pensamos, deja de ser cultura y se convierte en propaganda. La verdadera cultura es la que abre preguntas, no la que las clausura. La que incomoda. La que discute.
Por eso, más que discutir quién domina la cultura, deberíamos defender la libertad de crearla. Porque una sociedad madura no es aquella en la que todos piensan igual, sino aquella en la que las diferencias pueden convivir sin miedo.