Un huevo de tordo en el nido de la laicidad
Gustavo Gómez Rial
«La educación es un arma cuyo efecto depende de quién la tenga en sus manos y de a quién apunte» (Iósif Stalin). Estimado redactor y queridos lectores, les pido que me confirmen que esto no es un texto escolar u otro libelo destinado a una institución educativa, porque voy a opinar sin pelos en la lengua desde la convicción personal que me dictan mis valores republicanos.
Reivindico una república unida bajo los principios que nos legaron los constituyentes y no la “república” diversa y confrontativa que hace hincapié en las diferencias y no en lo que nos reconoce iguales. Hay un matiz sutil, pero crucial, entre promover la igualdad y luchar contra la desigualdad (al menos, en el modo de hacerlo). Parece estar de moda resaltar y exhibir las diferencias en vez de defender aquello que nos iguale ante la ley. Es un sesgo que inclina la balanza hacia una sociedad más asimétrica y acaba alimentando fricciones (el caldo en el que se bañaba Stalin), ya que nadie de bien querría que se perpetuasen las desigualdades y, así, cualquiera resultará víctima fácil de esa trampa diversa y populista. Lo diverso acaba apoyándose en lo desigual cuando nuestra igualdad republicana apenas pide que nos apoyemos en un marco común de leyes y de reglas que hace bien poco nadie pretendía cuestionar ni reinterpretar de forma maquiavélica y elástica como para lograr quebrar las bases de nuestra convivencia. Ostentamos el privilegio de vivir en un país al que todavía citan como ejemplo de institucionalidad y de diálogo entre fuerzas políticas que, de suyo, están destinadas a tener ideologías y puntos de vista diferentes. También esa imagen se resquebraja internamente del mismo modo que están haciendo trizas nuestro prestigio de país tranquilo y apacible. Ojalá bastase con un cordial abrazo entre presidentes ante las cámaras (me temo que no alcanza). Debemos apuntalar el fiel de nuestra balanza. Necesitamos cerrar las grietas que amenazan sus fieles cuando insisten en poner el peso donde no se debe, cuando se empeñan en normalizar una arquitectura institucional y educativa plagada de asimetrías y dependiente de las mismas. Sería como si a la entrada del paraninfo de la Universidad ambas columnas difiriesen en altura. Una más gorda y petisa, y su oponente alta y escuálida (y un gorro con borla para ir a dormir coronando el friso). Esa es la arquitectura que está construyendo la diversidad y no una de columnas bien plantadas y firmes que ha permitido que pasemos a la vez gordos y flacos, altos y bajos, por izquierda o por derecha: con la amplitud y el necesario apego a un conjunto de normas de mínimo y necesario respeto; con la autoridad de que ese modelo de convivencia nos ha erigido como ejemplo de democracia.
Un discurso insistente, simpático y näif lo está cambiando, apoyado en todas las desigualdades posibles. Y muy pocas veces desnuda su intención.
A la vista quedó el propósito cuando, recientemente, en la presentación de un libro sobre la laicidad (diversa y polifacética en sus líneas), un docente universitario se ufanó, enfrente de alumnos y de una platea virtual internacional, de que encontraba más honesto expresar en clase su ideología.
Una honestidad equivalente a la de un juez que justificase no cumplir con las leyes porque está convencido de que la Justicia es incapaz de hacer justicia.
Hoy, sin la URSSS, delatar ser comunista en la Udelar parecería no merecer consecuencias para quien lo haga en el ejercicio de la docencia.
El comunismo (y las ideologías satélites, de izquierda y de derecha, desgajadas de él) ha sido la ideología más exitosa para matarse a sí misma e intentar resucitar o rehacerse desde sus propias cenizas bajo otra fachada revolucionaria. Tacho lo de revolucionaria: hoy, en vez de sangre, resulta más conveniente derramar lágrimas en Instagram.
El cuco, en este remake, sería una loba roja disfrazada de abuelita de mayo o de influencer o de Blanca Rodríguez o de antropólogo o de profesora universitaria.
Tropezarás con ellos en cualquier almacén, en cualquier cátedra, a la vuelta de un colegio o dentro de una ONG luchando contra la desigualdad, señalando todas y cada una de las diferencias que terminan conduciéndote al mismo baño. ¡Es la mejor metáfora para su igualdad! Podrías, inclusive, ser excomulgado de una red social multicultural si haces, en privado, un chiste antidiverso pero nunca xenófobo. Serás víctima de la xenodiversidad que no soporta que existan reglas iguales para todo el mundo e insiste en fraccionarnos artificiosamente, siendo que todos, por naturaleza, somos distintos y podemos manifestarnos como tales dentro del marco legal y de la democracia.
La misma lógica que están inoculando justifica que cualquier bandera ondee junto al pabellón patrio; la misma que convierte en víctimas a los emigrantes que en otra época supieron hacer de este suelo una república unida y mejor.