Culturales

De Vargas Llosa y de la quema de libros

Daniel Manduré

La Universidad de la República aprobó otorgarle el diploma de Doctor Honoris Causa a Mario Vargas Llosa. Premio Nobel de literatura, premio Cervantes, entre otros tantos galardones.

Mientras que el sector estudiantil representado por la FEUU se opuso radicalmente a dicha decisión, alegando “cuestiones de carácter político ideológicas, alejadas del verdadero sentir universitario”. A pesar de que la propia normativa universitaria no menciona en ningún momento reparos ideológicos para el otorgamiento de esa distinción. La FEUU fundamentó su rechazo en que sus intervenciones políticas difieren totalmente con posturas manejadas por dicha casa estudiantil.

Se pudieron ver también en las redes sociales duras críticas contra el decano Rodrigo Arim quien tuvo palabras elogiosas hacia el escritor y quien se mostró como un gran admirador de su obra.

Vargas Llosa, es un referente de la escritura latinoamericana. Autor de obras tales como “la Fiesta del Chivo”, “La Ciudad y los perros”, “Conversación en la Catedral”, el “Sueño del Celta”, “Pantaleón y las Visitadoras” que ha recibido ese mismo premio en más de 30 universidades por todo el mundo.

Sin dudas que sus declaraciones no pasan desapercibidas, son polémicas, con muchas coincidimos y con algunas podemos no hacerlo, pero ello no puede significar desconocer su trayectoria por el solo hecho de pensar diferente. Parecería que la FEUU estaría dispuesta a otorgar reconocimientos únicamente a quienes comulguen con su ideología. Actitud esta de un gran enanismo mental, pero que no asombra. La misma FEUU, que con sendas declaraciones se ha volcado una y otra vez a defender a gobiernos dictatoriales como el cubano o venezolano.

Sin dudas que otorgarle ese diploma se justifica plenamente, por su aporte a la cultura, a su gran capacidad creativa, a su maestría en el manejo del lenguaje y a su incuestionable aporte a las letras, aún si nos gusta más o nos gusta menos su obra, aún si coincidimos mucho, poco o nada con sus ideas políticas. Vargas Llosa, en la coincidencia o en la discrepancia es un escritor que nos hace pensar, nos habla de libertad, nos lleva a fortalecer el espíritu crítico, nos ayuda a soñar aun cuando tal vez algunos de sus sueños puedan no ser los nuestros.

Mientras ese 11 de mayo el escritor recibía su merecido reconocimiento, hablaba de su último libro: “La mirada quieta (de Pérez Galdós)” y elogiaba las virtudes democráticas y de libertad de nuestro país, no podíamos dejar de recordar que un día antes, un 10 de mayo, pero de 1933, se llevaba a cabo uno de los hechos de mayor barbarie contra la cultura y especialmente contra la libertad de pensar, la quema de libros de la Alemania nazi.

Dos hechos diferentes, pero ambos marcados por la intolerancia.

Se pretendía con la quema de libros y de las bibliotecas matar las ideas. Siempre con el mismo telón de fondo: el fundamentalismo religioso, el fanatismo ideológico o la persecución racial.

La quema de libros tiene una larga historia, los libros de alquimia en Alejandría, los de la biblioteca de Bagdad incendiada en 1258 por los mongoles al invadir la ciudad. Los libros y las obras de arte consideradas “inmorales” en la denominada “hoguera de las vanidades”, la realizada por la falange española en 1936 contra textos republicanos y obreristas, durante la dictadura argentina libros de Cortázar, García Márquez, Saint-Exupery, Neruda y el propio Vargas Llosa entre otras que tuvo a la historia como testigo.

Entre esos momentos de barbarie estuvo el del 11 de mayo en la plaza Opernplatz de Berlín, en manos por estudiantes seguidores del régimen nazi y encabezados por el propio Joseph Goebbels, quien manifestaba a viva voz: “se llenaron las bibliotecas de inmundicias judías, entregaremos a las llamas su espíritu maligno”. Al grito de “no a la corrupción moral” con bandas musicales de fondo y en transmisión radial se producían los más grandes crímenes contra la libertad de pensar. Libros de judíos, pacifistas, comunistas o simples opositores al régimen iban a parar a la hoguera.

Libros de Bertolt Brecht, Albert Einstein, Sigmund Freud, Aldous Huxley, Karl Marx, Frank Kafka, Oscar Wilde, Rosa Luxemburgo, Máximo Gorki, James Joyce, León Trotsky o E. Hemingway a la hoguera, esa purga literaria tratando de que el fuego matara las ideas.

El escritor y poeta Heinrich Heine tenía razón, casi que presagiando lo que sucedería no muchos años después, lanzando una frase a la que hasta podríamos considerar profética al decir: “donde comienzan quemando libros terminan quemando seres humanos”.

Sigmund Freud al enterarse que sus libros eran quemados y con evidente tono irónico habría manifestado:” ahora por suerte les alcanza con quemar mis libros, en la Edad Media me hubieran quemado a mi”.

De una forma u otra, cada momento de la historia cuenta con el accionar de aquellos que con mirada hemipléjica no han logrado separar lo valioso, de lo accesorio. Aquellos que con mezquindad y fanatismo no entendieron ni entienden que la clave está en la libertad, en la más amplia libertad de expresión de ideas y de pensamiento.

Compartir

Deja una respuesta