El problema del estado uruguayo (1)
Jorge Nelson Chagas
Lo admito. La autopercepción del inefable senador Da Silva como “anarquista” me causó mucha gracia. Sería el primer productor rural anarquista en la historia de la humanidad… En cambio, cuando se refirió negativamente sobre lo que llamó “Estado batllista” me obligó a reflexionar. Porque no hizo sino repetir una creencia muy arraigada en Uruguay: que el batllismo – principalmente, el primer batllismo -construyó al Estado uruguayo.
Pero… ¿esto fue realmente así? Vayamos a la historia.
En 1830, en el momento que comienza la vida del Uruguay independiente, toda la población del territorio nacional cabía dentro del Estado Centenario y sobraban algunos asientos. Esto nos da la idea de la enorme debilidad de la sociedad civil de la época que, además, tenía una tasa de analfabetismo del 97%. El Estado, a su vez, era mínimo. Imposible pensar que en esta situación podía surgir una burguesía capaz de invertir innovar y desarrollar económicamente al país. No existía un empresariado pujante con ansias de riesgo. Esto explica la gran inestabilidad política en las primeras décadas del país independiente.
La Guerra de la Tripe Alianza tuvo una consecuencia: con ella nació el Ejercito Nacional o sea un aparato armado que ya no respondía necesariamente a las divisas tradicionales, sino que tenía oficiales y soldados curtidos en las batallas, un espíritu de cuerpo y su propia estructura interna.
La toma del poder del coronel Lorenzo Latorre en 1876 no es simplemente el inicio del llamado “período militarista”. Sucedió algo mucho más profundo y duradero: la modernización del Uruguay. Se instalaron las vías férreas, el telégrafo, el alambrado de los campos, el mestizaje del ganado, se promulgó el Código Rural, se impuso una política económica austera y equilibrada y se dictaron leyes como la del Registro Civil o el Registro de Embargos e Interdicciones Judiciales y la organización la Dirección y Administración General de Correos.
Eso no fue lo único. Hubo dos aspectos muy relevantes. El primero de ellos fue la creación de una identidad nacional por encima de cualquier bandería política: se exaltaron eventos históricos. Durante el mandato de Latorre se dio a conocer el cuadro de Juan Manuel Blanes «El juramento de los Treinta y Tres Orientales” y se empezó a esbozar el culto artiguista. Poco a poco dejamos de ser “orientales” para convertirnos en “uruguayos”
El segundo aspecto tiene que ver con la reforma educativa de José Pedro Varela. Al extender el alfabetismo a todo el país – merced a la escuela laica, gratuita y obligatoria – se formó la ciudadanía. Algo vital para la política moderna. Pero había algo más, en la reforma valeriana, que generalmente se olvida. La escuela vareliana formó también a los trabajadores del futuro. La disciplina escolar fue el primer paso para aceptar más tarde la disciplina del taller, la fábrica y la oficina. Preparó a los uruguayos para integrarse al sistema capitalista.
Esta disciplina, como bien se ha estudiado, incluyó también el control de los cuerpos de las mujeres para que cumplieran el inexorable ciclo de hija obediente, esposa fiel y madre abnegada. La mujer concebida como la “reina del hogar”. Una de las claves de la modernidad.
Ahora bien, obsérvese este significativo detalle: en Uruguay, a diferencia de otros países, fue el Estado fortalecido quién construyó la sociedad civil moderna.
No somos culturalmente estatistas por culpa del batllismo, sino porque fue el Estado quién nos creó tal como somos.