¡Es varón!
José Luis Ituño
Apenas caída la tarde de aquel 21 de mayo de 1856, Don Lorenzo Batlle ya había ordenado preparar el carruaje para ir en busca de la partera. Su joven esposa, Amalia Ordóñez Duval, de apenas 26 años, había roto bolsa una hora antes y comenzaba a transitar, entre dolores y emociones, el momento más importante de su vida.
La quinta familiar del matrimonio Batlle – Ordóñez, ubicada en la zona donde hoy confluyen las calles Yaguarón y Lima, en la entonces apacible Aguada montevideana, mostraba un movimiento inusual. El personal de servicio iba y venía con premura, mientras tres matronas asistían a la joven Amalia, que se preparaba para dar a luz a su primer hijo, a quien llamarían José Pablo Torcuato.
—¿Antonio, ya salió el carruaje en busca de la partera? —preguntó Lorenzo con visible ansiedad.
—Sí, Don Lorenzo. Ya deberían estar llegando.
—Téngame al tanto… no quiero que Amalita sufra.
—Quédese tranquilo, señor. Todo se hará con la mayor celeridad.
Lorenzo Batlle, hombre de fuerte temperamento político y figura ascendente de la vida pública nacional —quien un mes después asumiría el Ministerio de Hacienda y años más tarde la Presidencia de la República— caminaba nervioso de un extremo al otro del gran salón principal de la quinta. Pero aquella noche no había discursos, ni debates, ni estrategias políticas que ocuparan su mente. Toda su preocupación estaba concentrada detrás de aquella puerta donde la mujer que amaba luchaba entre dolores para traer al mundo a su primer hijo.
El sonido de los cascos de los caballos sobre el empedrado anunció finalmente la llegada de Doña Encarnación, la experimentada partera de Amalia, que descendió rápidamente del carruaje, saludó apenas con un gesto a la distancia y entró casi de inmediato al dormitorio.
El tiempo pareció detenerse.
Hasta que, poco después, desde el interior de la habitación se escuchó la voz emocionada de una de las matronas:
—¡Es varón…!
Instantes más tarde, el llanto firme y vigoroso del recién nacido rompió definitivamente el silencio de la noche y se expandió por toda la quinta de La Aguada
Amalia sonrió agotada mientras estrechaba por primera vez a su hijo contra el pecho. Lorenzo, profundamente emocionado, ingresó apresuradamente al cuarto y contempló en silencio aquella escena íntima y luminosa: la mujer que amaba descansando serena y el pequeño José Pablo durmiendo entre mantas blancas.
El personal de servicio felicitó al flamante padre, mientras afuera Montevideo seguía su rutina sin sospechar siquiera que, en aquella casa de la Aguada, acababa de nacer uno de los hombres que marcaría la historia moderna del Uruguay.
Así comenzaba, hace 169 años, la vida de José Pablo Batlle y Ordóñez