Jorge, diez años después

octubre 26, 2026

Guzmán A. Ifrán

El 24 de octubre se cumplieron diez años del fallecimiento de Jorge Batlle Ibáñez. Para el Uruguay, una década sin una de las inteligencias más brillantes, libres y originales de su vida política. Para quienes tuvimos el privilegio de conocerlo y quererlo, diez años de una ausencia que sigue pesando. Tuve la fortuna de ser su amigo, de compartir innumerables conversaciones y de encontrar en él una generosidad intelectual extraordinaria. Jorge enseñaba conversando, preguntando, provocando una reflexión, invitando a mirar más lejos. Tuvo conmigo la grandeza de compartir sus conocimientos y su experiencia, de orientarme y de dedicarme su tiempo. Su magisterio tenía la naturalidad de quienes saben mucho y conservan intacta la curiosidad. A su lado, uno aprendía sobre economía, historia y política, pero también sobre el valor de pensar con independencia y defender las propias convicciones.

Si algo recuerdo con especial cariño es la manera en que recibía mis discrepancias. Por la dimensión de su figura personal y política, imagino que no siempre encontraba interlocutores dispuestos a discutirle una idea. Yo, quizá con cierto atrevimiento, en el mejor sentido de la palabra, nunca dudé en hacerlo. Entendía que, para un liberal, pocas cosas podían ser más estimulantes que conversar con otro liberal dispuesto a ejercer su libertad de pensamiento. Siempre sentí que Jorge disfrutaba especialmente esos intercambios. Escuchaba, argumentaba, repreguntaba y encontraba un nuevo ángulo desde el cual abordar el asunto. Su grandeza también se expresaba en esa disposición a recibir el disenso con respeto y entusiasmo. Me dejó una enseñanza que conservo hasta hoy, porque la amistad y la admiración pueden enriquecerse profundamente cuando existe la confianza necesaria para discrepar.

Esa misma estatura quedó de manifiesto cuando le tocó conducir al Uruguay durante la dramática crisis de 2002. Frente a la angustia de miles de familias, al peligro de un colapso financiero y a una incertidumbre que parecía devorarlo todo, Jorge asumió una responsabilidad histórica con un coraje extraordinario. Su conducción, el trabajo de su equipo y el papel fundamental de Alejandro Atchugarry hicieron posible construir una salida cuando el margen de maniobra era mínimo. La obtención del respaldo estadounidense, incluido el financiamiento puente por hasta 1.500 millones de dólares, resultó decisiva para la reapertura de los bancos. El posterior canje voluntario de deuda de 2003 contribuyó a encauzar la recuperación y preservar la confianza en el país. Detrás de esas decisiones hubo capacidad política, convicción y una comprensión profunda del valor de la credibilidad nacional. Jorge estuvo dispuesto a asumir costos políticos inmensos para defender el futuro del Uruguay. Su extraordinaria gestión de aquella emergencia merece ocupar un lugar de honor en nuestra memoria colectiva.

Hoy lo extraño también ante cada gran interrogante de nuestro tiempo. Me pregunto qué pensaría sobre este escenario geopolítico tan complejo, sobre las tensiones entre las grandes potencias, las amenazas a las democracias y el porvenir de las sociedades abiertas. Cuánto daría por conversar con él sobre la inteligencia artificial y las transformaciones que está provocando en el trabajo, en la vida social y en la política. No puedo atribuirle respuestas que no llegó a dar. Sí puedo imaginar la curiosidad, la energía y la libertad intelectual con las que habría abordado esas preguntas. Jorge fue un adelantado a su época. Muchas veces vio posibilidades donde otros apenas percibían riesgos, y advirtió cambios que todavía parecían lejanos. Parte de la incomprensión que encontró tuvo que ver, precisamente, con esa capacidad de pensar por delante de su tiempo. Conversar con él exigía estar dispuesto a revisar certezas y ampliar el horizonte.

Con la perspectiva de los años, su figura ha ido encontrando un reconocimiento que trasciende las fronteras partidarias. Quienes siempre lo admiramos y quisimos sentimos una profunda satisfacción al ver que tantos compatriotas valoran hoy su dimensión y su lugar entre los grandes presidentes de nuestra nación. En mi caso, ese orgullo convive con una nostalgia muy personal. Extraño al estadista, al liberal formidable, al hombre culto y apasionado por el destino de su país. Y extraño, entrañablemente, al amigo que me recibía, me escuchaba y me permitía discutir con él; al que tuvo la generosidad de enseñarme tanto sin pedirme nunca que renunciara a pensar por mí mismo. Cuánta falta nos hacés, Jorge. Cuánto me gustaría poder conversar contigo una vez más. Dejaste mucho más que exquisitos análisis de coyuntura. Nos regalaste con tu generosidad infinita una matriz de pensamiento perenne que te sobrevivió largamente y vive en nosotros, en nuestro pensamiento libre y en nuestra acción política, también libre. Porque nos enseñaste que de eso se trata. Libertad, siempre libertad. Por tanto, aún hoy seguimos dialogando, discutiendo y desafiándonos. Ya sin el mate por medio, pero con la sonrisa y la libertad intactas.

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