La niebla
Pablo Caffarelli
Hay nieblas que son meteorológicas y hay nieblas que son morales. Las primeras aparecen sobre las pistas de aterrizaje, reducen la visibilidad y obligan a los pilotos a confiar en instrumentos que les permitan distinguir el horizonte cuando los ojos ya no alcanzan. Las segundas son más peligrosas. Se instalan sobre las instituciones, sobre las decisiones públicas y sobre la responsabilidad de quienes administran los recursos de una sociedad. También reducen la visibilidad, pero en este caso no impiden ver una pista: impiden ver el sentido.
Durante meses se anunció con orgullo que el Aeropuerto Internacional de Carrasco había ingresado a una liga reservada para las grandes terminales aéreas del mundo. La incorporación del sistema ILS Categoría III B permitiría aterrizajes automáticos incluso en condiciones extremas de niebla, colocando a Uruguay en un nivel tecnológico comparable al de los principales aeropuertos internacionales. La noticia fue presentada como un símbolo de modernización, de avance y de futuro. Y, en verdad, lo era. Porque nadie podría discutir la importancia estratégica de una infraestructura capaz de evitar cancelaciones, demoras y desvíos que durante décadas han afectado la conectividad del país.
La inversión fue enorme. Cerca de veinte millones de dólares destinados a obras, equipamiento y tecnología de última generación. El relato era atractivo: Uruguay dejaba atrás una limitación histórica y se preparaba para operar con estándares de primer mundo.
Sin embargo, como ocurre con demasiada frecuencia en nuestra administración pública, el problema no estaba en lo que se compró sino en lo que se olvidó.
Porque mientras los equipos están instalados, mientras la infraestructura está terminada y mientras los discursos celebratorios ya fueron pronunciados, la realidad parece empeñarse en formular una pregunta elemental: ¿quién hará funcionar todo esto?
La información que ha trascendido indica que todavía no existiría el personal plenamente capacitado y habilitado para operar el sistema en toda su dimensión. Dicho de otro modo: el país habría realizado una inversión multimillonaria para resolver los problemas que provoca la niebla y, sin embargo, cada vez que la niebla aparece los problemas siguen allí. Los vuelos continúan sufriendo demoras, las operaciones se alteran y los pasajeros enfrentan exactamente las mismas incertidumbres que se prometió superar.
No se trata simplemente de una anécdota aeroportuaria. Tampoco de un retraso administrativo más. Lo verdaderamente inquietante es la lógica que el episodio revela.
En algún momento alguien decidió invertir millones de dólares en una tecnología sofisticada sin garantizar que el proceso de formación de los recursos humanos avanzara al mismo ritmo que la instalación de los equipos. Alguien concibió la obra, pero no el funcionamiento. Alguien pensó en la fotografía de la inauguración, pero no en la rutina diaria que debía venir después.
Es una forma de gobernar que comienza a repetirse con preocupante frecuencia. Una cultura de la gestión donde el anuncio parece más importante que el resultado y donde la adquisición de los medios termina desplazando la obtención de los fines.
Aristóteles advertía que la inteligencia práctica consiste en ordenar correctamente los medios para alcanzar un objetivo. Cuando los medios se convierten en el objetivo mismo, la acción pierde racionalidad y se transforma en mera apariencia. Algo de eso parece ocurrirnos. Compramos tecnología para exhibir modernidad, pero olvidamos construir las condiciones que vuelven posible esa modernidad.
Y entonces sucede lo absurdo: tenemos el instrumento, pero no el uso; la inversión, pero no el resultado; la infraestructura, pero no el servicio.
Lo ocurrido en Carrasco llega además en días particularmente sensibles para la credibilidad pública. Hace apenas unas semanas el país asistió a la incómoda polémica generada por la compra de una camioneta presidencial beneficiada por descuentos extraordinarios que terminaron derivando en explicaciones contradictorias y en el anuncio de una posterior donación del vehículo. Más allá de las diferencias evidentes entre ambos episodios, existe un hilo conductor que comienza a preocupar. La sensación creciente de que las decisiones públicas se encuentran rodeadas por una improvisación que jamás debería formar parte de la administración de los recursos colectivos.
Los países no se deterioran únicamente por los grandes escándalos. Muchas veces comienzan a erosionarse por la acumulación de pequeñas señales que, consideradas aisladamente, parecen menores, pero observadas en conjunto revelan una forma de hacer las cosas. Una camioneta adquirida en circunstancias poco claras. Un sistema aeroportuario de veinte millones de dólares que espera operadores. Un anuncio que antecede a la realidad. Una explicación que llega después del problema.
Nada de esto paraliza al país. Nada de esto provoca una crisis institucional. Pero cada episodio deja una huella invisible sobre el patrimonio más importante que tiene una república: la confianza.