La república de Artemisa
Gustavo Gómez Rial
Este miércoles 25 de marzo tuve el honor y la alegría de asistir invitado al acto de entrega de los Premios Artemisa en su octava edición, convocado por la Gran Logia Femenina del Uruguay y celebrado en el Salón «Confraternidad Americana» de la Gran Logia de la Masonería del Uruguay. En dicho acto, la Serenísima Gran Maestra Ana Rivas hizo entrega de las estatuillas de cristal a las cuatro galardonadas de este ciclo anual como reconocimiento a su excelencia ética y al compromiso con el bien común, amén de los muchos otros logros obtenidos en sus largas trayectorias profesionales y de vida.
Si me animaron a concurrir varias circunstancias, lo hice especialmente, en mi condición de colorado, por lo que significaba presenciar fuera del ámbito partidario aquel homenaje a una figura con nombre propio para el Partido Colorado y para nuestra República, la Historiadora Marta Canessa, incansable investigadora y responsable de iluminar el pasado histórico nacional en aras de que no se apague la llama testimonial y de conocimiento que Artemisa porta. Doble este mérito ya que, si digna de admiración por su apego inclaudicable con la verdad documental y por esa visión profunda y magistral del tiempo histórico, nunca dejó de brillar con luz propia. Y nada menos que toda una vida al lado de un señor llamado don Julio María Sanguinetti, a quien nadie negaría su título en Derecho ni su condición de presidente de esta República; pero, al que en esta ocasión prometí no otorgarle más mérito que haber logrado conquistar a una dama tan sabia como influyente (aquella felicidad compartida y reflejada en sus rostros, sin embargo, nos insinuaba que se habrían conquistado mutuamente).
El Acto Natural de Proveer:
Desde Bernardina Fragoso de Rivera y a partir del legado de otras valientes Damas Orientales que aún hoy sigue presente, nuestra Patria no sólo ha recibido su abrazo benefactor sino también el invaluable aporte humano, intelectual y artístico de muchas otras compatriotas.
Junto a la Historiadora Marta Canessa, también la Ingeniera Ida Holtz (madre de Internet en Latinoamérica), la Profesora María Julia Listur (invitándonos a cultivar una sana fraternidad sin distinciones) y la Artista Visual Margareth Whyte (colmada de creatividad, de camino a la Bienal de Venecia) recibieron el justo reconocimiento a sus largas e incansables trayectorias con idéntica espontaneidad y alegría.
Portando ese arco continente, que es vida y es tensión, ellas nos proveyeron de abrigo y pieles: documentos y tinta, máscaras y tejidos de colores, un anillo de silicio y bits o agua limpia del Santa Lucía para quien gritase de sed. Y, acaso, apenas guardasen un sorbo para sí.
Cada historia de vida, sin duda, merecería mucho más que una columna en todos los periódicos. Cada una de ellas, ejemplo lúcido de sabiduría e intelectualidad, nos estaba regalando a nosotros ese orgullo tan lindo de sentirnos uruguayos.
Todas, desbordando experiencia y humanidad; expresándose con proverbial sencillez y serenidad, con la paz y alegría naturalizadas de intuir que haber ofrecido la vida por el bien, la cultura y el saber les otorgaría aún mucha más fuerza para continuar: ofreciendo. Compartiendo su ejemplo y sus conocimientos como si partiesen una hogaza de pan. Todas, sin descanso, aceptando y cumpliendo la paradoja humilde del que da. De Artemisas con pulso y con sonrisa que jamás saldrían a cazar para el propio beneficio, sino como un gesto diáfano y espontáneo de compartir los frutos sin aguardar algo a cambio.
Por fin, digamos gracias a estas damas de hoy que sueñan y que hacen, porque sin ellas cada hoy se contaría diferente y estaría falto de completitud.
Nuestra República respira aires de igualdad, nunca tan fraterna y viva mirando hacia el mañana que, ahora sí, todos juntos debemos construir.