Nardone, Sapelli, los anarcobatllistas y Garibaldi

septiembre 28, 2026

Eduardo irigoyen García

Reconozco que en el Partido Colorado hay liberales-conservadores que trabajan bien en el Parlamento, en los entes autónomos y en la actividad pública; algunos son ejecutivos, inteligentes y honestos. Pero una cosa es reconocer esas condiciones personales y otra es definir qué tradición política representan. Me cuesta ubicarlos dentro del batllismo y de aquellas ideas de progreso que fueron parte de nuestra identidad. Los veo más cerca del liberalismo conservador de tradición colorada.

Mis diferencias son filosóficas. Pertenezco al batllismo entendido como una corriente que hizo de la laicidad, la libertad de conciencia, la ampliación de derechos individuales y la reforma social algunas de sus banderas fundamentales. No es un juicio sobre las personas cuando pesan sus creencias religiosas, sino una discusión acerca de qué lugar ocupan esas convicciones en una tradición que históricamente hizo de la libertad de conciencia uno de sus grandes pilares.

El primer principio

Una vez, Carlos Cigliutti me dijo, con esa mezcla de picardía y sentido práctico que lo caracterizaba:

—El primer principio es ganar.

Puede que me lo haya dicho en broma, para sacarse de encima a este tipo pesado que le cuestionaba los errores de la dirigencia colorada de los años sesenta y setenta. Pero hay algo de verdad en aquella frase. Hay que ganar elecciones para transformar la realidad. Sin votos no hay gobierno y, sin gobierno, las mejores ideas terminan convertidas en hermosos discursos pronunciados desde la vereda.

Pero hay una pregunta anterior: ¿para qué queremos ganar? Un partido político no debería ser solamente una maquinaria para obtener votos. Tiene que tener una identidad, una tradición, determinados principios y una idea del país que quiere construir.

Para hablar de eso quiero empezar lejos de las corrientes que hoy parecen tener mayor presencia en el Partido Colorado. Quiero empezar con unos tipos bastante incómodos: los anarquistas.

Aquellos tanos irreverentes

A fines del siglo XIX y comienzos del XX, Montevideo recibió una fuerte influencia del pensamiento anarquista, particularmente a través de la inmigración europea, con importante presencia italiana y española. Eran hombres —y también mujeres— que desconfiaban profundamente de la autoridad: del Estado, de la policía, de los jueces, de la Iglesia, de los patrones, de los burgueses y de cualquier señor que pretendiera decirles cómo vivir.

Algunos eran anarcosindicalistas. Otros libertarios. Otros transitaban por distintas formas del pensamiento socialista y revolucionario. Entre muchos de aquellos inmigrantes italianos estaba viva la tradición garibaldina, con su imaginario republicano y anticlerical.

No eran todos iguales. Pero había algo que los unía: una formidable vocación por la libertad. Y tenían una manera particular de ejercerla: se burlaban de la autoridad, publicaban periódicos, organizaban sindicatos, creaban bibliotecas, hacían teatro, daban conferencias y organizaban clases nocturnas.

El Centro Internacional de Estudios Sociales fue uno de los grandes espacios de esa cultura libertaria montevideana: no era solamente un lugar donde se conspiraba contra el orden establecido, también se leía, se estudiaba, se discutía y se intentaba formar personas.

Algunos defendieron la acción directa. Otros justificaron la violencia política. Hubo sectores que abrazaron posiciones revolucionarias que pretendían destruir el orden existente. Pero sería un error histórico reducirlos a eso. Aquellos anarquistas también trajeron una pasión extraordinaria por la cultura, por la educación, por la libertad de pensamiento y por la dignidad del individuo.

Don Pepe y los que querían incendiarlo todo

José Batlle y Ordóñez no era anarquista, ya se sabe. No venía de ese mundo. No compartía su concepción revolucionaria ni su desconfianza absoluta hacia la autoridad. Pero los entendió. Y, sobre todo, entendió que detrás de aquella rebeldía había una cuestión social que el Estado no podía ignorar.

El movimiento obrero crecía rápidamente. En agosto de 1905 se había fundado la Federación Obrera Regional Uruguaya (FORU) y las huelgas se multiplicaban. En mayo de 1911 se produjo la primera huelga general de la historia del Uruguay, que paralizó durante varios días buena parte de Montevideo.

Entonces ocurrió aquella escena extraordinaria. Tras una movilización obrera en apoyo a la huelga, una multitud llegó hasta la casa del presidente Batlle y Ángel Falco, poeta, periodista y militante libertario, terminó subido a un árbol, desde donde se dirigió al mandatario. Batlle los miraba desde el balcón y, lejos de ordenar a la policía que dispersaran aquella multitud, respondió en términos que se hicieron célebres: los exhortó a organizarse y luchar por el mejoramiento de sus condiciones económicas, asegurándoles que no tendrían en el gobierno un enemigo mientras respetaran el orden y las leyes.

Ahí está una de las claves del batllismo.

No decirle al que protesta: «¡Callate porque yo soy la autoridad!» Pero tampoco decirle: «Hacé lo que quieras porque todo vale».

Reconocer el conflicto social. Escuchar al que reclama. Defender al trabajador. Promover reformas. Y, al mismo tiempo, sostener la República y la ley. Ni represión ciega ni revolución permanente, sino reformismo. Eso fue, en buena medida, el batllismo.

El extraño encuentro entre dos mundos

Hay algo fascinante en aquella historia. Los anarquistas querían destruir muchas de las estructuras del viejo orden. Batlle quería transformarlas desde el Estado democrático. Los primeros desconfiaban profundamente de la autoridad. El segundo era el presidente de la República. Los primeros podían considerar al Estado una herramienta de dominación. Batlle creía que el Estado podía ser una herramienta de justicia social.

Sin embargo, pudieron encontrarse porque había algo más profundo que los separaba y los acercaba al mismo tiempo: la preocupación por la libertad y por la dignidad humana. La relación no fue idílica. Hubo represión policial y conflictos entre el aparato policial y los movimientos obreros. Pero también existió una corriente de acercamiento entre algunos militantes libertarios y el reformismo batllista. De allí surgió lo que posteriormente la historiografía denominó anarcobatllismo.

Entre sus nombres aparecen Leoncio Lasso de la Vega, Adrián Troitiño, Carlos Balsán, Gino Fabbri, Antonio Zamboni, Francisco Berri, E. Clerici y Virginia Bolten. También estuvieron vinculados a ese mundo figuras como Félix Basterra y Orsini Bertani. Y naturalmente Domingo Arena, uno de los casos más significativos de la convergencia entre sensibilidad anarquista, liberalismo, republicanismo y batllismo.

No para convertir a los anarquistas en batllistas retrospectivos. No lo fueron. Ni para convertir a Batlle en un anarquista con levita. Tampoco. Sino para comprender algo más interesante: una tradición política puede crecer cuando es capaz de dialogar con quienes vienen de otros mundos sin perder su propia identidad ni traicionar sus principios.

Colorados antibatllistas de ahora

Dejo a los anarcobatllistas y vuelvo a algunos dirigentes colorados que han sostenido públicamente posiciones contrarias a determinados derechos, muchas veces desde convicciones religiosas. Mi preocupación aparece, sobre todo, cuando esas convicciones pretenden convertirse en fundamento de decisiones que afectan a toda la ciudadanía.

El liberalismo político no consiste solamente en defender la libertad económica, la iniciativa individual o el sentido común. También implica aceptar que el Estado no debe imponer a todos una determinada concepción moral o religiosa de la vida.

Me cuesta entender la reivindicación de Benito Nardone desde filas coloradas. Estudiar a Nardone puede ser muy útil porque permite entender un movimiento ultraconservador y profundamente reaccionario, con componentes corporativistas y una relación conflictiva con el liberalismo político. Su discurso estuvo profundamente enfrentado al batllismo y a Luis Batlle Berres. Por eso me resulta llamativo que, en estos momentos, esa tradición tenga más espacio entre algunos sectores o figuras coloradas que otras tradiciones mucho más vinculadas al republicanismo democrático del Partido. Y que encima haya dirigentes que promocionen un libro que reivindica a Nardone.

Yo prefiero difundir otro libro: el de Jorge Sapelli.

Vicepresidente de la República, dirigente colorado y batllista que, en junio de 1973, se opuso a la disolución del Parlamento y defendió la continuidad institucional. Cuando Bordaberry le comunicó el decreto de disolución, Sapelli dejó expresa constancia de que no lo aceptaba y de que se oponía al proceso que se iniciaba. Más tarde rechazó presidir el Consejo de Estado creado por la dictadura.

Entre Nardone y Sapelli hay una diferencia política e histórica que no es menor. Uno representa una tradición ruralista, conservadora y fuertemente enfrentada al batllismo. El otro representa, en uno de los momentos más dramáticos de nuestra historia, la defensa de las instituciones republicanas. Sé con cuál de esas tradiciones me siento más identificado.

Camisa roja

El 20 de setiembre se celebra en Uruguay el Día de la Libertad de Expresión de Pensamiento. La fecha tiene una enorme carga simbólica. Ese día de 1870 las tropas del Reino de Italia entraron en Roma y terminó el poder temporal del papado. Décadas después, esa fecha fue incorporada por la tradición librepensadora como símbolo de la lucha contra el poder temporal de la Iglesia y por la libertad de conciencia.

Y también está Garibaldi. No como una estampita histórica ni como una camisa roja colgada de un perchero. Garibaldi representa una tradición republicana, liberal, anticlerical y profundamente vinculada a la lucha contra los poderes absolutos. Por eso me pregunto: ¿qué lugar ocupan Garibaldi y la libertad de pensamiento en ese relato colorado liberal-conservador? Para mí no son adornos históricos. Son parte de una tradición.

Por eso pienso cada vez más en aquellos anarquistas de principios del siglo XX.

Sí, eran radicales. Sí, algunos eran tremendamente dogmáticos. Sí, a algunos se les iba la moto. Pero también fundaban bibliotecas. Hacían teatro y música. Editaban periódicos. Daban clases. Leían. Discutían. Pensaban. Querían transformar la sociedad.

Algunos de ellos encontraron en Batlle a un interlocutor. No porque Don Pepe pensara como ellos. Sino porque los escuchaba. Y porque entendía que una sociedad democrática no se construye eliminando al que piensa diferente. Se construye encontrando aquello que podemos hacer juntos sin obligarnos a pensar igual.

Quizás ésa sea una buena enseñanza para 2026. En tiempos de fanatismos necesitamos menos sacerdotes de la política, menos caudillos iluminados, menos mesías y menos hombres convencidos de que poseen la verdad completa. Y bastante más librepensamiento, tolerancia, republicanismo y humanismo.

Chalana colorada

No necesitamos volver exactamente al batllismo de un siglo atrás. No podemos vivir mirando todo el tiempo hacia el pasado. Pero sí podemos recuperar algo que aquel viejo mundo entendió, cada uno a su manera: que la libertad del otro no es una amenaza para mi libertad. Y que una sociedad civilizada no necesita que todos pensemos igual. Necesita que podamos pensar distinto sin dejar de reconocernos como seres humanos.

Eso, para mí, sigue siendo profundamente colorado. Y profundamente batllista. Pero, sobre todo, humano. Por eso prefiero medir a los dirigentes por el conjunto de sus ideas y de sus antecedentes, no solamente por su capacidad de gestión o porque parezcan buenos tipos. Me gustaría que quienes se identifican con el batllismo tengan una presencia fuerte en el Partido Colorado; que no se vendan, que no aflojen y que no regalen las banderas.

Me sigo considerando colorado y batllista, sin sector, sin caudillo y sin dueño político. Pero, cada vez que me preguntan dónde estoy ubicado, siempre digo lo mismo: defensor de la vida, la obra y la memoria de Mario Carminatti. Porque una cosa es ser colorado y otra, bastante más exigente, es ser batllista.

Mientras tanto, algunos empecinados seguimos remando contra la corriente y aguantando el temporal.

No me canso.

No me rindo.

Y sigo remando.

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