No es una sensación térmica
Pablo Caffarelli
Hay países donde la inseguridad se mide en estadísticas. En otros, se mide en la respiración colectiva. En el Uruguay de hoy ya no alcanza con mirar gráficas, porcentajes o conferencias de prensa: basta abrir el diario, escuchar una radio en la mañana, o conversar cinco minutos en una parada de ómnibus para sentir que algo se ha quebrado.
Los titulares se amontonan con una crudeza que antes nos resultaba ajena, propia de realidades distantes, de sociedades donde la violencia había ganado terreno hacía décadas. Hoy son nuestros. “Formalizaron por femicidio a hombre que mató a su pareja y tiró su cuerpo a un aljibe en Canelones”. “Paro de ómnibus de UCOT por 24 horas tras violenta agresión a un chofer”. “Robaron la estatua del peón rural en el Prado y se la llevaron en camioneta”. Y entre esos titulares, casi como una postal de época, el enfrentamiento absurdo entre un chofer y un delivery que terminó con un hombre muerto de una puñalada.
No son episodios aislados. Son síntomas. Son señales de una convivencia que se deshilacha hilo por hilo, mientras la costumbre nos anestesia y la resignación amenaza con convertirse en paisaje.
Porque la inseguridad no empieza cuando suena un disparo. Empieza mucho antes. Empieza cuando la ira se vuelve lenguaje cotidiano, cuando la intolerancia sustituye al diálogo, cuando cualquier diferencia mínima escala en segundos hasta la violencia. Empieza cuando el insulto es reflejo, cuando la amenaza es moneda corriente, cuando la vida ajena vale cada vez menos.
Uruguay supo enorgullecerse, con razón, de ciertos códigos no escritos. De una forma de tratarnos. De un respeto básico en la calle. De la palabra empeñada. De una cortesía civil que no figuraba en las leyes pero vivía en los gestos diarios. No éramos un paraíso, pero sí una excepción razonable en una región convulsionada. Hoy esa excepción se erosiona.
Y frente a esa erosión, el Estado parece llegar siempre después. El Ministerio del Interior anunció finalmente un plan que comenzará como experiencia piloto en Cerro Norte. La idea, se nos dice, apunta a intervenir territorios críticos con nuevas herramientas. Bienvenido todo intento serio. Pero cuesta no advertir lo evidente: el plan llega un año tarde. Llega cuando las heridas ya sangran. Llega cuando el miedo ya se instaló en barrios enteros. Llega como quien aparece con una gasa cuando el paciente hace rato necesita cirugía.
La seguridad pública exige prevención, inteligencia, presencia territorial y conducción política. Exige entender que el delito no espera cronogramas administrativos ni tiempos electorales. Mientras se diseñan pilotos, la realidad ejecuta su propio programa: más violencia, más impunidad percibida, más ciudadanos replegados detrás de rejas, alarmas y rutinas defensivas.
Pero sería cómodo cargar toda la responsabilidad en un ministerio. La crisis también nos interpela como sociedad. Hay una pedagogía del límite que se perdió en hogares, escuelas, espacios públicos. Se relativizó la autoridad legítima, se banalizó la agresión, se confundió libertad con ausencia de freno. Y cuando una comunidad deja de transmitir normas básicas de convivencia, siempre aparece alguien dispuesto a imponer las suyas por la fuerza.
Lo más peligroso, sin embargo, no es el delito. Es acostumbrarnos. Que un femicidio nos conmueva dos horas. Que una golpiza a un trabajador sea apenas un tránsito noticioso. Que la muerte absurda en una discusión callejera se archive detrás del próximo escándalo. Cuando la barbarie deja de escandalizar, ya empezó a ganar.
Uruguay todavía está a tiempo. Pero el reloj corre. Recuperar la seguridad no será sólo bajar rapiñas o reforzar patrullajes. Será reconstruir una cultura nacional herida camino a quedar perdida. Será volver a enseñar que el otro existe. Que la ley importa. Que la violencia no puede ser atajo ni lenguaje.
Porque las naciones no se pierden de golpe. Se deterioran en pequeños actos tolerados, en señales ignoradas, en respuestas tardías. Y después, un día, descubren que aquello que las distinguía ya no está.