La guerra que advertimos
Guzmán A. Ifrán
Hace apenas unas semanas, desde estas mismas páginas, advertí sobre la posibilidad de que la escalada entre Estados Unidos, Israel e Irán terminara desembocando en un conflicto abierto. En aquel momento señalé que las tensiones acumuladas durante años —particularmente en torno al programa nuclear iraní, el desarrollo de misiles balísticos y las amenazas explícitas del régimen de Teherán contra Israel— estaban configurando un escenario extremadamente inestable. Hoy, con los acontecimientos de la última semana, esa advertencia ha dejado de ser una hipótesis para convertirse en una realidad geopolítica de enorme magnitud.
Durante los últimos días, el mundo ha sido testigo de un rápido deterioro de la situación en Medio Oriente. Operaciones militares lanzadas por Israel contra objetivos estratégicos vinculados al aparato militar y nuclear iraní desencadenaron una respuesta inmediata por parte de Teherán mediante misiles, drones y amenazas directas contra intereses israelíes y estadounidenses en la región. A partir de ese momento, la escalada comenzó a desarrollarse a gran velocidad, arrastrando a diversos actores regionales y transformando una tensión latente en un conflicto militar abierto.
Como es natural, y debe decirse con total claridad, toda guerra es lamentable y aborrecible. Lo es por una razón profundamente humana: quienes más sufren sus consecuencias suelen ser las poblaciones civiles que nada tienen que ver con las decisiones geopolíticas de los gobiernos. Millones de personas en el mundo desean simplemente trabajar, vivir en paz, educar a sus hijos y desarrollar sus vidas en armonía. Sin embargo, en circunstancias como estas, sus existencias pueden cambiar abruptamente por decisiones estratégicas tomadas a miles de kilómetros de distancia.
Dicho esto, la historia también enseña algo que no puede ignorarse. Existen momentos en los que los países democráticos y republicanos se ven obligados a enfrentar militarmente a regímenes que representan amenazas graves para el orden internacional. El ejemplo más claro fue la Segunda Guerra Mundial. Nadie podría negar el horror que representó aquel conflicto para la humanidad. Sin embargo, si las democracias no hubieran enfrentado militarmente al nazismo y al fascismo, el mundo que conocemos hoy probablemente sería radicalmente distinto.
No es exagerado afirmar que, de no haber existido aquella guerra, buena parte del planeta podría haber terminado bajo regímenes totalitarios. La historia, en ocasiones, coloca a las naciones frente a decisiones dramáticas donde las alternativas no son entre el bien absoluto y el mal absoluto, sino entre un mal terrible y otro potencialmente aún mayor. Son sacrificios que lamentablemente la humanidad ha debido realizar en distintos momentos de su historia en pos de evitar males mayores.
Y es precisamente en ese marco donde debe analizarse el conflicto actual con Irán. Una de las principales motivaciones estratégicas detrás de los ataques preventivos ha sido la creciente preocupación internacional por el programa nuclear iraní. Durante años, distintos informes han señalado avances en el enriquecimiento de uranio y en el desarrollo de capacidades misilísticas que podrían permitirle alcanzar armamento nuclear.
El problema no es solamente tecnológico. El problema es político. Irán es gobernado por un régimen teocrático que ha sostenido reiteradamente que el Estado de Israel debería desaparecer. Cuando un gobierno que expresa públicamente ese tipo de objetivos se aproxima al desarrollo de armas nucleares, la preocupación internacional deja de ser una discusión teórica para transformarse en una amenaza estratégica concreta.
En ese contexto, los ataques preventivos han sido defendidos por Estados Unidos e Israel como una forma de evitar un escenario aún más peligroso en el futuro. La lógica estratégica detrás de esta decisión es clara: impedir que un régimen hostil que ha manifestado intenciones abiertamente agresivas alcance una capacidad militar que alteraría radicalmente el equilibrio regional.
Mientras tanto, el conflicto ya está teniendo consecuencias globales. Una de las primeras reacciones se observó en los mercados internacionales. El precio del petróleo registró fuertes aumentos ante el temor de que el conflicto afecte el flujo energético desde Medio Oriente, especialmente a través del estratégico estrecho de Ormuz. El oro, tradicional refugio financiero en tiempos de incertidumbre geopolítica, también ha experimentado un incremento significativo en su cotización.
En el plano militar, el escenario permanece abierto y altamente incierto. Israel continúa realizando operaciones contra objetivos estratégicos vinculados al aparato militar iraní, mientras que Irán ha respondido mediante ataques con misiles y drones. Estados Unidos, aliado central de Israel, ha reforzado su presencia militar en la región, aumentando la capacidad de disuasión frente a una posible expansión del conflicto.
De cara al futuro inmediato, pueden vislumbrarse tres posibles escenarios. El primero sería una escalada mayor que involucre a más actores regionales y transforme el conflicto en una guerra de mayor escala. El segundo sería una guerra limitada pero prolongada, con ataques intermitentes y tensiones constantes durante semanas o meses. El tercero, menos probable en el corto plazo pero siempre posible, sería la apertura de una instancia diplomática que permita reducir la intensidad del conflicto.
Lo que sí resulta evidente es que el mundo ha ingresado en una fase de gran volatilidad geopolítica. Hace apenas unos meses, muchos analistas consideraban improbable una guerra abierta entre Estados Unidos, Israel e Irán. Sin embargo, como señalé oportunamente en estas mismas páginas, la acumulación de tensiones estratégicas estaba configurando un escenario donde el conflicto ya no era una posibilidad remota, sino una probabilidad creciente.
Hoy, esa advertencia se ha confirmado. La historia juzgará con el tiempo las decisiones que se están tomando en estos días. Pero lo que ya puede afirmarse con claridad es que el equilibrio estratégico de Medio Oriente —y posiblemente del sistema internacional— acaba de entrar en una nueva etapa.