Editorial

Entre lo dicho

y lo hecho, la realidad

César García Acosta

Lo que habitualmente calificamos como “datos de la realidad”, despojado de cualquier estado de controversia, no es más que una ilusión sobre algo o sobre alguien, porque la verdad del hecho lejos de ser un relato es lo que realmente acontece o sucede. No se trata de una representación de lo que creemos que es, sino que simplemente, es la realidad.

Esto vale para todo en la vida.

En política, por ejemplo, cuando creemos oír en los discursos del Gobierno las soluciones que todos necesitamos como sociedad, y aunque esas promesas no se compadezcan estrictamente con lo que votamos; son la ilusión y la utopía que nos inspiran en el diario vivir.

En nuestra cotidianeidad, cuando los padres creen decidir sobre el futuro de sus hijos, por ejemplo, ante lo que se está es en el camino de las expectativas, porque definitivamente serán ellos, y o nosotros, quienes decidirán por donde seguir. Siempre lo que queda de relieve son las expectativas y las ilusiones, casi abstraídas de la objetividad de lo que ciertamente sucederá.

En las relaciones de trabajo también es igual. Cuando creemos advertir lo que pretendían nuestros superiores, y lo que fuimos capaces de hacer o dar, los hechos y las utopías suelen converger en un mar de controversias donde las intenciones y utopías navegan sin transformarse aún en verdades verdaderas.

De hecho, lo que creemos que es, casi siempre es un parecido a la realidad, pero jamás es una realidad consolidada.

Por eso aquélla máxima del expresidente José Mujica, que sentenciaba “como te digo una cosa, te digo la otra”, pasó a ser algo más que una frase hasta consolidarse en una regla.

Y lo es. Cuando Mujica anunciaba viviendas populares en realidad nunca las había construido, sino que su apelación apuntaba sólo a la regularización de lo que ya estaba construido y que todos conocíamos como “asentamientos irregulares”. Arreglar una pared, o arreglar algunas chapas de un techo, para él era un plan habitacional. Sus reformas no eran reformas sino apenas expectativas que terminaron consolidando programas sin revoluciones.

Sigamos con los ejemplos: cuando se anunciaba un mejoramiento en la situación del desempleo, poco o nada se hablaba del pluriempleo o del subempleo, pero la realidad circundaba datos que luego el INE, con sus informes, nos desconcertaba con sus valoraciones, porque mientras nosotros palpábamos la crisis, se nos asegura que no ha había aumento del nivel inflacionario. Sin embargo, el supermercado y los precios en las ferias deían otra cosa.

En los tiempos del mujiquismo, en el plano discursivo y en materia de respeto a la sindicalización, el Gobierno, por un lado, parecía observar válido y decisivo que la policía se hubiese agremiado, pero, por otro lado, si los “milicos” del presidente tomaban una medida colectiva, sin paros ni consecuencias sobre la seguridad pública, se los detenía como a delincuentes a mano de las fuerzas antimotines.

Si esto no es decir una cosa y hacer la otra, entonces es estar en el mundo del revés. Realmente ni el mundo de la ironía podrá superar este estado de doble discurso. Cuando fueron oposición no aceptaban las recomendaciones del FMI o del BID por eso sería como venderse al capitalismo “yanqui”. Sin embargo, la actual versión del Frente Amplio en el poder, filosóficamente mujiquista, se refiere al BID como una institución a la que apelar, y se acepta que el IVA deberá reducirse en la economía doméstica, sólo controlando al consumo.

El concepto abstracto ante las acciones de Gobierno nos hace reflexionar sobre si ¿existe una estricta correspondencia entre la promesa y la verdad?, o será que nuestra cultura terminó por incorporar a su identidad el “cómo te digo una cosa, te digo la otra.”

De este estado político del mujiquismo, al del MPP de Yamandú Orsi, hay apenas una conjunción de estilos que en el fondo se complementan de maravilla. Por eso, la frase de EL GOBIERNO TE MINTIÓ, haya sido un éxito creativo, porque simplemente es tan popular y cierta como el cuplé o por la retirada de alguna murga.

Y si la murga dice una verdad que no se la entienda como una crítica política, sino como un dato de la realidad al servicio del pueblo.

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