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La cultura que la derecha dejó vacía

Luis Marcelo Pérez

Durante décadas, la discusión cultural se explicó como una disputa de espacios e ideas. Sin embargo, el problema de fondo fue otro. La renuncia de la derecha a producir pensamiento dejó un vacío que otros ocuparon con eficacia. Hoy, cuando ese diagnóstico empieza a asumirse, el escenario ya cambió. La disputa ya no se define por quién controla instituciones, sino por quién logra instalar lo que una sociedad percibe como normal.

Cada vez que se manifiesta de nuevo la idea de batalla cultural, reaparece una afirmación previsible y se reabre la discusión. Se sostiene que el arte, la universidad, la literatura o el pensamiento mayoritariamente están dominados por la izquierda, disfunción que requiere explicación y acción moderada, pero urgente.

Las vanguardias adoptaron sensibilidad progresista por razones históricas concretas. Durante buena parte de los siglos XIX y XX, la derecha y el centro derecha estuvieron abocados a gobernar. Mientras unos administraban el Estado, el mercado y las instituciones, otros ocuparon los márgenes, donde surgen las rupturas. Allí se gestaron revistas, manifiestos, movimientos artísticos y nuevas formas de interpretar la realidad.

Las corrientes innovadoras no nacen desde el poder, sino en tensión con él. Aparecen cuando el lenguaje heredado deja de dar respuesta a la experiencia de una época y cuando el orden vigente se vuelve previsible. No responden a una esencia ideológica, sino a una posición frente a lo establecido. Quien gobierna tiende a preservar. Quien queda fuera necesita cuestionar.

En ese proceso, la derecha cometió un error estratégico. Subestimó la cultura. Se concentró en la gestión y relegó la producción de sentido. Mientras unos construían relatos, lenguajes y marcos interpretativos, otros se limitaban a administrar.

Cuando finalmente advirtió el problema, ya era tarde. No había una conspiración abierta, sino un vacío persistente y largamente desatendido. La influencia progresista se consolidó tanto por su propio desarrollo como por la ausencia de una alternativa intelectual sostenida.

En América Latina ese fenómeno fue aún más marcado. Amplios sectores conservadores redujeron la cultura a gestos protocolares o a una idea superficial de identidad. Se invocó la tradición sin generar pensamiento. Se preservaron formas sin renovar contenidos. Mientras tanto, el campo cultural se expandía con debates y propuestas impulsadas desde otros ámbitos.

Ese recorrido, sin embargo, tampoco debe idealizarse. Muchas corrientes que nacieron para incomodar terminaron institucionalizándose. La rebeldía se volvió norma. La crítica derivó en vigilancia. En ciertos espacios, disentir dejó de ser un ejercicio intelectual para convertirse en una sanción.

Ese giro explica parte del clima actual. Algunos sectores de la derecha descubren ahora la existente dimensión cultural, pero lo hacen con un diagnóstico tardío y, en muchos casos, con respuestas que miran hacia atrás. Intentan disputar un terreno que ya cambió de forma con herramientas que pertenecen a otra etapa.

Pretender reemplazar una hegemonía por otra, replicando los mismos mecanismos de control, no es una alternativa. Es una repetición. La cultura no se reconstruye con coincidencia ni con obediencia. Se construye con riesgo, con autonomía intelectual y con capacidad de cuestionar incluso a los propios.

La oportunidad, si existe, no está en copiar modelos agotados, sino en asumir la tarea postergada. Volver a producir ideas, abrir discusiones, abandonar la comodidad de una gestión sin horizonte. Recuperar la capacidad de interpretar el tiempo en que se vive.

Toda renovación surge cuando alguien rompe inercias, incluso dentro de su propio espacio, y se anima a desafiar lo establecido. La primera etapa de esta historia se definió mientras unos pensaban y otros gobernaban. La que comienza no se resolverá con consignas ni con denuncias, sino con creación.

El nuevo poder cultural no se impone. Se instala. No exige adhesión. Genera hábito. Y cuando una sociedad se habitúa, deja de interrogarse.

Por eso, la cuestión decisiva ya no pasa por identificar quién domina la cultura en términos visibles, sino por reconocer quién está en condiciones de definir qué será percibido como normal en los años que vienen. Porque en esa definición silenciosa, que se despliega en el lenguaje cotidiano, en los hábitos y en las formas de interpretar la experiencia, se juega algo más profundo que una elección o un gobierno. Se juega el sentido mismo de la realidad.

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