Gonchi, carajo
Guzmán A. Ifrán
Hoy escribo desde el desgarro, la tristeza y la impotencia. Se nos fue Gonzalo Oromí, para todos quienes lo conocimos y quisimos, el “Gonchi”. Se fue antes de tiempo, intempestivamente y por esos enredos del destino que todos atravesamos durante este intrincado pasaje por la experiencia humana. Pero no voy a hablar de su partida. Hoy voy a hablar de algo mucho mejor. Hoy voy a hablar de su vida. Porque a diferencia de tantos que pasan y nada dejan, Gonzalo dejó mucho. Probablemente demasiado. Y lo haré aquí, en este espacio que es político y es de militancia, no por capricho. Porque entre tanto más, Gonzalo fue, en sus épocas de militante, el mejor que yo jamás haya visto.
Conocí al Gonchi hace más de 15 años, allá por 2009 o 2010. Esa alegría, esa frescura, esa fuerza. ¡Esa fuerza! Como todo en esto de la política, Gonzalo llegó por “amigos de amigos”. Esa curiosidad del azar, que por interpósitas personas nos cruzan a quienes muchas veces terminan siendo en nosotros mucho más que quienes nos las presentaron. Por mucho más tiempo. Y con mucha más intensidad. Desde ese entonces hasta el fin de su militancia activa, que duró casi una década, ¡y qué década!, Gonzalo dio cátedra de militancia. Su entrega fue absoluta, su compromiso fue total y su lealtad fue incondicional. A prueba de todo. A prueba de todos.
Gonzalo encabezó durante años la lista más votada de nuestra agrupación política, la mítica columna “Vamos Prado”, que hacía desbordar las urnas de votos elección tras elección. Pues es imposible haber ganado las elecciones juveniles del Partido Colorado como lo hicimos en 2017, haber llegado a la Junta Departamental de Montevideo en 2015 y dos veces al Parlamento Nacional en 2014 y 2019 sin Gonzalo. De mucho fue responsable directo y de tanto más indirecto. Así también sería como se consagraría Convencional Nacional del Partido Colorado en reiteradas oportunidades, obteniendo adicionalmente numerosos cargos más en los órganos partidarios para tantos otros protagonistas de Vamos Prado, en el que su centralidad era total. Partido Colorado al que le dio todo, y nunca le pidió nada. El Gonchi estaba en el corazón de nuestra organización, que latía con él. Que latía por él; y lo hizo muy, muy feliz. En nombre de todo el Partido Colorado, al que tanto le diste y dedicaste, ¡GRACIAS GONCHI!
Me invaden innumerables recuerdos. Extraordinarios recuerdos. Actividades, giras, ruta, mate, cánticos, banderas, bombos, discursos, victorias históricas y calenturas atómicas por las traiciones arteras. Pero siempre la rebeldía contra la injusticia consumada y la tozudez de volvernos a poner en pie, una vez y otra también, para volver a pelear. Y lo hicimos. Algo que sin Gonchi hubiese sido también impensable. Porque contagiaba su fuerza infinita, desafiaba al destino y le hacía frente a la gente de mierda, siempre y en todas las canchas, también en la política. Y lo hacía con un coraje inagotable. No conocía el miedo. No sabía de achicarse.. pienso que no le saldría ni aunque se lo propusiese. Su guapeza era arrolladora.
Y exactamente así fue también Gonzalo en lo personal. Porque pienso que nadie puede desdoblar su ser político de su ser personal. Quien traiciona en política traiciona en la vida. Quien es doble cara en política lo es también en la vida. Y así podría seguir. Pero en contrapartida, quien es leal en política también lo es en la vida. Quien es guapo en política también lo es en la vida. Y quien es idealista en política, también lo es en la vida. Y todo lo último fue Gonzalo. ¡Qué amigo! De esos que jamás se anteponían a sí mismos o sus intereses, comodidad o conveniencia si de ayudar a un amigo se trataba. No fallar era para él mandato sagrado. En todas las canchas, sin mediar peligro, hora o probabilidad de éxito. Ante el llamado, el Gonchi no fallaba.
Vino, dio cátedra definitiva de amistad, de idealismo y de pureza del alma, y se fue. Pero el tema es que Gonzalo no se fue, y no se va a ir nunca. Porque todos los que tuvimos el inmenso honor de conocerlo vamos a tener siempre un faro de excelencia humana que nos va a iluminar en los momentos de decisión capital; esos en que tengamos que seguir decidiendo entre el bien y el mal, entre la justicia y la injusticia, entre el egoísmo, y la entrega hasta en perjuicio propio por aquello en lo que creemos.
Prometo recordarte siempre con la fuerza con la que viviste, con la intensidad con la que sentiste y la incondicionalidad que nos enseñaste. Porque la tibieza nunca fue tu jurisdicción querido amigo. Por eso cada vez que te piense no lo voy a hacer tibiamente; porque para siempre vas a ser el Gonchi, ¡carajo!