Política nacional

Sanguinetti: el gladiador republicano

Daniel Manduré

La reciente presentación de un nuevo libro sobre Julio María Sanguinetti me da pie para realizar algunas reflexiones que tenía pendiente desde hace un buen tiempo. Sobre ese gran gladiador que tiene nuestra república. El que combate en todos los terrenos. El que enfrenta desafíos permanentes, resistiendo golpes, pero volviendo una y otra vez a la lucha. Dedicando más de seis décadas a la actividad política, intelectual y periodística. Enfrentando a sus adversarios de la única forma que conoce, en el debate de ideas. Defendiendo sus convicciones y sosteniendo una batalla permanente a favor de las instituciones, la libertad y la laicidad.

Se podrá tener diferencias con Sanguinetti, discrepar de sus posturas políticas, cuestionar algunas de sus decisiones e incluso estar en las antípodas de sus ideas. Lo que resulta difícil de discutir, es su extraordinaria capacidad intelectual y una vitalidad, entrega y energía que parecen tan inagotables como inigualables a sus jóvenes 90 años.

Lo vemos realizando reiteradamente visitas al interior. Participando en conferencias dentro y fuera del país. Concediendo entrevistas, presentando libros o escribiendo artículos. Hablando de arte, historia, fútbol o analizando la realidad nacional e internacional con una lucidez pocas veces vista. Mas allá de naturales simpatías o antipatías que pueda despertar su figura pública, hay un inclaudicable compromiso con el debate de ideas que constituyen un ejemplo a seguir. Està en todas partes, siempre con agenda llena. Demostrando que el pasar de los años no ha sido para nada una limitante que extinguiera la pasión por pensar con libertad y su capacidad creativa. Siempre vigente, siempre actualizado. Lo podemos ver dando cátedra en defensa del riverismo o hablando sobre inteligencia artificial.

Muchas personalidades a través de la historia han despertado adhesiones y rechazos intensos, pero son contadas las que se han mantenido tantas décadas en el centro del debate público. Sanguinetti es un caso singular en la historia contemporánea de nuestro país.

Perteneciente a una generación de hombres y mujeres que les tocó la difícil tarea de reconstruir la confianza en las instituciones democráticas. Esa fe ciega en la republica constituye el hilo conductor de toda su vida.

No es fácil encontrar a un hombre con una vida tan polifacética. Presidente de la república en dos ocasiones, legislador, ministro, conductor de su partido, periodista, abogado, escritor, historiador, ensayista, experto en arte, gran observador de la realidad internacional, apasionado al futbol con su inocultable amor por los colores oro y negro.

Defensor a ultranza de aquellos principios tan valiosos para los batllistas: la institucionalidad democrática, la libertad, la laicidad y la justicia social.

Un estadista. Un hombre de Estado. No construyó su liderazgo desde el grito o la imposición sino desde la palabra, la reflexión sensata, el convencimiento y la administración equilibrada del poder.

Fue el gran constructor institucional de su época. Por supuesto que no fue tarea fácil. Tuvo el apoyo de un equipo con un nivel difícil de superar. Hombres políticos de estirpe que tanto añoramos en estos tiempos.

En momentos de tanta inmediatez, donde la etiqueta suele imponerse al argumento y donde el insulto sustituye el debate, figuras como Sanguinetti adquieren una relevancia muy especial.

Alcanzó todo lo que un hombre público puede aspirar en lo político y sin embargo sigue dándolo todo como el primer día.

Hombre que no fue infalible, nadie lo es. Que no concita unanimidades, nadie las logra. Criticado y venerado. Pero respetado y reconocido por todos.

Seguramente como cualquier mortal con méritos y errores. Pero dejando todo en la cancha siempre, sin especular y sin medir consecuencias. Haciendo lo que el mandato de la ética de la responsabilidad le exigía. Cuando era fácil hacerlo, pero con mayor compromiso, cuando no era tanto.

Debo decir que no siempre coincidí con absolutamente todas las decisiones adoptadas por Sanguinetti, es justo y honesto reconocerlo. No fueron muchas, pero existieron. Eso tal vez le brinde más valor y sobre todo mayor autenticidad a este texto. Escrito desde la admiración sincera y no desde la obsecuencia.

Uno de sus mayores legados fue su papel fundamental en la restauración democrática, tras los amargos años de dictadura.

Como presidente encabeza el retorno democrático en 1985, en un momento muy delicado de la república.  No recibió un país normal desde lo institucional. Había tensiones militares, económicas y heridas políticas abiertas. En ese contexto muy complicado se las ingenió para reconstruir la democracia sin violencia. Donde el dialogo se transformó en elemento fundamental para lograr lo que sería su sello: EL CAMBIO EN PAZ.

A diferencia de lo que sucedió en varios países de la región, que hasta nuestros días vive apremios y debilitamientos institucionales graves.

Entendiendo que el país no se construye desde la revancha sino desde la convivencia pacífica.

No vino a refundar nada, vino en busca de las reformas imprescindibles. Lo hizo con decisión y valentía.

Hoy cuando se reclaman algunos cambios estructurales que no pueden esperar, Sanguinetti los encaró y lo logró en un momento donde la estabilidad aún no se había consolidado.

Su lucha constante por la laicidad lo ha identificado en toda su trayectoria, con un Estado respetuoso de todas las creencias, pero neutral de toda religión.

Hoy como nunca es momento para recordar su reforma de la seguridad social, como uno de sus cambios estructurales más importantes.

El impulsor de la gran reforma educativa, la que todos conocemos como la reforma Rama, vilipendiada por algunos, denotada por otros, pero a la que hoy todos reconocen y toman como referencia. Una gran reforma. Con la creación de escuelas de tiempo completo, ampliando la cobertura inicial que incluía a niños de 4 años.

La reforma del Estado, impulsando la modernización. No fue la reforma ideal fue la reforma posible, pero que se acercaba bastante al Estado eficaz que todos queremos.

La creación de los CAIF como respuesta transformadora e innovadora a un problema estructural: el de la desigualdad en la primera infancia. Una idea revolucionaria en su momento, que todos los partidos políticos que lo sucedieron la han continuado.

Porque el entendía, como debe ser para un batllista, a diferencia de los sectores marxistas que la pobreza no se combate solo con transferencias económicas sino formando al niño desde la edad temprana en su formación competa.

Cuando en la última interna tuvo que salir al ruedo con más de 80 años lo hizo con gran coraje y responsabilidad partidaria. Como siempre dejando todo, porque nunca se guardaba nada.

Un gran batallador, jugador de toda la cancha, ese gladiador, de lo que poco quedan.

Hoy con sus 90 años sigue al firme, con el entusiasmo y el optimismo se sus primeros años de militancia. Con la sabiduría que solo otorga el tiempo. Con la lucidez de siempre y con el aporte intelectual y la brillantez a la que nos tiene acostumbrados. A la orden del partido al que siempre se entregó por entero.

El mensaje de Sanguinetti nos debe llegar a todos, de generación en generación, la importancia de defender los valores republicanos debe ser constante y en todos los terrenos. Desde el respeto a la independencia de poderes, la libertad de prensa, la tolerancia, el respeto al adversario, la laicidad, fortaleciendo siempre el sistema de partidos políticos.

Con ese mensaje fuerte hacia las nuevas generaciones, en esa recordada despedida del parlamento junto a Mujica. Demostrando que la democracia necesita de adversarios duros e implacables en la defensa de las ideas pero nunca de enemigos.

La historia juzga a sus hombres por lo que nos dan y por lo que nos dejan. Sanguinetti no da ni deja eslóganes o etiquetas sino que ha contribuido en forma decidida en construir instituciones sólidas y funcionando. Una república de pie, fuerte, más libre, laica, más justa y humanista.

Cuando la polvareda del debate político pase, cuando la pequeñez pierda fuerza frente al valor de lo esencial, cuando los gestos de grandeza le ganen a la chicana política tal vez allí vamos a poder valorar todos juntos su contribución.

La de ese uruguayo de clase media batllista. Ese gran gladiador de los valores republicanos.

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