Política nacional

Blanca ceguera

Ricardo Acosta

La frase de Blanca Rodríguez no abrió solo una polémica. Expuso la desconexión de una parte del sistema político con una realidad que miles de uruguayos ven todos los días en las calles de Montevideo.

Hay algo profundamente irritante en escuchar a Blanca Rodríguez decir que ya no ve indigentes desde la ventana de su casa.

No porque una ventana tenga que explicar la realidad del país.

Sino porque la frase expone algo mucho más grande: hay dirigentes que hace tiempo dejaron de caminar las calles que dicen representar.

Y eso, en alguien que durante décadas fue la principal cara del informativo más visto del Uruguay, resulta todavía más brutal.

Porque Blanca Rodríguez no llegó a la política desde el anonimato. Llegó desde la televisión. Desde un lugar construido justamente sobre observar, relatar y mostrar la realidad cotidiana del país.

Por eso la frase golpea tanto.

Porque mientras miles de uruguayos conviven todos los días con personas durmiendo en veredas, revolviendo contenedores o armando refugios improvisados en cualquier esquina de Montevideo, una senadora del oficialismo parece descubrir la pobreza mirando por una ventana.

Cuando Blanca Rodríguez dijo que desde su casa ya no veía personas durmiendo en la calle como antes, probablemente no imaginó el impacto que iba a provocar. Pero la reacción fue inmediata porque la sensación de buena parte de los uruguayos parece ir exactamente en sentido contrario.

La gente sí ve más personas viviendo en la calle. Las ve en el Centro, en el Cerro, en Pocitos, en la Unión, en plazas, debajo de techos improvisados, en cajeros, en entradas de edificios y comercios cerrados.

Se ve todos los días.

Por eso el problema no es una frase aislada.

El problema es la desconexión.

La sensación de que desde algunos lugares de poder ya no se mira la calle: se la interpreta. Se la acomoda. Se la relativiza.

Porque nadie necesita informes técnicos para saber que la indigencia existe. Basta caminar unas cuadras.

Y ahí es donde la frase deja de ser un comentario desafortunado para transformarse en símbolo.

Símbolo de una parte del sistema político que parece observar el país desde demasiado lejos.

Demasiado lejos de la vereda.

Demasiado lejos de la noche.

Demasiado lejos de la realidad cotidiana de miles de personas.

Tal vez Blanca Rodríguez habló desde su experiencia personal. Pero cuando una figura pública con su historia y su peso político hace una afirmación así, deja de hablar solamente de su barrio o de su ventana.

Habla desde un lugar de poder.

Y las palabras, ahí, pesan distinto.

Sobre todo cuando lo que está en discusión no es una percepción subjetiva, sino una realidad que Montevideo hace tiempo dejó de poder esconder.

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