Política nacional

Perdidos en la noche

Julio María Sanguinetti

Allá por 1969, en medio de unos Estados Unidos traumatizados por Vietnam, se produjo una película en la que Jon Voight y Dustin Hoffman protagonizaban una dramática histórica de desencanto, de desafinada distancia entre el sueño americano y la realidad de sus grandes ciudades. Se titulaba en español Perdidos en la noche, y esa es la sensación que hiere nuestro habitual optimismo cuando observamos el panorama de nuestra América Latina, inmersa en un cambio mundial de civilización del que parece no enterarse. Nunca ha estado más clara la importancia de la conducción política para dejar atrás definitivamente los efectos de la pandemia y encarar todo lo que nos va trayendo esta inesperada guerra europea: reconversión energética, aceleración de la inflación, realineamientos geopolíticos, retrocesos en la globalización.

El crecimiento va a ser pobre, luego del rebote del año pasado, que revirtió parcialmente la brutal caída de 2020. Con poco más de 2% y una inversión del orden del 18-19% es difícil afrontar estos desafíos gigantescos, que se añaden a los que el pasaje de la civilización posindustrial a la digital ya nos venía imponiendo. Si la situación política tuviera claridad, si por lo menos los enfoques regionales mostraran una cierta coordinación, podrían trazarse derroteros creíbles. La pandemia ha mostrado, por el contrario, que –en el fenómeno más global por definición, un virus sin frontera– cada país actuó por la suya y mostramos una caótica respuesta que fue desde las cuarentenas obligatorias de la Argentina hasta las negaciones de Brasil.

El debilitamiento de los partidos está en el epicentro de este desconcierto. Hay dos casos paradigmáticos. Uno es Chile, el modelo de todos los seminarios de los últimos 20 años, con los prestigiosos gobiernos de los presidentes socialistas Bachelet y Ricardo Lagos y los demócrata-cristianos de Eduardo Frei y Patricio Aylwin, más los dos períodos conservadores de Sebastián Piñera.

La sorpresiva revuelta popular de 2019 trastocó todo y llevó a procurar la renovación del pacto constitucional, como lo dijo una votación del 80%. Se eligió entonces una Asamblea Constituyente y allí vino la primera sorpresa: los partidos perdieron protagonismo y un heterogéneo mosaico de agrupaciones se dedicaron a refundar Chile. Su premisa de una república “plurinacional y pluriétnica”, con un conjunto de extravagancias añadidas, fue sepultada por un 62% de la ciudadanía, que rechazó el proyecto constitucional apoyado por el presidente Boric. Este, a su vez, representando a un movimiento de extrema izquierda y sin más trayectoria que su liderazgo estudiantil, había sido elegido en competencia con un candidato de derecha, ubicado más allá de los partidos conservadores tradicionales.

Por suerte el plebiscito rescató a los expresidentes, especialmente a Ricardo Lagos, que se ubicó en un balance entre todos los extremos y hoy levanta su voz en favor de un cambio constitucional moderado y un impulso gradual hacia un Estado socialdemócrata. Vientos contradictorios, primero hacia un lado, luego hacia el otro. ¿Habrá éxito en esta incierta navegación?

En Colombia se ha vivido también otro proceso extraño: sus clásicos partidos, Liberal y Conservador, los más viejos del continente junto a los uruguayos, por vez primera han quedado fuera de la decisión presidencial. También la segunda vuelta fue entre dos extremos y en esta ocasión gana un líder de izquierda que, a diferencia del chileno, lleva años de lucha, que incluyen hasta un pasaje por la alcaldía de Bogotá. Está empeñado en terminar el proceso de paz con el obtuso ELN. Felizmente cuenta con un gran ministro de Economía, que ya ha planteado una reforma tributaria y orienta un baño de realidad hacia el equilibrio presupuestal. Pero cuando el presidente dice que el rechazo a la propuesta Constitución chilena es la “resurrección” de Pinochet, se nos cae el alma a los pies, porque es entender poco y elogiar al viejo dictador, que estaría retornando con el 62% de los chilenos…

Perú es la inestabilidad por definición, en medio de gabinetes que van y vienen y acusaciones judiciales que asedian al gobierno. Bolivia transita bajo la sombra del populismo de Evo, mientras las dictaduras venezolana, cubana y nicaragüense muestran el lado más oscuro del anacrónico autoritarismo marxista y el caudillismo feudal. De esos tres países salieron este año –y no es por casualidad– dos millones de personas que fueron rechazadas en la frontera con los EE.UU. Una tragedia.

En cuanto a los grandes países, México mira hacia el norte, la Argentina surfea una vez más su endémica crisis financiera y Brasil está lejos de ejercer el liderazgo que naturalmente le supone su relevancia, mientras transita una crispada campaña electoral. El brasileño fue el único presidente latinoamericano que asistió al solemne funeral de la reina Isabel II, pero enturbió su gesto con una arenga desde el balcón de la embajada a un grupo militante de sus partidarios…

Realmente, nuestra América ofrece hoy uno de sus rostros más desfigurados. No estamos en tiempos de dictaduras militares o revoluciones maoístas, pero ante cambios tan profundos como nos ofrece el mundo de hoy los debates no pasan por los caminos del futuro. Más que nunca se precisan inversiones en sectores innovadores y una educación que forme ciudadanos para esos nuevos modos de vivir, producir y comunicarnos.

Lo primero requiere confianza, la educación, una lúcida mirada renovadora. Lejos de todo ello, convivimos con la explosión tecnológica y la puja de dos potencias, EE.UU. y China, tanteando pasos, a tropezones, en medio de la oscuridad.

Compartir

Deja una respuesta