Que gobierne la gentileza
Ricardo Acosta
Un descuento de casi US$ 25.000 en la compra de una camioneta Hyundai volvió a poner en discusión los límites entre poder político, privilegio y ética pública. La polémica no pasa por el vehículo. Pasa por la “gentileza”. Y por lo que esa palabra representa cuando quien la recibe es el presidente de la República. Hay temas que no explotan por ilegales. Explotan porque incomodan.
Y la polémica alrededor de la camioneta Hyundai adquirida por el presidente Yamandú Orsi pertenece exactamente a esa categoría.
Porque el problema no es que un presidente compre un vehículo. Tampoco que elija determinada marca. Nadie discute eso.
La discusión empieza cuando aparece una palabra demasiado sensible para la política: “gentileza”.
Un descuento cercano a los 25 mil dólares no parece una promoción común. Mucho menos cuando involucra a una empresa privada y al presidente de la República.
Y ahí el tema deja de ser comercial.
Pasa a ser ético. Simbólico. Político.
Porque la política no vive solamente de leyes. También vive de señales.
De gestos. De símbolos.
Y hay situaciones que, aun cuando no configuren un delito ni una irregularidad probada, generan una incomodidad pública imposible de ignorar.
Especialmente en un país donde durante años se construyó un discurso muy fuerte alrededor de la austeridad, la ética pública y la distancia entre el poder político y los privilegios.
Por eso este episodio hace tanto ruido.
Porque no entra en conflicto solamente con la oposición.
Entra en tensión con el propio relato histórico del Frente Amplio.
Durante décadas, gran parte de la izquierda uruguaya cuestionó los vínculos demasiado cómodos entre política y grandes empresas. Criticó privilegios, favores, ventajas y cercanías impropias. Construyó identidad alrededor de la idea de que gobernar también implicaba cuidar determinadas formas.
Y justamente por eso el caso no pasa desapercibido.
Porque la palabra “gentileza” en boca del poder nunca suena inocente.
Mucho menos cuando involucra beneficios extraordinarios que no están al alcance de cualquier ciudadano.
La comparación con otros episodios recientes aparece inevitablemente. A Luis Lacalle Pou se lo cuestionó durante días por comprarse una Harley Davidson con su dinero. En aquel momento la crítica giraba alrededor de la estética del poder, el lujo o la imagen presidencial.
Hoy el eje parece diferente.
La discusión ya no pasa por el vehículo.
Pasa por la ventaja.
Porque una cosa es comprarse algo caro.
Otra muy distinta es recibir condiciones excepcionales siendo presidente de la República.
Y ahí aparece el verdadero núcleo político de esta historia: la naturalización del privilegio.
La sensación de que ciertas ventajas comienzan a verse normales. Incluso dentro de sectores políticos que históricamente construyeron su identidad precisamente combatiendo esas lógicas.
Y en política las imágenes nunca son inocentes.
Un presidente no comunica solamente cuando habla. También comunica cuando se muestra. Cómo se muestra. Con quién se muestra. Y bajo qué símbolos aparece públicamente.
Tal vez jurídicamente no haya nada que objetar.
Pero políticamente la discusión ya existe.
Y probablemente siga creciendo.
Porque a veces los problemas más difíciles para un gobierno no nacen de los grandes escándalos.
Nacen de esos pequeños gestos que empiezan lentamente a erosionar la coherencia entre lo que se prometió y lo que finalmente se termina representando.