Culturales

¿Quién está preparado en nuestra industria?

La discusión ya no es abrirse al mundo. Es llegar preparado cuando se abran las puertas.

Eduardo Fazzio

¿Quién está preparado para la apertura comercial? No es una pregunta retórica. ¿Está preparada la industria uruguaya para competir, en su propio mercado, contra productos vietnamitas, malayos y mexicanos que avizoramos que entrarán con preferencia arancelaria progr0esiva? ¿Están preparadas nuestras plantas industriales que exportarán a Europa para certificar trazabilidad, huella de carbono, debida diligencia laboral, deforestación cero? ¿Están preparados los trabajadores que hoy fabrican vestimenta para tener otro trabajo dentro de cinco años, cuando la fábrica donde hoy cortan o cosen ya haya cerrado?

En la nota anterior planteé que abrir mercados no es automáticamente acceder a ellos. Pero esa moneda tiene otra cara: cómo prepara nuestro país a su industria y a su gente para no salir lastimados cuando entren los nuevos competidores. Esa es la materia de esta nota.

Este es un tema político primordial. Defender al trabajador no es defender a la empresa que no se adapta. La historia enseña que las empresas cambian, los sectores evolucionan e inclusive llegan a desaparecer. Lo que una sociedad responsable no puede soslayar, y menos un partido con sentido social, es que quienes quedan desplazados carguen solos con el costo de esa transformación.

Porque defender la apertura no puede significar mirar con indiferencia mientras se cierra una fábrica.

LO QUE DICEN LOS NÚMEROS El núcleo industrial —sin contar refinería, pulpa y alimentos diversos— está prácticamente estancado desde hace quince años. La industria manufacturera pasó del 13% del PBI en 2008 al 10% en 2024.

Según el último informe de la Cámara de Industrias, la producción industrial subió un 10% en el primer trimestre, pero el empleo cayó un 1,6%. Más del sesenta por ciento de las ramas redujo personal.  Lo poco que crece es lo que menos empleo brinda —química, farmacéutica, plástico, arroz—; y lo que se contrae son las curtiembres, las bebidas y la vestimenta. Las ramas con mano de obra intensiva, las que sostenían otrora barrios enteros, vienen perdiendo cuerpo desde hace años.

En mayo, la empresa textil Darcy clausuró su planta de producción. Treinta y cuatro trabajadoras quedaron sin empleo. El motivo lo confesó la propia empresa: resulta mucho más barato importar que fabricar acá.

LO QUE VIENE DE EUROPA: LA NUEVA TARIFA Sobre la inminente apertura europea nos alienta a todos una ilusión optimista, que no debiera confundirnos, aun cuando el arancel de acceso va a verse reducido, para un gran mercado de cuatrocientos cincuenta millones de consumidores.

Pero esta apertura viene con requisitos de calidad, que van a requerir adecuaciones en las empresas y el mundo del trabajo.

La Unión Europea no se contenta meramente con bajarnos la tarifa de acceso a nuestros productos del Mercosur. Como correlato exige un paquete —deforestación cero, debida diligencia ambiental y laboral, reportes de sostenibilidad y ajuste de carbono en frontera— que en el corto plazo operan como obstáculos difíciles, para los que en pocos casos estamos plenamente preparados.

El arancel baja, sí, pero el estándar de acceso sube. Y la carga y costo para la adecuación es a cuenta de nuestros países.  Y no es una cuestión de más o menos, o de ir tirando: el estándar de la UE no se negocia.

Frente a ello, como en todas las dificultades de la vida, hay dos actitudes para enfrentar esta situación. La plañidera, verla como una serie de obstáculos burocráticos. La otra, la realista, asumirlo como una palanca de transformación productiva.

El estándar europeo, incluyendo el mismo estándar laboral, es una exigencia para arriba. Controla la trazabilidad, aduce premiar el trabajo digno y en última instancia extrema la transparencia. Si el país lo asume como una hoja de ruta productiva, a mediano plazo saldrá modernizado; si no lo enfrenta como un tema País, corre el riesgo de que nuestras empresas se abrumen y terminen exhaustas.

Hay un antecedente, que es un buen aliciente. Uruguay lanzó recientemente un sistema de trazabilidad de carne bovina libre de deforestación para exportación.  Preparémonos para replicar ese esfuerzo en lácteos, forestación, cuero, vestimenta o miel.

LO QUE VIENE DEL PACÍFICO: LA OTRA PUNTA  Está también la otra apertura, la del Transpacífico. Suma mercados nuevos, pero hay una mitad de la historia que suele mencionarse menos: los productos de esos países también ingresarán a Uruguay y países vecinos con preferencias arancelarias progresivas. Y entre esos países aparecen potencias manufactureras como Vietnam, Malasia y México, con costos laborales y de escala muy inferiores a los nuestros, especializados en algunas de las ramas más vulnerables de nuestra industria —textil, calzado, vestimenta y manufacturas ligeras—. Para colmo, la mayor parte de las exportaciones uruguayas de vestimenta siguen orientadas al Mercosur, no a Asia, donde también accederán los nuevos competidores. Por tanto, mientras la ganancia exportadora potencial en varios sectores es limitada, por otro lado, la presión importadora puede llegar a ser impactante.

El presidente de la Confederación de Sindicatos de Trabajadores Industriales, Danilo Dárdano, advirtió que, si no existe preparación, la caída de los aranceles puede barrer parte de la industria nacional. Hay que tomar esa advertencia en serio, no es una exageración. Y nadie está conduciendo orgánicamente esa preparación.

EL FALSO DILEMA La discusión “abrir sí o abrir no” hace décadas que quedó atrás.  La discusión actual es otra: abrir preparando o abrir sin preparar. Mientras Uruguay sigue discutiendo la primera, cosa en la que increíblemente algunos perseveran, vaya a saber si por miedo o desconocimiento, los países que han logrado competir con éxito en contextos de apertura se prepararon en su momento en la mayor cantidad de dimensiones.

CUATRO FRENTES PARA LLEGAR PREPARADOS  Primero, convertir los estándares europeos en política industrial nacional. Es un sí o sí.

Es más, lo que la Unión Europea exige no debería ser un trámite que cada empresa atraviese sola y como pueda. Tiene que transformarse en una hoja de ruta nacional. Con programas de acompañamiento técnico anticipado, sector por sector.  El Estado no sustituye a la empresa ni la subsidia. La ayuda a desarrollar capacidades.

Segundo, aplicar salvaguardas inteligentes.

No hablo de ideas absurdas como subir aranceles ni de cerrar mercados: reacciones defensivas que a la postre finalizaron siempre encareciendo al consumidor y empobreciendo a un país. Me refiero a mecanismos activos de adaptación frente a daños sectoriales comprobados: capacitación, reconversión, recolocación y apoyo transitorio a la transición.

Salvaguardar el trabajo no es salvaguardar la empresa que no se adapta. Sino salvaguardar a los miles de personas que deberán adaptarse.

Tercero, tomarse en serio la reconversión laboral.

En serio quiere decir en serio. Las instituciones como INEFOP existen. Lo que falta son programas de capacitación a cabalidad, no cursillos superficiales y como siempre objetivos medibles.

Hay que identificar ya las zonas más expuestas, abrir oportunidades de capacitación antes de que cierren las plantas en riesgo, vincular apoyos transitorios a formación efectiva y propiciar circuitos de conexión para los trabajadores desplazados hacia los sectores que están creciendo.

Cuarto, darle contenido al proyecto País Industrial que en abril lanzaron, en alianza inédita, el Instituto Cuesta Duarte del PIT-CNT y la Cámara de Industrias del Uruguay, con respaldo de la OIT y financiamiento de INEFOP.

El propio coordinador académico del proyecto, Rodrigo Alonso, lo señala con todas las letras: arranca de dos diagnósticos —el estancamiento industrial de los últimos diez o quince años y la ausencia de una política industrial en un contexto donde, en el mundo, vuelven a resurgir—.

Lo que hace falta no es un consejo burocrático más: necesitamos un plan serio, con responsables, plazos y resultados que se evalúen en público. Que antes de cada acuerdo internacional se sepa qué sectores se preparan, qué trabajadores se reconvierten y dentro de qué cronograma.

Como señaló el Instituto Cuesta Duarte del PIT-CNT, los problemas de la industria no se resuelven únicamente desde una perspectiva salarial. Tampoco se resuelven desde una lógica exclusivamente exportadora o de competitividad fría. Se resuelven construyendo capacidades tecnológicas y humanas para competir mejor.

DE LA MESA A LA CONDUCCIÓN Los cuatro frentes del apartado anterior apuntan a la misma necesidad de fortalecimiento que señalaba la nota anterior: la conducción nacional.

El viejo batllismo protegió industrias nacientes. El desafío del siglo XXI es desarrollar capacidades nacientes: trabajadores capaces de reconvertirse, empresas capaces de innovar y un Estado capaz de acompañar. No cerrar fronteras, cosa imposible, sino abrir nuevas oportunidades de adaptación.

Abrir sin preparar es desindustrializar.

El asunto es otro: cuando se abran las puertas, ¿habremos preparado a nuestras empresas y a nuestros trabajadores para atravesarlas?

Porque los países no fracasan por abrirse al mundo.  Fracasan tanto cuando permanecen cerrados como cuando creen que abrirse alcanza.

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