Reforma del Estado: Impostergable y urgente.
Un gobierno atado con alambres.
Daniel Manduré
Es muy común escuchar la frase: “Tal o cual cosa està atada con alambre” por ejemplo podemos decir: “Esta empresa està atada con alambres” cuando queremos referirnos a que su realidad es muy frágil y que tiene grandes problemas estructurales, a la que se le brindan soluciones provisorias y no medidas de fondo.
Eso pasa hoy con el gobierno del Orsi. No existe una propuesta de rediseño estructural del Estado. Apenas unos timoratos lineamientos generales que incluso ni siquiera se están cumpliendo.
La construcción del Estado uruguayo moderno uruguayo tuvo su gran impulso bajo el liderazgo de Batlle y Ordóñez a comienzos del siglo XX, promoviendo un estado humanista, de bienestar, de ampliación de derechos, que funcionaba como escudo de los más débiles.
Con el retorno de la democracia durante el gobierno de Julio María Sanguinetti se impulsaron procesos de modernización institucional. Sin embargo, desde ese momento Uruguay no ha realizado una reforma estructural profunda que se adapte a los acelerados cambios y desafíos de nuestro tiempo.
Los esfuerzos y la capacidad de Conrado Ramos en el período anterior en reformar el Estado tuvieron algunos resultados parciales que no fueron suficientes ni tuvo el necesario apoyo del sistema.
No percibimos hoy un gobierno con la actitud de hacer esa reforma impostergable. Por lo que parece que se deberá esperar a un nuevo gobierno.
Los cambios tecnológicos, económicos y sociales exigen la presencia de un Estado ágil, dinámico, coordinado, eficaz y eficiente.
Hemos caído desde hace un buen tiempo, en la costumbre de diagnosticar mucho, evaluar una y otra vez, discutir todo y prometer mucho. Pero en cambiar y reformar muy poco.
Progresivamente ese Estado moderno, gestado como un valioso instrumento al servicio del bien común fue transformándose en un aparato pesado, burocrático, ineficaz e ineficiente y en algunos casos poco transparente.
Uruguay hoy presenta una disyuntiva que debe resolver con urgencia: reformar el Estado profundamente o resignarse a su actual deterioro progresivo.
No podemos ser el Uruguay de los parches, los cambios deben ser profundos, estructurales.
Cuando el Estado no protege, no resuelve, no responde, es lento o directamente està ausente pierde sus cometidos esenciales.
La falta de decisiones políticas a veces asusta. Nadie parece atreverse a “agarrar al toro por las guampas”. Se evitan las reformas profundas, apenas se le realiza un lifting facial. Nadie parece animarse a esas reformas estructurales necesarias.
Una vez más se visualiza esa tendencia de refugiarse en lo políticamente correcto. No sea cosa que haya que pagar réditos electorales no deseables.
Reformar el estado no es achicarlo todo por el simple hecho de achicar, ni agrandarlo por reflejo ideológico. Es hacerlo funcionar. Que responda rápido y eficientemente. Tener las agallas de tomar decisiones incomodas si fuese necesario.
El ministro Oddone anunció hace unos días un paquete de medidas para reducir, según él, la burocracia, mejorar la competitividad y agilizar las respuestas del Estado. Medidas que pueden resultar saludables, pero totalmente insuficientes.
Vivimos casos de violencia infantil que demuestran grandes fallas. Hace unos días tuvimos la dolorosa muerte de varios jóvenes bajo la custodia del Estado. El tristísimo caso de Jonathan que muere por el salvajismo de su padre, con omisiones graves del Estado. Un sistema carcelario saturado, presos hacinados y cárceles que no reeducan. Policía que llega después y no antes. Fallamos en la educación sobre todo en contextos críticos. Donde cada gobierno viene con su propio librito y borra con el codo lo que otros escribieron con la mano. Bajò nivel de aprendizaje, deserción y dificultades para retener a los jóvenes en el sistema. Fallamos en la seguridad pública, no controlamos el territorio. Hoy lo controlan las bandas, los delincuentes y el narcotráfico.
Un Estado débil y sin resultados.
Donde abunda el papeleo, el trámite, las oficinas, los documentos, los expedientes, nuevas regulaciones, los decretos, las normas, las comisiones, pero muchas veces ausente donde debe estar.
Los problemas estructurales del Estado ya no pueden disimularse
John Maynard Keynes advertía que el problema no es la acción del Estado en sí, sino la calidad de sus acciones. “Lo importante no es que el Estado haga más o haga menos, sino que haga bien lo que debe hacer”
Un Estado que debe anticiparse y que debe prevenir y no actuar ante hechos consumados. Un Estado que muchas veces esta donde no hace falta y ausente donde es imprescindible. Eso hay que corregirlo.
Hay evidentes faltas de seguimiento, superposición y redoblamiento de funciones, sin la necesaria coordinación entre organismos. Con intervenciones tardías donde las consecuencias pueden ser incluso la muerte.
El desafío no es ideológico. Hay problemas estructurales y de funcionamiento que trascienden posturas partidarias. La ineficiencia del Estado no tiene bandera política. De todas formas, esta afirmación puede llegar a ser relativa. Cuando algunos hablan de achicarlo a su mínima expresión, privatizando todo, otros que quieren que todo esté en manos del Estado, incluso aquello que da millonarias pérdidas. No nos afiliamos a esas posturas radicales. Un estado moderno, eficiente, equilibrado no admite posturas dogmáticas. Un Estado robustecido en áreas esenciales y desprenderse de aquellas insostenibles. Es necesario mayor pragmatismo. Hoy tenemos un Estado que es frágil donde debe ser fuerte y es lento donde debe ser ágil.
La necesidad de la reforma del estado no es ideológica, la forma de hacerlo si lo es. La reforma no debe ser una consigna electoral sino una urgencia. Reformar no es destruir lo público ni abandonar responsabilidades esenciales. Significa simplificar, corregir, modernizarlo. Adaptarlo a las exigencias de los nuevos tiempos.
Se crean nuevas estructuras innecesarias a las que además no se les otorga recursos suficientes para funcionar.
Se hace imprescindible la profesionalización del servidor público, donde el funcionario este al servicio de la función y no la función al servicio del funcionario. Con la eliminación de estructuras redundantes. Se debe revisar la dificultad para remover al mal funcionario, al que no cumple, con un sistema de inamovilidad casi absoluta que es injusta, que no contribuye con la eficiencia necesaria. Estabilidad sí, pero con responsabilidad. Crear un sistema de incentivos por rendimiento, que motive y premie el buen desempeño. Se debe reasignar recursos, simplificar normativas y eliminar regulaciones que no suman. La coordinación obligatoria entre organismos con protocolos de acción conjunta.
Hoy el Estado llega tarde, a veces llega mal y otras veces nunca llega.
Esto debe cambiar de una vez por todas. No vemos el ambiente ni las señales en el actual gobierno para hacerlo. Sus diferencias internas que han quedado al desnudo en varias oportunidades van a impedir hacerlo Donde su dogmatismo ideológica impide realizar las reformas necesarias.
Porque este es sin dudas un gobierno atado con alambre.