Política nacional

Saldo insuficiente

Guzmán A. Ifrán

Hay momentos en la vida política de un país en los que las encuestas no crean una realidad: simplemente la reflejan. La reciente caída en la aprobación del presidente Yamandú Orsi no debería sorprender a nadie que observe con honestidad intelectual lo que viene ocurriendo en Uruguay. Los últimos datos de opinión pública muestran un deterioro significativo en la percepción ciudadana respecto de su gestión, y eso, lejos de ser una simple fluctuación estadística o un episodio circunstancial, parece expresar algo bastante más profundo.

Se ha intentado explicar este fenómeno desde distintas ópticas. Algunos lo atribuyen a problemas de comunicación. Otros a expectativas excesivamente altas. Incluso hay quienes entienden que parte de esta caída se explica por el ADN naturalmente crítico del propio votante frenteamplista, históricamente mucho más exigente con sus propios gobiernos que otros electorados con los suyos. Puede haber algo de todo eso. Pero en mi visión, el problema central es otro.

El verdadero problema es la ausencia de liderazgo.

Porque un país puede tolerar decisiones difíciles. Puede tolerar medidas impopulares. Puede incluso tolerar errores, porque gobernar implica necesariamente tomar decisiones imperfectas en contextos complejos. Lo que un país difícilmente tolera durante demasiado tiempo es la sensación de que nadie está verdaderamente al mando.

Y esa es exactamente la percepción que este gobierno transmite.

La Presidencia de la República no es un espacio ceremonial. No es un lugar desde el cual administrar simpatías. No es un ejercicio permanente de equilibrio para no incomodar sensibilidades. Es, por definición, el centro neurálgico de conducción política de una nación. Es allí donde se fija el rumbo, se ordenan prioridades, se define una visión y se hace cumplir una dirección clara.

Y aquí, precisamente, es donde, a mi juicio, radica el principal problema del presidente Orsi.

Su actitud pública muchas veces transmite la impresión de alguien incómodo con el propio cargo. A veces, incluso, da la sensación de que ni siquiera quisiera estar allí. Como si la investidura presidencial le pesara más de lo que imaginó. Como si el ruido, la tensión y la exigencia propias del ejercicio del poder lo aturdieran. Como si estuviera esperando simplemente que transcurra el tiempo para volver a ser un ciudadano de a pie.

Puede sonar duro decirlo, pero esa es la imagen que proyecta.

Ahora bien, lo cierto es que él aceptó voluntariamente la responsabilidad más alta de la República. Nadie lo obligó a asumirla. Y cuando se acepta conducir un país, se acepta también una obligación moral y política que excede largamente las preferencias personales, los estados de ánimo o las incomodidades del cargo.

Porque la suerte del presidente termina siendo, inevitablemente, la suerte del país.

Y cuando lo que se percibe es indecisión, vacilación o falta de autoridad, lo que se erosiona no es solamente una imagen personal: se erosiona la confianza colectiva.

El problema adicional es que no se observan señales reales de corrección.

Por el contrario, cada intervención pública parece reforzar la misma lógica: explicaciones vagas, respuestas ambiguas, escasa claridad conceptual y una permanente dilución de responsabilidades.

Frente a episodios que exigirían firmeza política, dirección clara y mando efectivo, lo que aparece suele ser una narrativa difusa, evasiva, poco comprometida y en ocasiones francamente desconcertante.

Gobernar no es agradar.

Gobernar no es intentar quedar bien con todos.

Gobernar no consiste en no molestar a nadie.

Gobernar implica decidir, asumir costos y sostener decisiones.

Mi impresión es que el presidente Orsi parece atrapado en una lógica política que quizás le resultó útil en otras etapas de su carrera, pero que claramente no funciona desde la Presidencia de la República.

Esa tendencia a intentar no quedar mal con nadie termina, paradójicamente, haciéndolo quedar mal con todos.

Porque el liderazgo exige definición.

Y la definición inevitablemente genera apoyos y resistencias.

Pero un presidente que intenta permanentemente eludir el conflicto termina perdiendo autoridad frente a todos los actores.

Y esto parece agravarse aún más cuando se observan señales preocupantes dentro del propio gobierno.

Porque lo verdaderamente delicado no es solamente la percepción pública de falta de conducción.

Lo verdaderamente delicado es cuando empieza a instalarse la sensación de que ni siquiera dentro del propio Poder Ejecutivo existe una clara subordinación política al liderazgo presidencial.

Cuando ministros parecen moverse con agendas propias.

Cuando emergen contradicciones.

Cuando el orden interno no resulta evidente.

Cuando la autoridad presidencial no se percibe con nitidez.

Allí el problema deja de ser comunicacional para transformarse en estructural.

Un presidente necesita autoridad política real.

Necesita hacerse respetar.

Necesita que su equipo entienda con absoluta claridad quién conduce.

No se trata de autoritarismo.

No se trata de estridencia.

No se trata de gobernar a los gritos.

Se trata de liderazgo.

Y liderazgo significa decidir, orientar, ordenar y responder.

Exactamente lo que hoy parece faltar.

Uruguay construyó durante décadas un activo invaluable: previsibilidad institucional, seriedad republicana, confianza internacional y reputación de país bien administrado.

Ese capital no desaparece de un día para otro.

Pero sí puede erosionarse gradualmente cuando la conducción política transmite fragilidad, improvisación o falta de rumbo.

Los ciudadanos leen liderazgo.

Los inversores leen liderazgo.

Los organismos multilaterales leen liderazgo.

Los mercados leen liderazgo.

El mundo lee liderazgo.

Y cuando ese liderazgo no aparece con claridad, inevitablemente comienzan las dudas.

¿Puede cambiar?

Por supuesto que en política siempre puede cambiar.

Pero honestamente no se observan hoy señales consistentes de transformación.

Más bien ocurre lo contrario.

Cada nueva aparición pública parece reafirmar la misma sensación de resignación, de falta de energía transformadora y de dificultad para imponer criterio.

Por eso creo que las encuestas no son la causa del problema.

Son simplemente el espejo.

Y lo que ese espejo hoy devuelve es el reflejo de un gobierno que no logra convencer porque no logra conducir.

Uruguay puede soportar muchas dificultades.

Lo que no puede permitirse es navegar sin rumbo.

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