Europa Despierta
Guzmán A. Ifrán
El reciente llamado del presidente francés Emmanuel Macron en la Conferencia de Seguridad de Múnich representa un punto de inflexión en la arquitectura estratégica del continente europeo. En un escenario internacional caracterizado por crecientes tensiones entre grandes potencias, guerras prolongadas en el flanco oriental europeo y una redefinición acelerada del equilibrio global, la propuesta de fortalecer la autonomía militar y geopolítica de Europa no constituye una opción ideológica, sino una necesidad histórica.
Conviene subrayar el marco preciso en el que estas declaraciones se produjeron. Macron habló el viernes 13 de febrero de 2026 en Múnich, Alemania, en el marco de la 62.ª edición de la Munich Security Conference (MSC), que se desarrolla del 13 al 15 de febrero. El encuentro tiene lugar en el Hotel Bayerischer Hof —el tradicional epicentro del foro— y espacios asociados en la ciudad, y convoca a un volumen excepcional de decisores: más de mil participantes de alrededor de 120 países, con la presencia de más de 60 jefes de Estado y de Gobierno. En otras palabras: no se trata de una conferencia académica ni de una cumbre meramente declarativa, sino del principal ámbito anual de interacción directa entre líderes políticos, responsables de defensa, diplomáticos, organismos internacionales y actores estratégicos del sistema global.
La trascendencia mundial de la MSC radica en que funciona como termómetro —y, muchas veces, como disparador— de las grandes discusiones de seguridad del año. Allí se negocian matices, se envían señales, se testean posiciones y se construyen convergencias que luego impactan en decisiones concretas: coordinación transatlántica, gasto en defensa, apoyo a Ucrania, disuasión frente a amenazas estatales, ciberseguridad, tecnología y estabilidad del orden internacional.
El contexto específico de esta edición también es elocuente. Los propios organizadores han señalado dos grandes ejes dominantes: la relación transatlántica y las crisis globales. En ese marco, el conflicto en Ucrania, el debate sobre la resiliencia democrática ante la desinformación y la discusión sobre cómo sostener la seguridad europea en el largo plazo ocupan un lugar central. Están atentos, por razones obvias, los aliados tradicionales de Europa —Estados Unidos y Canadá—, pero también potencias y actores que calibran el peso relativo europeo: China, países del Indo-Pacífico, socios del Golfo, y, naturalmente, el Kremlin, aun cuando Rusia no participe formalmente del foro.
La presencia de figuras clave refuerza esa centralidad: desde el presidente ucraniano Volodímir Zelenski, cuya participación pone en primer plano la continuidad del apoyo europeo, hasta la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, y el secretario general de la OTAN, Mark Rutte. Del lado estadounidense, la participación de autoridades de primera línea muestra que Washington también lee lo que sucede en Múnich como una instancia de impacto directo en su relación con Europa. Y, en paralelo, la concurrencia del canciller alemán Friedrich Merz y la conversación estratégica franco-alemana sobre disuasión y arquitectura de seguridad dan al mensaje de Macron un anclaje político real, no meramente retórico.
Durante décadas, el sistema de seguridad europeo descansó en estructuras concebidas en el marco de la Guerra Fría. Ese esquema fue eficaz para su tiempo, pero el mundo actual exige nuevas respuestas. La persistencia del conflicto en Ucrania, la presión geopolítica ejercida por Rusia, el ascenso estratégico de China y las señales de repliegue o redefinición del liderazgo estadounidense obligan a Europa a asumir mayor responsabilidad sobre su propio destino.
La iniciativa impulsada por Macron no implica ruptura con aliados tradicionales ni debilitamiento de la OTAN. Por el contrario, plantea que una Europa más fuerte y coordinada es también un socio más sólido y confiable dentro de la alianza atlántica. La autonomía estratégica no es aislamiento; es madurez política y capacidad de decisión soberana.
Fortalecer la industria de defensa europea, coordinar políticas militares comunes y desarrollar una doctrina compartida de seguridad no solo aumentará la capacidad disuasiva del continente, sino que también consolidará su peso político en los grandes debates globales. Un actor geopolítico relevante no puede depender indefinidamente de la protección externa para garantizar su estabilidad.
Ahora bien, ¿qué se espera tras la conferencia? Lo primero es que el debate que Macron impulsa se traduzca en una hoja de ruta: consultas estructuradas entre los principales países europeos —incluyendo al Reino Unido y Alemania— y, luego, una discusión más amplia dentro de la Unión Europea sobre capacidades concretas: defensa aérea, producción industrial, interoperabilidad, capacidad de ataque de largo alcance y una conversación seria sobre disuasión. Lo segundo es que la señal de Múnich ordene expectativas hacia futuras rondas de diálogo sobre Ucrania y sobre el nuevo equilibrio de seguridad en Europa. Y lo tercero, quizá lo más importante, es que el continente avance desde la declaración de principios hacia la política pública: presupuestos, planificación y coordinación real.
En definitiva, el liderazgo que hoy exhibe Francia al plantear este debate resulta saludable para la democracia europea. La defensa de la libertad, del Estado de Derecho y de las sociedades abiertas requiere instrumentos concretos de protección. Sin capacidad de defensa, los valores democráticos quedan expuestos a presiones externas que pueden erosionarlos lentamente.
Concluyentemente, el llamado de Macron debe interpretarse como un acto de responsabilidad histórica. Europa posee los recursos económicos, tecnológicos y humanos para asumir este desafío. Lo que se requiere es voluntad política y visión estratégica. Si el continente logra avanzar en esta dirección, no solo reforzará su seguridad, sino que contribuirá decisivamente a la estabilidad del orden internacional en un momento de profunda transición.
Guzmán A. Ifrán