La política exterior del gobierno: «Algo huele mal en Dinamarca»
Daniel Manduré
Ni el propio Shakespeare podía llegar a imaginarse que algunas frases de su celebre obra trágica Hamlet podía trascender los tiempos. Frases que se han vuelto universales. Una de ellas se aplica como metáfora para describir la decadencia moral y la descomposición política. Desde su publicación en 1603 hasta la fecha se ha utilizado una y otra vez en escritos o diferentes notas periodísticas. Esa frase donde Hamlet escucha susurrar a su leal centinela Marcelo: “algo huele mal en Dinamarca” Un acontecimiento trágico en la obra de Shakespeare con esa frase que hace alusión a un mal gobierno, a su decadencia ética y moral, aplicada hasta nuestros días a cualquier situación carente de transparencia, valores o una mala gestión.
Cuando analizamos las señales erráticas en política internacional aplicada por el gobierno actual en este primer año o en situaciones vividas en anteriores gobiernos frenteamplistas podemos decir con claridad: “Algo huele muy mal en Dinamarca”
Cuando una dictadura consolida su atropello institucional mediante un comprobado fraude electoral y el gobierno o el partido gobernante, Frente Amplio, como sucede en Venezuela, se niegan a reconocer como legitimo ganador a Gonzáles Urrutia: algo huele mal en Dinamarca.
El pueblo venezolano pretendió autodeterminar soberanamente su destino y la dictadura de Maduro no lo permitió. Con el silencio cómplice del Frente Amplio.
Cuando se redactan comunicados sin mencionar un repudio firme a la dictadura de Maduro, cuando se relativiza las violaciones sistemáticas a los derechos humanos de su gobierno y es evidente que se prioriza el cuidado de los equilibrios ideológicos por encima de los principios democráticos, algo huele mal en Dinamarca.
Cuando se omite en forma deliberada en las declaraciones del conflicto Israel-Palestina al responsable directo del inicio de esa sangrienta tragedia, algo huele mal en Dinamarca.
Donde se evita nombrar al grupo terrorista Hamàs, autor del ataque del 7 de octubre, del asesinato y secuestro de civiles y del uso del pueblo palestino como escudo humano.
Con declaraciones hemipléjicas que condena algunos de los efectos del conflicto pero elude las causas. Esa omisión no es casual. Es una decisión política muy pensada. Grave y desgraciado error.
Cuando podemos leer las muy tibias declaraciones relacionadas a la invasión rusa en Ucrania que le ha costado hasta el momento la vida a más de 70 mil soldados ucranianos y a más de 15 mil civiles entre hombres mujeres y niños, también aquí encaja bien la frase shakesperiana: algo huele mal en Dinamarca.
El silencio del gobierno uruguayo y del partido de gobierno se repite una vez más ante la represión y masacre de manifestantes en Irán y también nos muestra que nada huele bien en Dinamarca.
O el gran papelòn que hicieron cuando a algún iluminado se le ocurrió eliminar en forma intempestiva e inconsulta de los pasaportes el lugar de nacimiento. Generando rápidamente el rechazo de visas en países como Francia y Alemania, y que llevó a tener que dar marcha atrás, reimprimiendo pasaportes y volviendo al formato anterior.
Cuando bailamos al son de determinadas afinidades ideológicas regionales y terminamos siendo los “perritos falderos” de las decisiones de Brasil, firmando declaraciones que van a contramano de la credibilidad y el prestigio que tanto trabajo le costò al Uruguay construir en el terreno internacional.
No es casual que integremos las lista con otros 74 países a los que Estados Unidos le suspende la visa de inmigración.
Ya comenzábamos a percibir que algo no olía bien en Dinamarca cuando en gobiernos anteriores un presidente les recomendaba a manifestantes venezolanos que luchaban por su libertad y que eran aplastados por la dictadura a “que no se pusieran delante de las tanquetas”. O cuando el mismo presidente muy suelto de cuerpo reconocía que “para venderle unos kilos de naranjas a Estados Unidos se tuvo que bancar a 5 locos de Guantánamo”, cuando se suponía que el fin era humanitario.
La deuda millonaria de la dictadura venezolana con empresas uruguayas del sector lácteo por acuerdos realizados por manija del gobierno uruguayo. La sorprendente pasividad del gobierno, para no enojar al dictador, no ejerciendo presión en defensa de los intereses nacionales, cuando ellos auspiciaban y respaldaban dichos negociados. Hoy al decir del actual ministro de ganadería la deuda sería “incobrable”.
Todo parece coincidir si recordamos que el Frente Amplio le entregó por afinidad ideológica la llave de la ciudad de Montevideo en diferentes gobiernos departamentales a todos los dictadores y gobernantes corruptos de la región, no les faltó ninguno: Maduro, Fidel y Raul Castro, Cristina Fernàndez, Nestor Kirchner (hoy seguramente preso junto a su esposa si no hubiese fallecido) Daniel Ortega, Chavez.
Nos escapamos raspando de que todavía nos metieran de apuro y de pesado en el medio de nuestra ciudad republicana, democrática y liberal la estatua del dictador comunista de Vietnam Ho Chi Minh. Gracias a la oposición la idea no prosperó.
Ideologizar la diplomacia nunca contribuye a la paz ni es un aporte a la justicia. La mirada hemipléjica tampoco lo hace.
Eso no se llama neutralidad eso se llama ambigüedad moral. Se confunde neutralidad con silencio cómplice.
“La historia no juzga a las dictaduras por lo que dicen, sino que juzga a las democracias por lo que callan” La historia y su memoria nos recordará a quienes en instancias claves hablaron y actuaron y a quienes callaron o miraron para otro lado.
Uruguay tiene una muy rica tradición, pionera en varios momentos de la historia en la defensa de la democracia, los derechos humanos y la defensa del derecho internacional.
En 1965 fuimos el primer estado en el mundo en reconocer a través de una ley el genocidio del pueblo armenio, no nos temblò el pulso al hacerlo a pesar de las presiones diplomáticas. Cuando muchos, incluso grandes potencias, hacían silencio o miraban para otro lado. Lo que nos llevó a ganarnos el respeto como un país comprometido con los derechos humanos. Una ley inicialmente redactada y presentada por un representante batllista. Proyecto que fue aprobado por unanimidad.
La diplomacia es una herramienta vital y Uruguay supo en el pasado ejercerla con inteligencia, coherencia y valentía. Lo que nos otorgó prestigio y credibilidad.
Uruguay se colocaba del lado correcto de la historia. Hoy no sabemos dónde estamos.
La gestión del gobierno aparece totalmente desdibujada La política exterior no se puede manejar como un club de amigos por afinidad ideológica. Adoptando declaraciones complacientes frente a regímenes dictatoriales que merecen en todo momento nuestro profundo rechazo y repudio.
En política exterior no se puede improvisar. Pero ese es el camino elegido por el gobierno.
La credibilidad y seriedad está muy deteriorada.
El prestigio no se logra con discursos para la tribuna sino con un verdadero sentido de Estado y con coherencia. Fieles a nuestras más ricas tradiciones republicanas.
Esta política exterior no nos representa.
Algo huele mal en Dinamarca…y en Uruguay, también. Lamentablemente.