Con los labios fruncidos
Gustavo Gómez Rial
Justo ahora, nada menos que ahora, en esta encrucijada de la historia, nos representa (nos guste o no) un gesto de perplejidad que no es prudencia.
Ahora mismo, cuando allende fronteras se deshacen en verborragia (y otras cosas, muchas, pasan), saber decir lo justo y con muy pocas palabras sería la virtud más apreciada. Pero, si no es prudencia y ni siquiera es aquel silencio que sabe construir mientras se calla, ¿qué nos dice ese gesto? ¿Qué masculla tanta jerigonza? ¿Hacia dónde vamos?
Hemos puesto a alguien a revolver la olla para que no se pegue el caldo al fondo. El fuego bien bajito. Y, así, ya no parece que haya rancho para todos.
En esta encrucijada, necesitaríamos ser el suceder y no lo sucedido. En esta instancia, cuando debiéramos dejar de mirar a ese potaje, que gira y gira, repetido, e intentar otear mucho más lejos, más allá, aprecio que otros incluso saben sonreír y hasta decir discursos encendidos que intentan convencernos con mañanas envueltos con diarios del pasado. Y, dentro, más ayer.
Dirán, ¡no es cierto! Hemos hecho un living, un hermoso hemiciclo entre todos para enfrentarnos con la última versión de Atari.
No fruncen el ceño y tratan de no fruncir los labios: sonríen. Y no es para disimular porque no saben qué hacer con toda la que se nos viene. Algunos, incluso, los más iluminados, han escuchado hablar de Elon Musk y de Sam Altman y de ChatGPT. No lo proclamo yo; lo ha dicho alto y claro el senador estadounidense Bernie Sanders, que a sus 84 años ha afirmado que “mis colegas en el Congreso no tienen ni idea”.
¿Idea de qué?
Por casa, ¿cómo andamos? Acá no pasa nada, sigan jugando al Atari, muchachos (o al truco, si cabe). Me gustaría interpelarlos. A todos. Y a Negro, por si acaso.
Por muchos años supimos jugar en otra “play” de igual a igual: ganábamos. Algo nos hizo entrar en ese gris de apostar al empate, de hacer tiempo; el de tirarla afuera, y el de tocarla siempre para un costado. Y hoy, hoy es distinto: cuando nos dejan jugar, jugamos para no perder por tanto.
¿Estamos ante la resignación de la ceguera? Oímos que algo puede venir sin ver la que se viene.
La ironía es que podríamos volver a jugar de igual a igual. Sin miedo. Aunque, si no me quieren preguntar a mí de dónde es que saco tanta pálida, tal vez podrían consultarle a Bernie.
Mirar de ciegos. Mirar atónitos, mordiéndonos los labios o solo sonriendo para las tres cámaras, será como dejar caer la Torre de los Olímpicos y no volver jamás a levantarla.