Politica Nacional

El papelón en La Habana.

Ricardo Acosta

Hay decisiones políticas que no resisten demasiado análisis.

Y hay otras que directamente exponen un problema más profundo: la falta de criterio.

Una delegación del Frente Amplio viajó a Cuba y fue recibida por el presidente Miguel Díaz-Canel.

Encabezada por Fernando Pereira, junto a dirigentes políticos y sindicales, la comitiva llegó con el argumento de una misión de solidaridad: unas 20 toneladas de suministros.

Pero no fue solo eso.

Hubo reunión política al más alto nivel.

Hubo declaraciones.

Hubo respaldo explícito.

Entonces la pregunta es inevitable:

¿Solidaridad con quién?

¿Con el pueblo cubano o con el gobierno cubano?

Porque si fuera únicamente ayuda, no hacía falta ese nivel de exposición política.

No hacía falta reunirse con el presidente.

No hacía falta fijar posición.

Pero todo eso ocurrió.

Y ahí es donde el viaje deja de ser un gesto humanitario y pasa a ser un posicionamiento político.

Un posicionamiento que, además, llega en el peor momento posible.

Porque mientras esta delegación viajaba a respaldar al gobierno cubano, en paralelo se desarrollan conversaciones entre Cuba y Estados Unidos.

Conversaciones que no son improvisadas.

Que tienen interlocutores claros.

Y que involucran directamente al entorno del poder.

Del lado estadounidense, con Marco Rubio como figura central.

Del lado cubano, con vínculos que alcanzan incluso al entorno más cercano de Raúl Castro, incluyendo a su nieto.

Y por si quedaba alguna duda, el propio Miguel Díaz-Canel terminó reconociendo que existen conversaciones con la administración de Donald Trump.

Ese es el dato que cambia todo.

Porque ya no se trata de versiones.

No se trata de trascendidos.

Se trata de un reconocimiento explícito.

Cuba está negociando.

Está buscando una salida.

Está reconociendo límites.

Está haciendo algo muy distinto a lo que durante décadas sostuvo como discurso.

Y en ese contexto, el viaje del Frente Amplio queda completamente desfasado.

Porque mientras en La Habana negocian, desde Uruguay se viaja a respaldar como si nada de eso estuviera pasando.

Como si el escenario fuera el mismo de siempre.

Como si el único rol fuera repetir un libreto viejo.

Y eso es lo que convierte este episodio en un papelón.

Están apoyando a una Dictadura.

Porque no es una contradicción menor.

Es una falta de lectura política bastante evidente.

Se respalda un modelo en el mismo momento en que ese modelo está intentando corregirse.

Se sostiene un discurso que ni siquiera el propio gobierno cubano puede sostener en los hechos.

Se actúa en automático, ignorando lo que está pasando.

Y eso no es solidaridad.

Es confusión.

Confundir ayuda con respaldo político.

Confundir el relato con la realidad.

Confundir el momento.

Y eso es especialmente grave porque el Frente Amplio gobierna el país.

No es un actor marginal.

No es un grupo sin responsabilidad.

Es quien conduce Uruguay.

Y gobernar implica algo básico: tener criterio.

A eso se suman declaraciones que terminan de mostrar el desfasaje.

La senadora Bettiana Díaz, desde Cuba, habló sobre lo que representa la “lucha del pueblo cubano”, en línea con un discurso que se repite desde hace décadas.

Y ahí es donde la escena se vuelve todavía más evidente.

Porque mientras se reivindica esa narrativa, el propio gobierno cubano está negociando con Estados Unidos.

No es una interpretación.

Es un hecho.

Entonces la contradicción queda expuesta en tiempo real:

se habla de resistencia mientras se negocia.

se repite el discurso mientras la realidad cambia.

Y eso no es un matiz.

Es no estar viendo lo que está pasando.

Saber cuándo acompañar y cuándo tomar distancia.

Saber cuándo un gesto suma… y cuándo expone.

Saber leer el contexto.

Acá no se hizo nada de eso.

Se eligió viajar, respaldar y repetir un discurso que hoy ya no coincide ni con lo que está haciendo el propio gobierno cubano.

Porque si Cuba negocia con Estados Unidos, incluso con Trump, el escenario cambió.

Y si el escenario cambió, actuar como si no hubiera cambiado no es firmeza.

Es quedar fuera de tiempo.

Tal vez el problema no sea el viaje.

Tal vez el problema sea lo que deja en evidencia:

una forma de hacer política que no se actualiza, que no revisa y que, cuando la realidad se mueve, decide quedarse quieta.

Y cuando eso pasa en un partido que gobierna, deja de ser una contradicción.

Pasa a ser un problema serio.

Papelón!!

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