Política nacional

Los de afuera son de palo

Pedro Bordaberry

Dos fuerzas acechan sobre la vida de los pueblos libres: el capitalismo salvaje y el estatismo dirigista. Opuestos, a veces se tocan y necesitan. Cuando lo hacen, el resultado es la asfixia de la libertad.

El estatismo dirigista fracasó.

Quedan quienes añoran tiempos que terminaron en ruina: economías cerradas, controles asfixiantes, muros que separaban.

Es una nostalgia peligrosa.

No viene sola: trae la tentación de intervenir todo, de decidir desde el poder lo que debe ser libre.                                                                                                                                                                                                            

El otro extremo es peor.

El capitalismo salvaje, de privilegios y acuerdos cerrados, que se disfraza de mercado mientras construye monopolios. No compite: captura. No crea valor: lo extrae. Y cuando puede, se asegura reglas a medida para perpetuarse.

El fútbol uruguayo es hoy el escenario de esa alianza.

Durante años, sufrió un monopolio de hecho en los derechos de televisión.

Contratos largos, cláusulas de igualación cuestionables, precios deprimidos.

Y una corte de comunicadores que repetían, como dogma, que ese era el único camino posible.

Que no había más interesados. Que nuestro fútbol valía poco.

La realidad los desmintió.

Cuando se abrió la competencia, cuando se permitió que el mercado actuara con reglas claras, el resultado fue contundente: muchos interesados y de 15 millones de dólares anuales se pasó a 67 millones.

No es una opinión. Es un dato.

Los clubes lo sintieron: los grandes duplicaron sus ingresos, los de primera pasaron de 500 mil a 2 millones y los de segunda de 100 mil a 730 mil.

La libertad económica, bien entendida, dio resultados.

La historia no termina ahí. Porque donde hay renta, hay disputa.

Hoy se está gestando algo preocupante: la alianza de lo peor de ambos mundos.

Por un lado, un actor privado que busca recuperar posiciones perdidas. Por otro, el Estado avanza donde no debe, interfiriendo en relaciones entre privados, inclinando la cancha.

No es nuevo.

Ya ocurrió en el gobierno de Mújica.

Hubo reuniones para presionar extensiones contractuales. Hoy reaparecen señales similares aunque no del Presidente ni del Ministro de Economía, por suerte.

Otros hacen gestiones, contactos, movimientos que no transparentan objetivos.

Antel, empresa pública que debe actuar con rigor y claridad, ingresó al proceso sin explicar por qué eligió socios.

Quedó fuera porque se utilizó una cláusula de igualación para desactivar la competencia.

Pero volvió y surge una amenaza más grave: ayuda al monopolista privado de ayer a ofrecer el producto gratuitamente para capturar el mercado.

Eso tiene nombre: depredación. Y está prohibido.

El mecanismo es conocido: se regala hoy, se elimina la competencia mañana, se cobra caro después.

Lo paga el público, lo paga el fútbol, lo paga el país.

A esto se suma un dato institucional alarmante: una Comisión de Promoción y Defensa de la Competencia sin recursos corre el riesgo de ser colonizada. Si cae la independencia de ese órgano, cae la última defensa del sistema.

No se trata de ideología.

Se trata de reglas.

No de monopolios privados disfrazados de mercado, ni intervencionismo estatal disfrazado de interés público.

Uruguay no puede volver atrás.

El fútbol es parte de nuestra identidad.

No es un negocio más.

Es cultura, historia, pertenencia.

Cuando se lo empobrece, se empobrece algo más profundo que un balance.

Por eso la advertencia.

La hora es crítica.

Jugadores, clubes, árbitros e hinchas unidos no deben permitir una vuelta atrás.

Presidente. Ministro. El país mira.

No permitan que la libertad vuelva a ser rehén de acuerdos oscuros.

No permitan que los de siempre vuelvan a quedarse con lo que es del fútbol.

Como dijo Obdulio en la previa de Maracaná: los de afuera son de palo.

Esta vez, también.

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