Una selfie con Don Pepe
Gustavo Gómez Rial
La gran mayoría de las personas del planeta con acceso a internet y, por tanto, un porcentaje muy alto de los uruguayos, se han percatado de que la Inteligencia Artificial existe desde que salió ChatGPT. Saben que es muy divertida para crear memes e imágenes graciosas, e incluso que sirve para hacer resúmenes sin estudiar ni perder tiempo buscando en Wikipedia.
Unos cuantos han ido descubriendo distintas tareas útiles: un sinnúmero de consultas prácticas, incluso personales y de naturaleza íntima. No por casualidad, el uso más extendido a nivel mundial, y el que nos puede acarrear tantos riesgos como beneficios, es el de las consultas relacionadas al plano afectivo y con la psiquis de las personas.
Acabo de expresarlo: estamos ante una tecnología que puede traernos tantos riesgos como beneficios. Pero ¿para qué preocuparnos? Seguramente el gobierno y quienes nos representan en la oposición tendrán una estrategia: un cuatro dos cuatro. ¿A quién ponemos de golero? ¿Otra vez vamos a dejar los cambios para el último minuto?
Por si hay algún distraído, aclaro que no estoy hablando de fútbol, pero sí del futuro. De uno que ya está jugando el segundo tiempo -por fase de grupos- mientras acá nos acomodamos las medias por si salimos a calentar. Y, por más que esto resulte algo más largo y complicado que escuchar un reportaje completo a Bielsa, podría ir siendo hora de alternar el postureo de sacarse selfies en las ferias con una postura digna del retrato original que nos dejó don Pepe. Plantarnos firmes, con responsabilidad, de cara a lo que se viene. Que puede ser muy promisorio si no seguimos durmiendo en los laureles de la República o repitiendo como verdaderos loros estocásticos (para quien entienda) “hay que dejar que fluya”. ¡Ojo porque, aunque contradiga tus ritmos circadianos electorales, ya sonó el despertador del mundo!
Nos va a fluir un temporal de santa Bárbara y de santa Rosa juntas si no nos preparamos. La ola nos va a revolcar si la surfeamos a destiempo y no querremos tomar agua salada. Esas (y muchas otras) serían las consecuencias de nuestra imprevisión. Y es hora, también, de que unos cuantos resignen el éxito de decir NO. ¡No al Capitalismo! ¡No a las multinacionales! ¡No a la inteligencia! Porque todos los No, como los ríos el agua, conducen a Venezuelas, a Cubas y a Nicaraguas. Porque no alcanza con dejarnos llevar en aguas turbulentas, hay que saber a qué costa querremos llegar. ¿Sabremos remarla juntos?
La esperanza no es un plato que se sirve pronto. La esperanza es un fruto que tendremos que cultivar con mucha dedicación y esfuerzo. Y lo bueno es que aún tenemos la tierra, el agua, la semilla, para que esa esperanza pueda prosperar. Solo deberíamos ponernos de acuerdo para saber cómo y dónde plantarla y cuidar que crezca. No será el árbol más alto, pero puede ser nuestro.
Por cierto, y por suerte, en este país hubo ciudadanos con visión que pensaron bastante más allá de un Carnaval y hubo también uruguayos libres y educados dispuestos a seguirlos para sumar su esfuerzo.
Hoy, hay muchos adultos (que no niños) que prefieren creer que la vaca es un derivado de la CONAPROLE envasado en bolsas de plástico y que los árboles dan celulosa empaquetada en hojas A4. ¿Vamos a esperar lo mismo de la inteligencia?
¿No vamos a intentar siquiera cogobernar nuestro destino? Hoy la soberanía no solo se doblega en las fronteras físicas. Aún hay tiempo para defender el honor y la independencia de seguir siendo nosotros mismos más allá de un Mundial.
La izquierda, esta que hoy nos gobierna, cuando quiere disfrazarse de esperanza nombra a don Pepe como si se estuviera sacando una selfi frente al Estadio. Útil e instantánea para publicar en las redes; y que todos les crean.
La esperanza es decir Sí, con nuestra estrategia, a la uruguaya. Sí, de vuelta olímpica, Sí de Maracaná, Sí de Plebiscito del 80, Sí de pandemia.
Sí, por mañana. Sí, con inteligencia. Con sacrificio, con mucha garra y esfuerzo, pero ahora. Con la estrategia sagaz de nuestros próceres, aunque suene a bronce.
Al final de cuentas, aquí me tienen como un servidor y, si puedo reparar mi horror, prometo orar ocho horas seguidas la ley completa de las ocho horas si es que puedo evitar ser crucificado por el pecado cometido.
¡Larga vida al Batllismo! ¡Viva Batlle!