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A la Deriva

Ricardo Acosta

Hace unos meses, la pregunta era casi una ironía:

¿y dónde está Bergara?

Hoy, la pregunta dejó de ser un recurso retórico.

Empieza a transformarse en una percepción.

La última encuesta de Cifra marcó un dato contundente: más del 50% de los montevideanos desaprueba la gestión del intendente Mario Bergara.

No es un número más.

Es la confirmación de algo que se viene acumulando hace tiempo.

Porque Montevideo no se desordenó de un día para el otro.

Pero hace tiempo que da señales de falta de rumbo.

En noviembre del año pasado, una escena frente a la propia Intendencia —motos ocupando la explanada sin control, sin autoridad, sin respuesta— funcionó como símbolo de algo más profundo: la sensación de que nadie estaba al mando.

Hoy, meses después, esa sensación ya no se explica solo con episodios aislados.

Se mide.

Y cuando se mide, se vuelve problema político.

Lo más relevante del dato no es solo el porcentaje.

Es que ese desgaste no viene únicamente desde la oposición. El propio Bergara reconoció que también hay niveles de desaprobación dentro del Frente Amplio.

Ahí es donde la situación cambia.

Porque una cosa es gobernar con críticas externas.

Otra muy distinta es empezar a perder respaldo interno.

En ese contexto, el intendente intentó explicar el escenario señalando que esta situación coincide con un clima más general que también afecta al gobierno nacional.

Pero esa explicación no alcanza a responder lo central.

Porque más allá del contexto, los problemas de Montevideo siguen siendo los mismos. La basura, la limpieza, el deterioro de los espacios públicos, el desorden en la convivencia.

Problemas que no son nuevos, pero que con el paso del tiempo dejaron de ser tolerables.

En paralelo, la gestión intenta avanzar en otros frentes. El transporte es uno de ellos. Se anuncian cambios, se manejan alternativas, aparece el debate sobre el túnel… pero las definiciones no terminan de consolidarse.

Se plantea, se revisa, se ajusta.

Y en ese proceso, lo que falta es claridad.

Porque gobernar no es solo diagnosticar.

Es decidir.

Y sostener esas decisiones.

A eso se suma la tensión interna. Intentos de ordenar, de recortar, de ajustar estructuras que durante años crecieron al amparo de la gestión. Medidas que pueden tener lógica administrativa, pero que generan resistencia política.

Ahí aparece un problema más profundo:

la dificultad de alinear gestión y estructura.

Y cuando esa alineación falla, el desgaste se acelera.

Montevideo arrastra problemas desde hace décadas.

Eso es cierto.

Pero también es cierto que el tiempo no es infinito.

Y cuando más de la mitad de la ciudad desaprueba, las explicaciones dejan de ser suficientes.

El dato de la encuesta no es una sorpresa.

Es una consecuencia.

La consecuencia de una acumulación de problemas, de falta de definiciones claras y de una percepción creciente de ausencia de conducción.

La pregunta ya no es si el contexto influye.

La pregunta es otra:

¿quién está conduciendo realmente la ciudad?

Porque cuando esa respuesta no es clara,

la sensación es inevitable.

Y la sensación, tarde o temprano, se transforma en realidad.

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