Política nacional

Un presidente ausente

Luis Marcelo Pérez

Un presidente en funciones que prioriza la exposición internacional mientras el país enfrenta inseguridad, debilitamiento del Estado y pérdida de confianza. La agenda exterior, más propia de liderazgos sin responsabilidad ejecutiva, deja al descubierto una distancia creciente entre el poder político y las urgencias reales de la ciudadanía.

Hay una imagen que comienza a consolidarse entre los uruguayos. Mientras la inseguridad, la pérdida de autoridad del Estado y el deterioro de la confianza pública se vuelven parte de la vida cotidiana, el presidente Yamandú Orsi parece cada vez más concentrado en la escena internacional.

Entre el 17 y el 18 de este mes, Orsi volverá a viajar a España para participar de una reunión convocada por Pedro Sánchez junto a Lula da Silva, Gustavo Petro, Cyril Ramaphosa y otros dirigentes. El objetivo anunciado es coordinar una respuesta internacional frente al crecimiento de la ultraderecha. Antes hubo otra instancia similar en Santiago de Chile, impulsada por Gabriel Boric. Y antes de eso, una extensa cadena de viajes que en pocos meses lo hizo participar en cumbres y encuentros en España, Chile, Brasil, Argentina, Estados Unidos, China y otros países.

Nadie discute la importancia de la política exterior. Uruguay necesita vínculos, comercio, diplomacia cultural, presencia y capacidad de diálogo. Pero una cosa es representar al país y otra muy distinta es refugiarse en una agenda internacional mientras los problemas internos se agravan.

Además, existe un hecho político difícil de ignorar. Este tipo de encuentros suele estar reservado, en general, para expresidentes, referentes partidarios o figuras que ya no tienen la responsabilidad cotidiana de conducir un gobierno. Orsi, en cambio, no es un exmandatario ni un dirigente retirado. Es el presidente en funciones de la República. Y un presidente en funciones no puede actuar como si estuviera ya en la etapa de las conferencias, las redes internacionales y los debates globales. Primero tiene que gobernar.

Es legítimo preguntarse si el principal problema del Uruguay hoy es participar en foros sobre la crisis de las democracias o si el verdadero desafío sigue estando dentro de fronteras. Hay barrios donde el Estado ya no logra transmitir autoridad. El narcotráfico avanza, la violencia se instala y la sensación de desprotección crece. Frente a eso, el gobierno responde con anuncios dispersos, diagnósticos repetidos y una prudencia que demasiadas veces se parece a la parálisis.

Ese es, quizá, el rasgo más preocupante de esta administración. No transmite un rumbo claro. No fija prioridades. No parece dispuesta a asumir los costos de gobernar. Gobernar no es administrar la coyuntura ni recorrer el mundo pronunciando discursos sobre la democracia. Gobernar es decidir. Es ordenar. Es asumir conflictos. Es decirles a los ciudadanos cuáles son las prioridades y actuar en consecuencia, aun cuando eso implique pagar costos políticos.

Hasta ahora, Orsi parece sentirse más cómodo en los salones internacionales que frente al conflicto concreto del Uruguay. Habla con soltura de extremismos, multilateralismo y convivencia democrática, pero todavía no logra explicar con claridad cuál es su estrategia para recuperar la seguridad, fortalecer la autoridad del Estado o revertir el deterioro de la educación, la cultura y los servicios públicos.

Hay, además, un error político de fondo. Parte de la izquierda latinoamericana parece convencida de que la principal tarea del momento es denunciar a la derecha y a los movimientos radicales. Sin embargo, la historia reciente demuestra otra cosa. Los extremismos no crecen solamente por la fuerza de sus discursos. Crecen cuando los gobiernos democráticos decepcionan o parecen más preocupados por el relato que por la realidad.

Cuando un gobierno se muestra distante o incapaz de resolver los problemas concretos, deja un vacío. Y los vacíos, en política, nunca permanecen vacíos.

La mejor manera de enfrentar a los radicalismos no es organizar más cumbres ni firmar más declaraciones. Es gobernar bien. Es devolverle tranquilidad a la gente. Es demostrar que la democracia todavía puede ofrecer orden, protección y horizonte.

El presidente tiene derecho a viajar. Lo que no puede hacer es convertir el viaje en una forma de eludir la responsabilidad de gobernar. Uruguay no necesita un presidente que acumule fotografías, reuniones y millas. Necesita un presidente presente. Uno que entienda que gobernar no consiste en recorrer el mundo mientras el país espera respuestas y acciones concretas.

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