Política nacional

Los últimos días del hoy

Gustavo Gómez Rial

Le quedan días contados a este hoy. Deberíamos sacarnos fotos para recordar cómo conducíamos, documentar cómo nos las arreglábamos para que un amigo inmigrante del delivery nos acercase una vianda de comida y cómo festejábamos una Noche de la Nostalgia sin música de Suno seleccionada por la IA. Mañana es como un lunes después de Semana de Turismo en el que no hay más remedio que empezar.

Esto ya no va a ser como cuando nos preguntábamos si acá iba a llegar la TV Color. Lo decía la vecina: ¿viste? Tenés que fijarte lo que está pasando del otro lado del río, y calculá que en dos o tres años llega acá. Así de misericordiosos y pacientes eran los cambios. Ahora, en cambio, llegan antes de que te suene el despertador, como un anuncio de Temu, como una publicación de Instagram, casi al instante. Cuando quieras darte cuenta, los cambios van a entrar solos por la puerta de tu casa y te van a servir el desayuno. Y, dalo por seguro, habrá mucha gente que le va a tener terror al cambio. Lo anticipo. Una parte de la izquierda, la auténtika, agudizará su aversión al cambio porque es más fácil de justificar y porque gana adeptos entre aquellos que prefieren ahorrarse el esfuerzo de tener que adaptarse. No importa que la transición prometa llevarnos a un mundo mejor y de abundancia. La utopía es un muro de pasado que no los dejará ver más allá de su discurso plano. Ojalá despertasen del letargo, ojalá se pareciesen menos a esos fieles creyentes que esperan ganar el cielo de la libertad arengados desde un púlpito del 1 de mayo. La letanía se repite. Al final resultamos ser un pueblo creyente en los milagros.

Ojalá se pareciesen más a esos conquistadores que forjó el Batllismo dispuestos a cambiar su esfuerzo no por prebendas fáciles sino por conquistas para todos. Para un pueblo grande, igual, sin clases.

Son estos momentos de cambio los que pueden hacernos mejores. Son las épocas de cambio las que reclaman nuestro esfuerzo, nuestra inteligencia, nuestra solidaridad. Las que nos piden rescatar esa mística batllista de no temerle a ser vanguardia ni a la modernidad, ni al futuro, sin renunciar al progreso y al bienestar.

Las ideas no renacen si no hay conciencia. Este pueblo ya no será libre, ni seguro ni feliz si no es capaz de liberarse de algunas ideas que hoy son su cárcel. ¿Hasta cuándo arrastrarán los grilletes de más de una revolución fracasada?

Estamos en pleno siglo XXI. Podríamos prometer una revolución a la medida de Tik Tok, confortable, con calefacción, en 4 K, por streaming, para que mañana seamos muñequitos de una historieta persa o china.

La otra opción sería algo más sacrificada porque nos va exigir un compromiso con nosotros mismos, el camino largo de tener que reconstruirnos, de recuperar lo mejor de nuestra sociedad. A cambio, nos podrá regalar la recompensa de seguir siendo libres y de dejar esperanza para nuestros hijos.

Nadie ha dicho que sea fácil. Lo fácil te hace esclavo de quienes dicen que quieren regalarte el pan. Nos ha tocado vivir un momento histórico y aún podemos estar a la altura de nuestras capacidades.

Sé que me leen como a un meteorólogo que nos anuncia un temporal dentro de tres días mientras tomamos el sol en la playa. Sé que corro en contra de otra cultura instalada que se conforma con relatos, que hace la suya, que dice: “hacéla fácil, no la compliques”.

Si estas líneas te causan extrañeza, si desde tu ventana de Overton solo ves tu futuro rutinario de oficina, tu carrera universitaria, tu banca, tu oficio de candelero o de programador, tu nómina a fin de mes, quizás mañana te sorprenda aquello que no quieres o no aceptas escuchar hoy. Porque a este hoy que conocemos le quedan días, apenas. Quieras o no.

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