Política nacional

La memoria sin banderas: El dolor no tiene ideología

Pablo Caffarelli

Cada 20 de mayo, el Uruguay se sumerge en un ejercicio de introspección colectiva tan legítimo como doloroso. La memoria de los detenidos desaparecidos convoca una sensibilidad republicana ineludible. Las cifras actualizadas por la INDDHH a mayo de 2026 —con 205 casos confirmados de desaparición forzada— nos recuerdan la gravedad institucional del terrorismo de Estado. Sin embargo, cuando la conmemoración se transforma en un relato hegemónico y excluyente, la memoria deja de ser un faro ético para convertirse en una herramienta de poder político.

La izquierda uruguaya ha edificado durante décadas una narrativa binaria que consagra un inadmisible «monopolio del dolor». Bajo este prisma distorsionado, parecería que la compasión pública es un patrimonio reservado únicamente para quienes cayeron bajo el signo de la represión estatal. Con una soberbia intelectual alarmante, se ha pretendido clausurar el debate histórico omitiendo que la violencia insurgente del Movimiento de Liberación Nacional-Tupamaros (MLN-T) no nació para combatir una dictadura, sino para desestabilizar instituciones democráticas legítimas y gobiernos electos en comicios libres.

La historia, si aspira a ser justa, debe leerse completa. El dolor de los familiares de policías, militares y civiles asesinados por la guerrilla ha padecido una invisible y cruel postergación. ¿Acaso la dignidad de una víctima se mide por la filiación ideológica de su verdugo? La respuesta filosófica debe ser un no rotundo.

El asesinato del peón rural Ramón Pascasio Báez Mena en diciembre de 1971 representa el quiebre ético más profundo de la aventura sediciosa. Un hombre humilde, cuyo único «delito» fue descubrir una «tatucera«, fue confinado, sedado y finalmente ejecutado con una inyección letal de pentothal. Su esposa falleció de angustia dos días después.

Este calvario, junto al de Heraldo Burgueño —civil muerto en la Toma de Pando en 1969— o el atroz ametrallamiento de los cuatro soldados que custodiaban la casa del General Gravina en 1972 mientras tomaban mate, configuran un inventario de aproximadamente 66 muertes atribuibles a la violencia guerrillera. Nombres que fueron sepultados deliberadamente bajo una lápida de desmemoria institucional.

Este olvido oficial no fue un despiste; fue una construcción política. Durante los gobiernos del Frente Amplio, se asistió a una sistemática devaluación de los homenajes alternativos, como la anulación de la oficialidad del acto del 14 de abril. Se pretendía resguardar la pureza mítica de antiguos líderes guerrilleros, transformando el pasado en un trampolín para el ascenso al poder, consagrando la existencia de víctimas de primera y de segunda categoría.

La reciente Ley Nº 20.193 de reparación a las víctimas de la guerrilla sacude este tablero simbólico. Aunque la izquierda cuestione su origen y su asimetría económica, su verdadero valor radica en la fractura definitiva del relato único impuesto (antes solo teníamos sólo la pensión especial reparatoria que solo favorecía a un lado).

No se trata de validar la «teoría de los dos demonios» ni de relativizar la incontrastable y grave responsabilidad jurídica del Estado en sus crímenes de lesa humanidad. Se trata de asumir un pluralismo de la memoria. Una democracia madura no puede sostener su paz sobre una amnesia selectiva. El Uruguay no necesita sustituir una memoria hemipléjica por otra de signo contrario; exige la entereza de mirar de frente a todos sus muertos, despojándolos de banderas electorales y devolviéndoles, por fin, la universalidad de su dignidad humana.

Bajo esta premisa, la memoria republicana no puede permitirse la flaqueza de la contabilidad selectiva. Nos conmueven y nos convocan, con legítima gravedad, las 205 ausencias comprobadas que dejó la barbarie de la desaparición forzada; pero esa misma exigencia ética nos obliga a rescatar del silencio a quienes cayeron bajo el fuego de la utopía armada. El dolor humano no entiende de trincheras ideológicas. Solo cuando el Uruguay aprenda a llorar a todos sus muertos con la misma desgarradora honestidad, habremos conquistado una paz verdaderamente democrática.

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