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Ser hombre en el siglo XXI: el macho alfa, la deconstrucción y ser buena persona

Eduardo Irigoyen García

Muchos estallaron de bronca cuando Donald Trump realizó una velada de artes marciales mixtas (UFC) en los jardines de la Casa Blanca. Se comprende perfectamente el motivo. Hay algo profundamente grotesco en imaginar la residencia presidencial más poderosa del planeta convertida en una mezcla de circo romano, show de Las Vegas y programa de cable para fanáticos de la testosterona. No porque las artes marciales mixtas sean malas de por sí —su pariente lejano, el boxeo, bien entendido, es un deporte noble que exige disciplina, autocontrol y sacrificio— sino porque el símbolo de una democracia se transforma en un octágono y los golpes pasan a convertirse en metáfora política.

El espectáculo mostró algo todavía más deprimente. Uno de los luchadores, Josh Hokit, decidió coronar la noche con una vieja teoría conspirativa de internet: “Michelle Obama es un hombre”. La multitud rugió, Trump sonrió y nadie de esa barra condenó nada.

Y uno no puede evitar preguntarse: ¿en serio esto es lo que algunos entienden por virilidad? ¿A los ochenta años todavía estamos jugando a ser el más pesado y agresivo del liceo?

EL MACHO ALFA Y EL JARDÍN DE INFANTES Hay algo infantil en esta versión contemporánea de la masculinidad: el macho alfa de internet, el influencer que culpa a las feministas de todos los males del mundo, el político que confunde liderazgo con humillación, el tipo que cree que nunca pedir disculpas es una virtud, el que necesita decir treinta veces por día que es heterosexual, el que sospecha que cocinar es una actividad sospechosamente femenina o el que piensa que leer poesía puede convertirlo en puto y comunista.

En definitiva, el que vive obsesionado con “ser hombre”.

Uno termina sintiendo cierta piedad, porque quien necesita demostrar constantemente que es hombre probablemente no esté demasiado seguro de serlo.

La verdadera seguridad no se exhibe. Se transmite.

El viejo modelo ya no alcanza

Nuestros padres y abuelos crecieron en otro mundo. Aclaro: nací en 1957.

Había cosas valiosas en aquel ideal masculino: la responsabilidad, la palabra empeñada, el sacrificio por la familia, la capacidad de soportar las dificultades sin victimismo.

Pero también existían jerarquías rígidas, silencios obligatorios y una idea absurda según la cual los hombres debían ser una pila de ladrillos sin emociones.

Muchos hombres murieron sin decirle a su esposa “te quiero”. Muchos padres abrazaron poco a sus hijos. Muchos se llevaron sus miedos y sus depresiones a la tumba porque llorar era cosa de mujeres.

No hace falta idealizar aquello, pero tampoco destruirlo todo, porque entre el patriarcado y ciertos manuales de deconstrucción escritos como catecismos universitarios existe un inmenso territorio intermedio llamado sentido común.

Confieso que tengo dificultades para aceptar con entusiasmo la llamada deconstrucción masculina. No porque piense que no había nada que revisar —había mucho, demasiado— sino porque cuando una idea se convierte en dogma y comienza a dividir el mundo entre iluminados y pecadores, empieza a parecerse sospechosamente a una religión.

Y yo rajo, raudo y veloz, de las religiones ideológicas.

Tengo dudas incluso sobre el concepto de masculinidad tóxica.

Comprendo lo que intenta describir, pero sospecho que existen hombres tóxicos, mujeres y comportamientos tóxicos. No estoy convencido de que existan esencias tóxicas.

Tampoco compro esa idea de que todos los hombres somos violadores en potencia esperando la ocasión adecuada.

La biología no funciona así.

La testosterona no convierte automáticamente a nadie en agresor.

La psicología evolutiva, la neurociencia y la sociología muestran diferencias estadísticas entre hombres y mujeres, pero no determinan la moral.

Somos algo más que nuestras hormonas y genes, aunque la biología influye tanto como la cultura, los hábitos, los valores y las tradiciones.

EL FEMINISMO QUE CAMBIÓ EL MUNDO Conviene decirlo con todas las letras: sin el feminismo y sus ruidosas manifestaciones que incomodaban a los conservadores, las mujeres no votarían, no podrían administrar sus bienes, no accederían masivamente a la educación ni serían juezas, científicas, presidentas o astronautas.

El feminismo cambió el mundo para mejor —con el apoyo de algunos hombres, pocos al principio— y no hay vuelta atrás.

Pero eso no significa que todo lo que se haga en nombre del feminismo sea automáticamente virtuoso.

Existen feminismos, en plural.

Y algunas corrientes han derivado hacia posiciones hegemónicas y sectarias donde discrepar equivale a traicionar, donde matices y dudas son vistos como herejías, donde una mujer que discrepa deja de ser considerada una interlocutora y pasa a ser vista como una traidora, donde las categorías de víctima y victimario se vuelven permanentes, donde los individuos desaparecen y sólo quedan colectivos y donde hasta el humor o el sarcasmo son tratados como amenazas para la civilización.

Hay algo paradójico en ciertos sectores que denuncian el patriarcado mientras construyen estructuras intelectuales rígidas, intolerantes y moralistas.

Una especie de calvinismo con lenguaje académico.

Seguiré siendo políticamente incorrecto.

No usaré lenguaje inclusivo, no porque odie a nadie, simplemente porque no me convence. Seguiré riéndome con Monty Python, con Mel Brooks, con Ricky Gervais, con Leo Maslíah y sí, con algunos (pocos) delirios absolutamente inmaduros de El Bananero, porque el humor y la blasfemia son de las pocas cosas que todavía nos protegen del fanatismo.

La incapacidad para reírse de uno mismo suele ser uno de los primeros síntomas del totalitarismo.

Y seguiré manteniendo mi innoble capacidad de putear y agregar palabras malsonantes porque —como decía el maestro Fontanarrosa— no es lo mismo decir “tonto” que decir “pelotudo”.

Mantendré también una mirada crítica sobre ciertos aspectos de la cultura queer cuando esta deja de ser una realidad humana respetable para convertirse en una cosmovisión cerrada y absurda que pretende explicarlo todo.

No me gustan las iglesias. Ni las tradicionales ni las nuevas.

Pero que los reaccionarios no descorchen champagne, porque no hay marcha atrás.

Los derechos de las mujeres llegaron para quedarse.

La homosexualidad dejó de ser una enfermedad. El matrimonio igualitario es un hecho. La despenalización del aborto es un derecho y, al igual que el divorcio, no sueñen con derogaciones.

Los jóvenes crecieron respirando esas libertades. Podrán discutirlas, reinterpretarlas o proponer cambios, pero difícilmente renuncien a ellas.

Por eso quienes sueñan con regresar a 1950 deberían prepararse para una decepción monumental, especialmente cuando sus propias hijas y nietas los miren con una mezcla de incredulidad y vergüenza.

Los hombres también necesitan ser cuidados

Hay algo que rara vez aparece en las discusiones contemporáneas sobre masculinidad.

Los hombres también sufren. Y muchas veces sufren solos.

La estadística es cruel: vivimos menos que las mujeres, nos suicidamos más, consultamos menos al médico, pedimos menos ayuda psicológica y solemos tener menos redes afectivas.

Fuimos educados para ser útiles antes que felices. Para proveer antes que pedir ayuda. Para aguantar. Para callar. Para ser fuertes.

A veces, terminamos muriendo en silencio.

Y eso no siempre es culpa del patriarcado, del feminismo, del capitalismo, de los progres o de Donald Trump.

A veces es simplemente consecuencia de décadas de aprendizaje emocional deficiente.

De creer que pedir ayuda es una debilidad. De pensar que decir “te quiero” es una mariconada. De convencernos de que debemos arreglarnos solos.

La verdadera fortaleza no consiste en soportarlo todo, sino en saber cuándo uno ya no puede solo y tener el coraje de pedir un abrazo, una mano o una conversación.

REMTONCES, ¿QUÉ SIGNIFICA SER HOMBRE HOY? Quizás algo mucho más sencillo.

Ser fuerte sin ser brutal. Competitivo sin ser despiadado. Protector sin ser posesivo. Padre sin ser patrón. Ambicioso sin pisotear. Capaz de llorar. Capaz de pedir ayuda. Capaz de pedir perdón. Capaz de cambiar de opinión. Capaz de amar.

Capaz de cocinar, limpiar, cambiar pañales y cuidar a los viejos porque esas no son tareas femeninas sino habilidades humanas básicas.

Capaz de tener amigos varones y decirles:

—Te aprecio empila, boludo.

Sin sentirse amenazado.

Capaz de leer, de pensar, de reírse, de callar. Capaz de reclamar un abrazo, capaz de envejecer con dignidad.

Y, sobre todo, capaz de aceptar una verdad incómoda: nadie está obligado a demostrar permanentemente que es hombre, porque la masculinidad madura no necesita exhibirse, no necesita gritar, ni insultar a Michelle Obama, ni organizar combates en la Casa Blanca, ni comportarse siempre como un macho alfa.

No necesita humillar mujeres, ni despreciar homosexuales ni convertir Twitter en una guerra civil permanente.

RAZÓN Y EMOCIÓN Buena parte de la civilización humana no fue construida solo por tipos corajudos, que se arriesgaron, guerrearon, exploraron, conquistaron y hasta murieron, golpeándose el pecho como gorilas lomo plateado. Fue construida también por hombres y mujeres que aprendieron a armonizar la razón con las emociones, a controlar sus impulsos y a crear cosas extraordinarias: hospitales, universidades, libros, sinfonías, vacunas, constituciones y también chistes.

Porque una sociedad incapaz de reírse de sí misma termina adorando ídolos ridículos y autoritarios.

Y a veces esos ídolos aparecen con una gorra roja y un octágono de UFC montado en los jardines de la Casa Blanca.

La historia suele ser cruel con los emperadores que confunden poder con espectáculo.

Pero suele ser bastante amable con los hombres y mujeres comunes. Con esos que nunca salen en televisión, que construyen más de lo que destruyen, que razonan sin apoyarse ciegamente en los dogmas, que aman más de lo que odian y que tienen más preguntas que respuestas.

Con esos que comprenden que, en el siglo XXI, ser hombre no consiste en andar rindiendo a cada rato examen de hombría para renovar el carné de guapo y varón.

Y si a esta altura de mi vida descubro que escuchar rock progresivo, admirar la belleza de Halle Berry, cocinar un guiso, abrazar a mis hijas o lagrimear viendo Kimi no na wa de Makoto Shinkai descalifica mi certificado de macho alfa lomo plateado, tendré que resignarme.

A los 69 años ya es un poco tarde para empezar a actuar como un macho alfa y francamente, tampoco me interesa.

Más bien, me chupa un huevo.

Prefiero seguir siendo un viejo curioso, un poco pesado, hablador de más, librepensador y todavía capaz de emocionarse con una buena canción, una película hermosa, una charla con amigos o una tarde cualquiera con mis hijas.

Porque, después de todo, nunca tuve vocación de macho alfa.

Con intentar ser una persona razonablemente decente, me doy por satisfecho. V

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