Abrir no es acceder
Eduardo Fazzio
La gestión exterior del Uruguay sabe abrir mercados. Lo que no aprende, gobierno tras gobierno, es convertir esa apertura en ventas.
Abrir no es acceder. Parece un juego de palabras, pero convenir una cuota no es lo mismo que poder llenarla; firmar un acuerdo no es, todavía, vender un solo dólar más.
Y el momento histórico no es cualquiera. El 1.º de julio Uruguay asume la Presidencia Pro Témpore del Mercosur, y con ella se presenta una oportunidad: la de liderar, la de empezar a transformar el bloque de corralito regional en una plataforma potente hacia el mundo. La pregunta que atraviesa esta nota es si este gobierno sabrá aprovecharla o la dejará pasar, como tantas veces lo hemos padecido por mezquinos frenos regionales.
PRIMERO, LO QUE ESTÁ BIEN Empecemos por reconocer lo que este gobierno ha hecho bien, porque negarlo sería mezquino y falso. Se ha movido en el frente externo. El acuerdo Mercosur-Unión Europea —fruto del esfuerzo de muchas administraciones previas de varios países— está en aplicación desde mayo, tras veinticinco años de expectativas, y Uruguay fue de los primeros en ratificarlo. Por otro lado, el Presidente Orsi viajó a China y retornó con acuerdos complementarios. Hay conversaciones con Japón y Vietnam. El proceso del Transpacífico está en marcha.
Hasta acá, el reconocimiento justo.
UNA FALLA QUE CRUZA GOBIERNOS Hay fallas que atraviesan diversas administraciones y no son errores exclusivos del Frente Amplio, sino una insuficiencia crónica de la gestión exterior del país, donde cada gobierno aportó lo suyo. En primer lugar, la apertura requiere cautela, y la política exterior no debiera utilizarse como bandera política doméstica.
Por ejemplo, la gestión de Lacalle se jugó fuerte a China, con anuncios altisonantes que —entiendo— pudieron arriesgar el entendimiento con otros mercados. A su vez, el gobierno frentista actual, que llegó durante la cosecha de los frutos de largos esfuerzos negociadores, tiene ahora la oportunidad de convertir esa apertura en capacidad permanente para vender más. La cuestión no es lo que heredó, sino lo que haga con esa herencia.
Falencias distintas con un mismo final: descuidar el eslabón que transforma el acuerdo en exportación efectiva. Cambian los gobiernos y los discursos, y el problema queda intacto: lo más parecido a una política de Estado que tenemos es la de no terminar nunca el trabajo.
Nada de esto desconoce el trabajo profesional y muchas veces silencioso de la diplomacia uruguaya. El problema no es la falta de capacidad negociadora; es la ausencia de una conducción que integre negociación, promoción, inversión y producción en una misma estrategia nacional.
En el fondo, Uruguay confunde diplomacia de anuncio con política exterior de resultados. Celebra la firma, comunica la apertura y difunde las fotos. Pero rara vez organiza con la misma energía el trabajo posterior: producir más, habilitar mercados, promover ventas y acompañar a quienes tienen que competir. Ahí es donde suele romperse la cadena.
ABRIR ESTÁ PENSADO; ACCEDER, NO El problema se desagrega en dos niveles —la apertura y el acceso—, y no están, ni de lejos, igual de atendidos.
En el de la apertura, el debate uruguayo está sorprendentemente tan vivo como ideologizado: unos, más audaces, elogian el modelo chileno en su versión más pura —sacar la pata del lazo del arancel externo común y animarse a lo bilateral—; otros, más cautos, prefieren flexibilizar el bloque antes que afectarlo, aunque irrite a Brasilia y a Buenos Aires. El “cómo abrir”, en tanto, está bastante pensado.
El problema operativo es el otro nivel. El del acceder. Y ahí las previsiones estratégicas se teorizan más de lo que se preparan los recursos para su puesta en marcha.
Y ojo: no es que no sepamos hacerlo como país. La cuota Hilton de carne premium la llenamos al 99,8 %, mejor que Australia y Argentina, a más de 15.000 dólares la tonelada. Ahí accedemos, porque hay décadas de trazabilidad, institutos y articulación público-privada. El problema es todo lo demás. Muchas veces el obstáculo no es ni el arancel: es un protocolo sanitario sin terminar, un contenedor que sale caro, tarde y mal, con tarifas portuarias muy por encima de las de la región y un costo país que se come el margen.
Por algo, de la gira a China, lo más concreto que trajimos fue un grupo para destrabar barreras no arancelarias. Eso es acceder de verdad. Y hace falta lo que pocos dicen: una Uruguay XXI menos remisa, recursos humanos idóneos para negociar y, lo que no se menciona siempre, sectores que puedan producir más. Porque el acceso tiene que ir de la mano de la inversión.
LO QUE VIENE: CUOTA GRANDE, OFERTA CHICA Es oportuno mirar lo que viene, porque ahí el problema deja de ser teórico. Europa abre una cuota nueva de 99.000 toneladas de carne para el bloque —que entra de forma gradual en cinco años—, de las que a Uruguay le tocarían unas 21.000, casi cuatro veces lo que hoy coloca por la Hilton, en un mercado de 450 millones de personas. Otro orden de magnitud.
¿Y con qué lo llenamos? El rodeo vacuno flota desde hace más de veinte años en una banda de once a doce millones de cabezas, sin poder quebrarla, y los novillos —la categoría exportadora— cayeron casi un quinto en cinco años. La propia vicecancillería lo admitió: hay cupos en los que Uruguay no tiene oferta suficiente, o es escasa.
Y no hace falta esperar: esa misma cuota, mientras el Mercosur no acuerda cómo repartirla, ya funciona por “ley de la selva”; el primero que llega se lleva la porción mayor. Por tanto, en algunos casos ganamos acceso a un volumen que todavía no estamos preparados para producir. Abrir no es acceder, y esta vez se mide en toneladas.
Y no es solo carne. En arroz, cuando hay oferta y reflejos, Uruguay puede capturar buena parte de una cuota. En miel o huevos, en cambio, otros son más veloces. En lácteos, China muestra que el problema práctico muchas veces está en la definición de protocolos y certificación de habilitaciones. Y en servicios globales, donde no hay barcos ni aranceles, el cuello de botella se llama talento, escala y promoción.
Distintos sectores nos enseñan la misma lección: abrir no alcanza si no hay capacidad organizada para acceder.
COMPETITIVIDAD SÍ, MAGIA LIBERAL NO
Hay quienes todo lo miden con números fríos: el peso caro, la competitividad que se escapa frente a Brasil, una maraña regulatoria que ahuyenta inversión. Y están en lo cierto.
Pero ojo con las recetas de magia liberal. Y cuidado con creer que todo se resuelve con una planilla de costos. La competitividad importa de modo fundamental —es la frontera donde se gana o se pierde en serio—; lo que no puede es volverse el único criterio, frío y sin sentido público.
Abrir y acceder son medios necesarios, no fines: el fin sigue siendo un desarrollo que llegue a la gente y construya desarrollo social general.
Y por tanto queda pendiente lo otro: cómo prepara el país a su industria y a su gente para no salir lastimados cuando entren nuevos competidores. Pero eso es harina —una harina importante— de otro costal.
NO FALTAN IDEAS: FALTA QUIÉN CONDUZCA
Puestas a interactuar entre sí, estas perspectivas componen la cadena entera: cómo abrir, cómo vender y cómo dar el salto al valor agregado y la inteligencia aplicada, que exige capacidad y tecnología. El Estado hoy no es protagonista de ninguna.
Esa es la crítica de fondo. No faltan ideas: sobran. Falta quién las ordene, en un escenario público fragmentado. La Cancillería negocia, Economía atiende la caja, Uruguay XXI promociona como puede, los institutos sectoriales —INAC, INAVI, INALE— defienden cada uno su parcela, y la Ciacex, reflotada tras diez años de siesta, coordina.
Pero coordinar no es conducir. Nadie tiene el volante unificador de la inserción y la promoción como una sola política.
Uruguay no necesita solo cancilleres que firmen acuerdos. Necesita una conducción comprometida que coopere y prepare con los sectores, convierta acuerdos en exportaciones y sea medida por sus logros.
Los países abiertos lo resolvieron hace rato. Singapur fusionó sus agencias en una sola ventanilla —algo de lo que acá estamos lejos y que enfrentaría resistencias burocráticas—. Nueva Zelanda, país chico y agroexportador como nosotros, acompaña a cada empresa desde la fábrica hasta la góndola del mundo. ¡La acompaña!
No es un misterio: mando único público, continuidad comprometida del Estado y una promoción asociada a la capacidad real de aprovechar lo que se negocia.
Nosotros tenemos los organismos, los cuadros y los acuerdos; lo que falta es esa conducción que junte las tres cosas. Y mientras no la articulemos, vamos a seguir celebrando firmas con el riesgo de que no se traduzcan en un solo dólar más de exportación.
JULIO, LA PRUEBA
La presidencia del bloque Mercosur nos llega con el mango caliente. Días antes, en Asunción, Argentina pidió entrar al Transpacífico por su cuenta y Brasil reclamó que se respeten las reglas comunes.
Conviene mirar el barrio entero: todos, de un modo u otro, abren. Argentina hacia el Pacífico y Estados Unidos; el bloque, con un rol clave de Brasil, hacia Europa; nosotros hacia China. Muchas veces refunfuñando contra el mismo arancel externo común que nadie se anima a cuestionar.
La pelea es por la letra chica de quién puede abrir y quién no. Nadie discute lo otro: si alguno —o todos en conjunto— pueden de verdad vender más. Así de estrecho se ha vuelto este querido Mercosur.
Uruguay va a presidir transitoriamente ese bloque, y la medida del éxito estará en cómo se explote esa oportunidad. Si aprovecha la presidencia para discutir cómo transformar apertura en ventas, habrá dado un paso estratégico. Si la reduce a la administración de cuotas y a la disputa protocolar, habrá desperdiciado una ocasión excepcional.
La diferencia parece sutil, pero no lo es: administrar el Mercosur institucional es una tarea administrativa; ayudar a convertirlo en una plataforma de inserción internacional sería liderazgo.
UNA TRADICIÓN HABILITADA PARA CONDUCIR
Hay una tradición política uruguaya particularmente habilitada para liderar esta discusión: la que hizo de la apertura inteligente una bandera mucho antes de que estuviera de moda.
Uruguay tiene los cuadros profesionales y los aliados técnicos para exigir lo que el gobierno no termina de acometer: que abrir o entreabrir la puerta es apenas el principio. Lo difícil, lo que de verdad importa, es cruzarla con seguridad y energía.
Uruguay no tiene un problema de puertas cerradas. Tiene un problema de umbral: abre, anuncia, celebra, pero no organiza el cruce. Y mientras siga confundiendo apertura con acceso, seguirá obteniendo victorias diplomáticas que no siempre se traducen en resultados económicos.
Abrir es fundamental. Pero abrir no es acceder, y el Uruguay lleva demasiados años confundiendo las dos cosas.
La asunción de la Presidencia Pro Témpore del Mercosur, en julio, es la ocasión de empezar a no confundirlas: de que Uruguay —y este gobierno— marquen un liderazgo y conviertan el bloque en una llave hacia el mundo, y no en un cerrojo asfixiante.
Las puertas del mundo se están entreabriendo. Esta vez, que no nos quedemos en el umbral.