Noticias

¿Cuándo termina el Mundial?

Pablo Caffarelli

Bueno, se terminó el Mundial. En realidad, sigue. Lo que se terminó fue la participación Uruguay.

Nos volvimos antes de tiempo de un grupo que, cuando salió el sorteo, parecía el equivalente futbolístico a una fila rápida del supermercado. Había que hacer tres puntos para seguir. Hicimos dos. Dos de nueve. Una actuación tan gris que hasta el VAR pidió cambio de canal.

Y entonces se acaba ese pequeño milagro nacional que producen estas competencias. Durante unos días dejamos de discutir la inflación, la inseguridad, los pozos, los impuestos y las promesas. Nos abrazamos a una camiseta creyendo, otra vez, que ahora sí. Que esta vez arrancábamos.

Pero la selección nunca arrancó.

Nunca terminó de enganchar.

Nunca sedujo.

Nunca concretó.

Mucha circulación de pelota y poca circulación de alegría.

Y cuando el árbitro pitó el final, se terminó también el oasis político más conveniente del año. Porque mientras juega Uruguay el país entero mira para otro lado. Hasta los gobiernos agradecen un Mundial. Son treinta días donde las conferencias importan menos que las alineaciones y las polémicas pasan por si Muslera pudo haber puesto las manos un poco más firmes en ese casi único remate al arco de los muchachos de la madre patria.

Pero eso dura lo que dura.

Ahora la gente vuelve a mirar para adentro.

Y cuando mira para adentro encuentra un país que se parece demasiado a esta selección.

Porque potencial hay de sobra. Como en el fútbol. Recursos, talento, oportunidades, capacidad. Todo parece estar para hacer un gran campeonato.

Pero no engancha.

No seduce.

Y, sobre todo, no concreta.

Ahí está la famosa camioneta presidencial, que pasó de símbolo de cercanía a símbolo de marcha atrás.

Y más acá, también sobre cuatro ruedas, apareció el anuncio del patrullaje con blindados del Ejército. Duró menos que un festejo de gol anulado. A los pocos días llegaron voces desde Estados Unidos recordando un pequeño detalle: esos vehículos fueron donados para misiones de paz, no para patrullar las calles uruguayas.

Luz blanca.

Marcha atrás.

Otra vez.

Ya empieza a ser una marca registrada del gobierno. Se anuncia con bombos, se celebra en redes, se organizan entrevistas… y después aparece la realidad con un cartelito que dice «disculpen, esto no era tan así».

Lo mismo ocurre con el famoso proyecto de los corredores troncales, los BRT y el soterramiento. Primero el soterramiento era indispensable. Después ya no tanto. Luego volvimos a conversar. Mate va, mate viene. Comisión para acá. Grupo técnico para allá. Mientras tanto las licitaciones siguen calentando en el banco de suplentes. Van a hacer como con el bueno de Rochet que cuando entró ya era tarde.

A esta altura me animo a hacer un pronóstico sin necesidad de consultar al Pulpo Paul: ese proyecto difícilmente vea la luz durante este período de gobierno.

Y ahí aparece otra coincidencia con la selección.

Mucho planteo táctico.

Mucho pizarrón.

Mucha conferencia.

Pero pocos goles.

Y en política, como en el fútbol, los partidos no se ganan por posesión de pelota ni por cantidad de PowerPoint. Se ganan convirtiendo. Así como hacía Luis Suárez con media chance por partido.

Los números empiezan a mostrarlo. La desaprobación del gobierno cae con una velocidad que hacía mucho tiempo no se veía. Lo preocupante no es solamente la foto. Es que recién estamos entrando en el segundo año largo de un mandato que dura cinco.

Queda muchísimo partido.

Y la tribuna ya empezó a impacientarse.

Porque el problema nunca fue perder un Mundial. Eso pasa. El problema es cuando el ciudadano baja la bandera, guarda la camiseta, apaga el televisor… y descubre que el equipo que tiene enfrente todos los días tampoco logra encontrar el arco.

El Mundial terminó.

Y ahora empieza el campeonato más difícil.

Ese donde no alcanza con prometer buen juego.

Hay que hacer goles.

Compartir

Deja una respuesta