Política nacional

El aplauso de las ovejas

Ricardo Acosta

La camioneta fue apenas la excusa. Lo verdaderamente interesante fue observar cómo muchos dejaron de discutir los hechos para concentrarse en las intenciones, las simpatías o la personalidad de sus protagonistas. Cuando eso ocurre, la política deja de ser un ejercicio de razón y empieza a parecerse a un acto de fe.

La imagen es sencilla.

Un lobo aparece en un cartel anunciando exactamente lo que piensa hacer.

No engaña a nadie. No oculta sus intenciones. No disimula.

«Yo te voy a comer», dice con absoluta claridad.

Y una oveja, admirada, responde:

«Me gustó. Dice lo que piensa».

La escena provoca una sonrisa inmediata. Pero también una inquietud.

Porque detrás del humor se esconde una de las características más preocupantes de la política contemporánea.

La creciente tendencia a valorar más la sinceridad que el contenido.

Más la autenticidad que las consecuencias.

Más la forma que el fondo.

Durante las últimas semanas Uruguay discutió intensamente alrededor de la camioneta adquirida por el presidente Yamandú Orsi, el descuento recibido, las explicaciones posteriores, las contradicciones, la intervención de la JUTEP y finalmente la donación del vehículo a la ANEP.

Mucho se dijo sobre los aspectos jurídicos.

Mucho se discutió sobre los aspectos éticos.

Y seguramente los organismos competentes terminarán estableciendo si existió o no alguna irregularidad.

Pero quizás la enseñanza más interesante de toda esta historia se encuentre en otro lugar.

En la reacción de muchos ciudadanos.

Porque una parte importante de la defensa pública del presidente no se construyó sobre documentos, normas o explicaciones técnicas.

Se construyó sobre una idea mucho más simple.

«Al menos dio la cara.» «Al menos fue sincero.» «Al menos explicó.»

La sinceridad pasó a ocupar el centro de la discusión.

Como si la honestidad comunicacional fuera suficiente para resolver cualquier cuestionamiento político.

Sin embargo, la democracia exige algo más.

Mucho más.

Un gobernante no es evaluado únicamente por lo que dice.

Es evaluado por lo que hace. Por las decisiones que toma. Por los símbolos que proyecta.

Por las señales que envía.

Por la coherencia entre sus discursos y sus actos.

La sinceridad es una virtud. Pero nunca fue una excusa.

Un político puede explicar perfectamente una mala decisión.

Puede comunicar con absoluta transparencia un error.

Puede incluso reconocer una equivocación.

Y aun así seguir siendo responsable de ella.

La historia está llena de dirigentes que dijeron exactamente lo que pensaban.

Eso nunca los convirtió automáticamente en buenos gobernantes.

Tampoco en personas admirables.

Porque la sinceridad no transforma una mala decisión en una buena decisión.

Ni convierte una conducta cuestionable en una conducta correcta.

La sinceridad simplemente elimina una capa de hipocresía.

Nada más.

Sin embargo, vivimos tiempos donde parece haberse instalado una peligrosa fascinación por los liderazgos «auténticos».

Líderes que hablan sin filtros. Que dicen lo que sienten. Que desprecian las formas. Que convierten cada intervención pública en una demostración de espontaneidad.

Y muchas veces terminamos admirando esa actitud sin detenernos a analizar qué es exactamente lo que están diciendo o haciendo.

Como la oveja del dibujo.

Fascinada por la franqueza del lobo. Indiferente a las consecuencias.

La política uruguaya tampoco está inmune a ese fenómeno.

Lo vemos en todos los partidos.

En dirigentes de izquierda, de derecha y de centro.

En militantes. En periodistas. En ciudadanos comunes.

Cada vez resulta más frecuente que los hechos sean evaluados según quién los protagoniza y no según su contenido.

Si lo hace uno de los nuestros, buscamos explicaciones. Si lo hace uno de los otros, exigimos condenas.

La vara cambia. El criterio también.

Y poco a poco dejamos de actuar como ciudadanos para comportarnos como hinchas.

Ese es el verdadero riesgo.

Porque cuando la política se transforma en un campeonato de lealtades, la verdad pierde importancia.

Lo único que importa es defender la camiseta.

La camioneta pasará. La polémica también.

Dentro de algunos meses probablemente nadie recuerde los detalles de esta historia.

Pero la pregunta seguirá siendo válida.

¿Estamos evaluando a nuestros gobernantes por sus acciones o por nuestras simpatías?

¿Estamos analizando los hechos o simplemente justificando a quienes ya decidimos apoyar?

La democracia necesita ciudadanos críticos.

No admiradores.

Necesita personas capaces de cuestionar incluso a quienes votaron.

Capaces de exigir explicaciones incluso a quienes les generan confianza.

Capaces de reconocer errores incluso cuando esos errores provienen de su propio sector político.

Porque una república sana no se construye sobre la obediencia.

Se construye sobre el pensamiento crítico.

Y quizás esa sea la verdadera lección que deja toda esta historia.

No importa tanto lo que diga el lobo.

Lo verdaderamente importante es que las ovejas no dejen de pensar.

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