Uruguay mundial
Pablo Caffarelli
Cada vez que rueda una pelota en un Mundial, Uruguay vuelve a encontrarse con su propia historia. No es una historia cualquiera. Es la de un país pequeño, enclavado entre dos gigantes, que alguna vez decidió comportarse como un ejemplo.
El Mundial nació en 1930 y nació aquí. No fue un regalo ni una concesión. Uruguay había conquistado los Juegos Olímpicos de París 1924 y Ámsterdam 1928, que la propia FIFA reconocía como campeonatos mundiales de la época. Éramos campeones del mundo antes de que existiera la Copa del Mundo. Y cuando llegó la hora de organizar el primer torneo, el país asumió un desafío que hoy parece imposible: construir un estadio monumental en pocos meses para recibir a las selecciones del planeta.
Se hizo. Con trabajo, decisión política y una noción de grandeza que hoy parece extraviada. Así nació el Estadio Centenario, monumento vivo de los cien años de nuestra primera Constitución. Mientras el mundo atravesaba la crisis económica más profunda de su tiempo, Uruguay levantaba una obra emblemática y, de paso, ganaba el campeonato derrotando a la Argentina en la final.
Aquella generación no se limitó a competir. Construyó y venció. Hizo infraestructura y escribió historia. Veinte años después llegaría el Maracanazo, acaso la mayor hazaña deportiva de todos los tiempos. Por eso cuatro estrellas iluminan nuestro escudo. Cuatro. No dos. Y lo hacen con pleno reconocimiento de la FIFA, pese a las periódicas discusiones de quienes desconocen la historia o simplemente no la toleran.
Esas estrellas representan algo más que triunfos deportivos. Son el reflejo de una forma de ser. Del Uruguay audaz, inconformista, batallador. Del país que entendía que la grandeza no dependía del tamaño sino de la voluntad.
La pregunta que hoy me hago es qué ocurrió después.
Porque mientras admiramos las glorias del pasado, cuesta encontrar en el presente obras que despierten el mismo orgullo colectivo. El Estado crece, el gasto aumenta, las estructuras burocráticas se multiplican, pero los resultados parecen cada vez más modestos. Proyectos millonarios terminan convertidos en monumentos al despilfarro. Reformas necesarias quedan atrapadas durante años entre expedientes, corporativismos y discusiones interminables.
Montevideo es quizá el ejemplo más visible. El tránsito se deteriora año tras año. Trasladarse por la ciudad consume tiempo, productividad y paciencia. Las soluciones existen, los diagnósticos abundan, pero la ejecución siempre parece perderse en algún escritorio.
Sin embargo, cada Mundial vuelve a recordarnos algo esencial. Cuando la selección entra a la cancha, reaparece ese viejo ADN uruguayo. El que nos llevó al cuarto puesto en Sudáfrica 2010, a conquistar la Copa América en Argentina en 2011 y a competir de igual a igual contra países que nos superan ampliamente en población y recursos.
Tal vez por eso el fútbol emociona tanto. Porque nos recuerda lo que fuimos capaces de hacer cuando nos propusimos objetivos ambiciosos. Porque funciona como un espejo entre la determinación que mostramos en la cancha y las resignaciones que aceptamos fuera de ella.
Uruguay tiene condiciones extraordinarias para transformarse en un centro logístico, tecnológico y financiero de referencia regional. Tiene estabilidad institucional, talento humano y ubicación estratégica. Lo que falta no es capacidad. Lo que falta es decisión.
En estos días de Mundial volveremos a soñar con victorias imposibles. Ojalá que esa energía no termine cuando suene el pitazo final. Ojalá que el espíritu que levantó el Centenario en tiempo récord y silenció al Maracaná vuelva a contagiar también a la política, a la gestión y a la construcción del país que viene.
Porque la historia ya demostró que Uruguay puede hacer cosas extraordinarias.
Solo necesita volver a creerlo.
¡Uruguay nomá!