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El voto que sangra

César García Acosta

El PNUD viene informando –al menos desde hace 10 años-, el comportamiento de los partidos políticos con cifras y datos removedores: todo deja en evidencia que en América Latina la opinión es que mientras las instituciones recaen, la esperanza en el `voto útil´ se mantiene. Quizá por eso se profundiza el `voto de descontento contra el sistema´, el que pone su foco en el cansancio y descontento por las ideas, las propuestas y los candidatos. Uruguay parece no ser una excepción a esta regla, y a 60 días de las elecciones internas de los partidos políticos, se hace difícil contagiar a la población de la necesaria expectativa en la política. De izquierda a derecha, pasando por el autodeclarado espacio liberal de centro, los partidos no logran hacer actos con más de 100 concurrentes. Ya no se cierran las calles para hacer mitines callejeros, ni se alquilan estadios deportivos cerrados en los pueblos o en las villas para reunir a los correligionarios. Hoy se apela a reuniones en los jardines de las casas, en sus veredas, y los más organizados en vez de juntarse en alguna barbacoa, conversan con su candidato por zoom. Aún no está claro si el desafío de la campaña de 2024 estará en twitter, instagram, tiktok o Facebook. Cualquiera sea su destino la construcción de los mensajes o reels que se componen, tendrán su desafío más complejo en encontrar el motivo que sustituya a los eslóganes de campaña que se hacían en los años 60 del siglo pasado, cuando sus mensajes –sí- movían multitudes. La democratización de la comunicación pone en jaque la inventiva de quienes deben construir mensajes claros e inequívocos para llegar al nicho de votantes que les permita marcar la diferencia.

Dice una publicación del PNUD que “los partidos políticos, y más ampliamente, la organización política, han sido una característica clave de la democracia. Los partidos políticos pueden articular intereses colectivos, agregar preferencias y canalizar demandas en el proceso de formulación de políticas. Durante las elecciones, los votantes utilizan a los partidos como representantes de cómo gobernarán los candidatos electos y qué tipo de políticas seguirán. Los partidos también pueden controlar e imponer disciplina a los funcionarios electos que se desvíen de sus plataformas. Esto permite cierta predictibilidad, ya que los partidos suelen actuar como contrapeso de las posiciones extremistas.”

Resulta algo consensuado que cuando los sistemas de partidos son débiles, existe el riesgo que los votantes tengan menos información y, por lo tanto, que los votos se emitan con información limitada sobre las políticas que seguirán los candidatos como representantes electos. La rendición de cuentas de quienes resultan electos ante la ciudadanía organizada, se ve también debilitada. “En última instancia, la ausencia de partidos políticos puede desestabilizar las democracias pues las legislaturas muy fragmentadas dificultan los acuerdos entre los actores y las posibilidades de gobernar”, enfatiza el PNUD.

Aunque los ciudadanos de los países de América Latina y el Caribe tengan poca confianza en las instituciones (especialmente en los partidos políticos), han mantenido su compromiso con las elecciones. Esto resulta un hecho.

En sus conclusiones el PNUD asegura que, “los ciudadanos están utilizando las elecciones para expresar su descontento, un fenómeno denominado `voto del descontento´ que puede definirse como el rechazo a los partidos políticos, las élites tradicionales y otras instituciones.” La gente vota por nuevas plataformas políticas, a menudo creadas en torno a personalidades específicas y no a definiciones políticas.

Quizás lo que estamos observando es una renovación de los partidos políticos de la región, que responde a cambios en las preferencias y prioridades de los votantes, en un mundo plagado de incertidumbre. Probablemente estemos asistiendo a un posicionamiento de los electores en contra de los partidos políticos establecidos y a favor de opciones más nuevas que a menudo se sitúan en los extremos opuestos del espectro político.

“Estamos presenciando un ‘voto del descontento’ contra el sistema. Dice el PNUD que “los votantes se acercan a las urnas con cansancio y descontento. En cualquier caso, la salud de los sistemas de partidos políticos debería preocuparnos a todos, ya que representan una característica clave de las democracias dinámicas y receptivas.”

En este contexto, el Partido Colorado ofrece un menú de 7 candidatos (Tabaré Viera, Daniel Gurméndez, Robert Silva, Andrés Ojeda, Carolina Ache y Guzmán Acosta y Lara y Zaida González.

La atomización de las candidaturas puede tener varias interpretaciones: una, relativamente entendible, es la búsqueda por los liderazgos sectoriales; otra, `marcar la diferencias` con el gobierno de turno, aunque eso radicaliza los discursos y debilita las propuestas.

Un ejemplo de estos debates estériles es el del ingreso a la función pública municipal que jamás debería ser una cuestión de honor para formar una futura coalición. Nos guste o no a los colorados, Intendencias que fueron de nuestro partido, cambiaron de color cuando los “buenos administradores” colorados de la época, priorizaron el superávit a la inversión en el gasto público social, como en la Montevideo de 1990 cuando Tabaré Vázquez gastó el superávit dejado en apenas 2 meses financiando el precio del boleto del ómnibus.

Las Intendencias que hoy tanto se critican, sumados todos sus ingresos, representan apenas 3 puntos de PIB: unos 2.400 millones de dólares: 1 punto del PIB se destina a las transferencias por el reintegro de impuestos cobrados en territorio; otro 1 punto del PIB es la recaudación de la Intendencia de Montevideo; mientras otro punto del PIB lo representa la recaudación de todas las Intendencias del interior juntas. Para ser más gráficos: apenas el 3,33% del presupuesto nacional es lo que se transfiere a las Intendencias. El 96% restante lo maneja discrecionalmente el Presidente y sus Ministros.

Pero nos enfrascamos en la estupidez de pretender regular mediante la Constitución el ingreso del personal municipal, cuando ya está regulado por los estatutos de sus funcionarios. Han mirado como contrataciones directas hasta a los jornales solidarios que no son trabajo, sino asistencias sociales.

Aunque no resulte sencilla la tarea de `diferenciarse del gobierno´, habrá que arreglárselas para ubicarse en el escaparate imaginario de la opinión pública, como la socialdemocracia, como el batllismo en la coalición.

De no ser así, no habrá sustento para las propuestas ni ilusión para la gente.

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