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Exceso de velocidad: acelerar en amarillo

Eduardo Fazzio

En la nota anterior describí el trancazo interno del Frente Amplio: un conglomerado que ya no funciona como fuerza unificada sino como una suma de vectores que se neutralizan. Aquello era un diagnóstico de mecánica interna. Lo que muestran estas semanas es el conglomerado recibiendo una señal externa nítida y desfavorable: las encuestas.

Dos consultoras distintas, midiendo en las mismas semanas, coincidieron en un mensaje difícil de discutir. No es el mal número de una encuestadora: es una tendencia que mediciones independientes confirman, y que se viene profundizando desde hace un año —la desaprobación trepó del 14 al 48 por ciento. No es un episodio: es una pendiente estructural. Y el dato políticamente decisivo no es el global, sino el interno: la caída se concentra entre los propios votantes del Frente. No es que crezca el rechazo opositor: es el voto frentista el que empieza a soltarse.

Frente a eso, el secretario de la Presidencia, Alejandro Sánchez, ofreció una lectura. Hay que «poner el pie en el acelerador» para que las políticas «se asienten más fuertemente»; y, sobre todo,

«tenemos un rumbo que es bueno; lo que hay que hacer es profundizar en él». Conviene tomar esa frase en serio, porque encierra un razonamiento completo: el rumbo es correcto, la gente todavía no lo ve, entonces hay que acelerar y comunicar mejor. Toda la cuestión está en la primera premisa.

Y la primera premisa es, justamente, la que está en duda. Sánchez no dijo ninguna tontería: su razonamiento es coherente y cualquier votante lo entiende. El problema no es que diga un disparate. El problema es que da por resuelto lo único que el gobierno tendría que demostrar. Porque la gente sí ve un rumbo. Ve que el gobierno gestiona, ejecuta, inaugura, anuncia. Lo que no ve es un destino. Y rumbo no es la suma de las cosas que se hacen: es la dirección que esas cosas dibujan.  Lo que  Sánchez  ofrece  son  respuestas casuísticas, y la casuística es lo contrario de un rumbo.

Hay una razón de fondo, y es histórica. El Frente nació y creció con una identidad por oposición: era la alternativa, la fuerza de la mística, lo que todavía no se había probado. Mientras esa fue su naturaleza, el rumbo estaba dado —se trataba de llegar, de desplazar a los partidos tradicionales. Pero después de quince años de gobierno y de un paso por la oposición, el Frente vuelve al poder ya sin red: sin la novedad, sin la épica fundacional intacta, ante un electorado que lo maduró y dejó de concederle el crédito del recién llegado.

Y ese electorado ya no es el mismo. Parte de él —más urbano, más digitalizado, más distante de los viejos reflejos identitarios— dejó de responder automáticamente a la liturgia frentista. El Frente, mientras tanto, modernizó su gestión —se volvió pragmático— pero no su idea de hacia dónde va el país. Le pide los viejos reflejos a una sociedad que ya tiene otros. La desilusión no viene del ruido de las internas. Viene de ese desencuentro.

El propio oficialismo deja ver que el rumbo no está claro ni siquiera puertas adentro. Ante las encuestas hubo, el mismo día, reacciones distintas: la vicepresidenta llamó a la autocrítica, Orsi admitió preocupación y dijo que «hay que saber corregir», y Sánchez, en cambio, pidió profundizar y acelerar. No es un problema de coordinación del relato. Es que el número dos del gobierno considera que el rumbo es bueno y el número uno reconoce que no sabe qué está fallando. Si arriba no hay acuerdo sobre si el rumbo es correcto o hay que rectificarlo, el llamado a pisar el acelerador es más temerario todavía.

Hay un ejemplo que lo condensa. Sánchez viene impulsando una propuesta para canalizar el ahorro nacional hacia proyectos de inversión de las empresas públicas. Más allá de lo que se piense de la idea, hay un detalle que la atraviesa: el propio Sánchez la define como «un tema de carácter nacional para los próximos 10 o 20 años». Es decir, su iniciativa de fondo rinde frutos recién en una o dos décadas. ¿Qué se acelera, entonces? El dirigente que pide pisar el acelerador para mostrar resultados ya presenta su propuesta estrella como una construcción de largo plazo. Su propio reloj no cierra con su discurso de urgencia.

Y ahí está el malentendido de fondo. El presidente del Frente Amplio acaba  de  pedirle  a  los frentistas insatisfechos que «constaten» los avances contra el programa para «ver el alto nivel de cumplimiento». Pero el que se desencanta no pide un control de stock, reclama entender hacia dónde se va. El gobierno lee la desaprobación como un problema de velocidad cuando es un problema de dirección. Cada día que se insiste en el diagnóstico equivocado no es neutro: se consume el activo más escaso de un gobierno, que es el margen para corregir a tiempo. Acelerar sobre un rumbo en duda no acerca el destino. Aleja la posibilidad de encontrarlo.

Me hace acordar a una tía mía, que se quejaba de que mi tío manejaba demasiado rápido. Él le contestaba: «Te llevo rápido porque te quejas todo el camino; si voy más ligero, llegamos antes y dejas de quejarte». Y ella: «Sí, o nos matamos antes».

El que se desencanta no pide llegar antes; duda de cómo se conduce. Y a un auto que acelera en amarillo no se le pide que vaya más rápido: se le pide que sepa adónde va, y que maneje con más cuidado.

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