No alcanza con contar los muertos
Zósimo Nogueira
El miedo, la incertidumbre y la in-conciencia no se miden. La eficiencia en el esclarecimiento de los delitos ayuda, castiga y marca presencia del Estado. Pero no frena la actividad criminal ni da las garantías necesarias para una convivencia en paz. La mayoría de las muertes son el producto de enfrentamientos entre criminales o ajusticiamientos por cuentas impagas o diferencias en las transacciones ilegales. Contar muertos es fácil, pero también deben contabilizarse los ataques fallidos, con y sin heridos. Los ingresos a las emergencias de los hospitales.
Las tentativas de muertes frustradas, por error, por fallas o imprevistos en la planificación o en el intento. Las amenazas, las imposiciones de hacer no hacer tal o cual cosa.
Las limitaciones a la movilidad de personas y transportes (personales o colectivos)
Los innumerables “cotos” de caza de incautos o desprevenidos.
Peajes, agresiones, correrías, agravios físicos y verbales. Las ocupaciones de la propiedad privada, rompiendo aberturas y hasta paredes para apropiarse y convertir en asentamiento de ilegales.
En varios lugares se ven desplazamientos de “ocupas” desalojados por la autoridad de una “boca” de venta de droga o por el ocupante más fuerte que paso a regentear el lugar.
Deambulan con bolsos y envoltorios en busca de un nuevo predio o construcción en donde penetrar. No tienen hábitos de trabajo, ni capacidades.
Muchos cargan con hijos, otros los abandonan y todos buscan los planes sociales del Mides. Pero para sostener problemas de consumo siempre se apoyan en la marginalidad, se juntan y abroquelan con otros para sostener su modus vivendi.
El primer ocupa implanta su bandera y vende espacios. Para el vecindario zozobra y miedo. Alguno se anima y denuncia la ocupación, pero la respuesta tarda o no viene. Hay que ubicar al dueño de la finca, tarea lenta, dificultosa y de poco interés para la autoridad. Casas viejas, propietarios ancianos, problemas legales y de sucesión.
El miedo lleva a encerrarse temprano en casa, a no ver o no contar lo que se ve por la ventana, a no auxiliar a quien es víctima de un delito, a no dar testimonio.
A no usar un reloj, una cadenita de oro bajo por miedo a ser agredido/a para quitártelos, a no parar en un semáforo o no respetar el límite de velocidad a pesar de que lo multen. A no saber donde estacionar.
A dar propinas extorsivas a cuidadores de estacionamientos públicos y limpiadores truchos. Aún pagando el estacionamiento tarifado.
Miedo apoyado en el desaliento por la ineficacia de las denuncias por cosas de poca monta a pesar de que lo hayan vapuleado o tirado al piso para robarle. Nadie sueña con recuperar una joya robada, ni que se investigue su venta en comercio de plaza.
Mucho menos en los mil puestos de receptadores, en ferias e intermediarios de otras actividades. Sedimentos de las “bocas”
La inseguridad y el pánico mayor de encontrarse en el medio o inmediaciones de una balacera por enfrentamiento entre bandas criminales; o de éstos con la policía. Correrías, huidas, toma de rehenes, ocultamiento o encubrimiento forzado. Esperanzados, pero no confiados en la policía. Esperanza por necesidad y desconfianza por falta de vínculos con la comunidad, lentitud de respuesta y notoria falta de medios.
La suspicacia está ahí, si todos saben lo que pasa y lo que puede pasar porque no se prevé, no se evita que ocurra. Los vínculos entre policía y criminal siempre están sobre la mesa.
Imposibilidades legales que justifican negligencia, vista gorda, temores y facilitan “tranzas”
Con la disciplina resquebrajada por una carrera policial muy digitada y por la gran dependencia de los pocos recursos humanos con que cuentan se hace difícil una buena gestión.
Muchísimos policías desafectados; (en especial stress y problemas de salud mental) hace que la tolerancia y no la disciplina sea la norma de convivir y sobrevivir de las unidades operativas, recargadas en trabajo.
La prevención y el patrullaje muy escaso, no hay recursos humanos suficientes.
Muchas demandas cubiertas a destiempo y con personal de otra actividad.
Los buenos y laboriosos agotados y siempre sumando compromisos de actividad y gestión y los otros solo apoyando, pero necesariamente tolerados. Así funciona.
Como medir la inseguridad con los muertos si hay balaceras permanentes un día en un barrio, y otro y otro. Al siguiente la respuesta en otros lados, un par de días en calma, operativos policiales y nuevamente otra ola de tiroteos y en simultanea varias palizas y algún muerto en las cárceles.
Agreguemos algún atropellado por una moto o auto en disparada.
Ataques personificados, a domicilio. Policías asaltados para robarles el arma. Uniformados o no, es igual. No hay temor en el malviviente.
Las mismas barras de afuera se organizan y manifiestan en las internas carcelarias.
Cerro, Cerro norte, Marconi, Placido Ellauri, Maroñas, Villa Española, 40 semanas, Peñarol, Casavalle, Ciudad Vieja, Cordon, Goes, Carrasco Norte. Parque Batlle. También Pocitos y Punta Carretas. No se salva nadie.
Donde hay una boca con ese trajinar permanente de consumidores hay problemas. Hay lugares de fácil ingreso y difícil salida. Obstáculos, calles peatonales, encerronas.
A la salida o al ingreso a partidos de futbol, básquetbol, otros deportes y espectáculos musicales o artísticos, también se reiteran episodios de violencia, balas, heridos y hasta muertes. El consumo problemático de sustancias afecta a toda la comunidad.
El vicio a edad temprana. A pesar de que lo nieguen a influjo de la marihuana legal, por reducción de percepción de riesgo.
Quien asegura como casual el enfrentamiento entre hinchas o a la salida de un espectáculo y no una muerte programada. En las propias canchas venden droga.
Las cámaras eran toda una novedad, para ahuyentar y reducir el crimen.
Ahora se muestran ante ella para demostrar valentía e integración al crimen. Reivindican su forma de vida.
Policías investigadores atacados; sumamos amenazas y atentados a autoridades carcelarias y Ministeriales y se ve un estado de indefensión alarmante.
Solo faltan las sirenas para que como ocurriera en Londres o ocurre en Israel, Palestina y otros lugares al sonar de estas se corran a los refugios.
Tal-vez lo consideren alarmista, pero la realidad es difícil, hay un alto grado de inseguridad en nuestro querido Montevideo. Y no se resume a contar los muertos. Ni de una forma, ni de la otra.
Hay que invertir más en seguridad, pero hacerlo bien, muy bien. No planificando para el mañana, organizando y ejecutando hoy. Si nos está yendo de las manos.