Culturales

Un sudor frío…

Jorge Nelson Vhagas

En los últimos tres días estuve releyendo febrilmente el libro “El asedio a la democracia” del maestro y amigo Tomás Linn. La preocupación de Tomás es  el decrecimiento de la democracia liberal en distintas partes del mundo que tiene como principales focos al populismo y al autoritarismo. Hugo Chávez-Nicolás Maduro, Donald Trump, Vladimir Putin y Jair Bolsonaro, entre otros mandatarios extranjero, quedan englobados en esa categoría.

¿Qué me llevó a esa relectura? Han aparecido en las redes sociales planteos sobre la necesidad de “ilegalizar al Partido Comunista”. Incluso hubo quienes mencionaron que se debía poner en práctica la ley 9936 (Ley de Asociaciones Ilícitas) aprobada en 1940, que aún estaría vigente. Admito mi estupor ante semejante sugerencia. No pude evitar meterme en la polémica y sostuve (sostengo) que para llevar acabo semejante medida no habría más remedio que dar un golpe de Estado.

Porque implicaría quitarle los fueros a sus legisladores democráticamente electos para sacarlos del Parlamento (¿cómo se haría esto?), cerrar sus locales partidarios y medios de prensa, arrestar a los sindicalistas que profesan esas ideas y cerrar sindicatos, censurar y destruir  todo material que se refiera al marxismo, destituir docentes y funcionarios públicos, encarcelar, continuar persiguiéndolos en la clandestinidad y hacer continuas redadas, tareas de vigilancias (que incluyan las redes sociales) como intervenir teléfonos y revisar correspondencias, interrogar a los detenidos para saber dónde actúan las redes comunistas en las sombras.  Obviamente una tarea que correspondería a policías y/o militares…

Pero, además, ¿qué pasa con los otros grupos de izquierda marxistas y no marxistas? Porque el PCU no es grupo aislado, forma parte de una coalición que, en este momento, es mayoritaria electoralmente. Por tanto, habría que ilegalizar también a todo el Frente Amplio.

Cuando pregunté, a los patrocinadores de este dislate, si conocían alguna otra vía para su propósito que no fuera montar un estado represivo,  guardaron – hasta este momento – un silencio sepulcral que, al mismo tiempo, dice mucho. Demasiado.

Y tal silencio me hace correr un sudor frio por la espalda.

Si bien el libro de Tomás el énfasis, con respecto a la realidad uruguaya, está puesto en personas de izquierda que manifiestan simpatía por regímenes autocráticos, existe un nicho en la sociedad que agrupa a quienes sienten afinidad por los autoritarismos de derecha.

Ellos también asedian a la democracia.

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