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Los sospechosos de Siempre.

Una mujer fue condenada, pero el caso apenas empieza. 193 transacciones irregulares, millones desviados, y un silencio que no se compra ni se vende: se comparte. En el FOSVOC todos sabían, y nadie dijo nada.

Durante años, la bandera de los trabajadores fue levantada por los mismos que hoy intentan esconder la mugre debajo de la alfombra.

La sentencia contra Stella Rey, funcionaria del Fondo Social de Vivienda de Obreros de la Construcción (FOSVOC), parecía, para algunos, el cierre de una historia de traición y codicia.

Pero no.

Apenas empieza.

Porque en este caso nadie puede hacerse el sorprendido.

Todos sabían.

Sabían que había desvíos, que las cuentas no cerraban, que los números del Fondo se movían con una soltura que no tiene ningún dinero ajeno.

Sabían que se compraban autos, electrodomésticos, hasta comida para mascotas con plata que era para viviendas de obreros.

Y mientras tanto, se hablaba de solidaridad y de justicia social, con la misma solemnidad con la que se firmaban las transferencias.

La hipocresía también tiene su precio.

Y ese precio, parece, se paga en dólares.

La justicia comprobó 193 transacciones irregulares por 35 millones de pesos y 17.000 dólares.

Ordenó el decomiso del dinero hallado en una cuenta del BROU, pero el resto… nadie sabe muy bien adónde fue.

O mejor dicho: algunos sí saben.

Más de treinta testigos declararon ante Fiscalía que parte del dinero fue a parar a circuitos vinculados al Partido Comunista del Uruguay y al propio SUNCA.

No está confirmado, pero tampoco negado.

Y cuando algo no se niega con fuerza, es porque duele lo que podría probarse.

Ahora quieren hacernos creer que todo fue obra de una sola mujer.

Una funcionaria que un día se levantó con el poder de mover millones sin que nadie lo notara.

Una especie de maga de las transferencias.

Por favor…

¿De verdad alguien puede pensar que en un sindicato de ese tamaño nadie veía nada?

La justicia cumplió: condenó a la responsable.

Pero la justicia no limpia las conciencias.

Y ahí empieza el otro juicio, el que no se hace en los tribunales sino en la cabeza de todos.

Porque si algo está claro es que Stella Rey no se quedó con todo.

Se quedó con una parte, con las migas, con lo que le dejaron tomar.

El resto siguió el camino de siempre: el de los amigos del poder, el de los que no firman, pero mandan.

En este país la corrupción sindical siempre tiene la misma fórmula.

Siempre hay un “caso aislado”, una “maniobra individual”, una “compañera que se equivocó”.

Y la estructura sigue igual.

El silencio sigue igual.

Y los mismos que ayer gritaban por justicia, hoy callan para no perder la silla.

Dicen que el movimiento sindical es la conciencia crítica del país.

Bueno, ojalá fuera cierto.

Porque cuando te robás la esperanza de los que menos tienen, la conciencia se convierte en negocio.

Y cuando el poder se disfraza de obrero, termina haciendo lo mismo que los patrones a los que dice combatir.

El FOSVOC no fue una caja chica.

Fue una caja fuerte.

Ahí adentro se mezclaron durante años las cuotas de miles de trabajadores con los caprichos de unos pocos dirigentes que se sintieron dueños de todo.

Hasta que algo se rompió.

Y cuando se rompió, apareció la pieza sacrificable: la funcionaria sola, la culpable perfecta.

Hoy hay una mujer presa y varios exdirigentes condenados.

Pero el sistema que los amparó sigue intacto.

El dinero se fue, las viviendas no se construyeron y los discursos de moral sindical vuelven a llenar los actos.

Nada cambia cuando el silencio se paga bien.

Nada cambia cuando los que callan cobran su parte.

Porque la corrupción no se mide solo en plata.

También se mide en cobardía.

Y esa, lamentablemente, no tiene castigo judicial.

En este país, todos sabían.

…por qué eran » Los Sospechosos de Siempre

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