Un oriental en Buenos Aires.
Ricardo Acosta
Crónica de una ciudad en paro general que discutía su reforma laboral en el Congreso, mientras buena parte de su vida cotidiana seguía funcionando con normalidad.
Escribo desde Buenos Aires el día en que Argentina convocó a un paro general mientras el Congreso debatía y finalmente aprobaba la reforma laboral impulsada por el gobierno de Javier Milei.
La escena política estuvo donde debía estar: en las inmediaciones del Congreso, con movilización sindical, fuerte despliegue policial y momentos de tensión. Allí se concentró la disputa. Allí se expresó con claridad el rechazo gremial a una ley que modifica reglas centrales del mercado laboral argentino: contratación, indemnizaciones, período de prueba, costos empresariales y litigiosidad.
La degradación no estuvo solo en la calle. Dentro del recinto también se cruzó una línea. En plena sesión se viralizó un video en el que la diputada Florencia Carignano desenchufaba micrófonos del sistema de taquigrafía, en un intento evidente de entorpecer el debate. Hubo gritos, maniobras para romper quórum y escenas más cercanas a un forcejeo de barras de que a una deliberación parlamentaria.
Cuando el Congreso , el ámbito que debería elevar la discusión, recurre a tácticas físicas para impedir que se vote, no estamos ante estrategia política: estamos ante un deterioro institucional. Se puede estar en desacuerdo, se puede votar en contra, se puede argumentar con firmeza. Lo que no se puede es sabotear el propio mecanismo democrático cuando el número no alcanza. No es oposición responsable. Es una forma de degradación de la política que termina cuestionando la credibilidad de todos.
Pero la ciudad es mucho más que su epicentro político.
Lejos del Congreso, el paro no tuvo el dramatismo que muchas veces se asocia a esa herramienta. Caminando por zona Norte, microcentro y otros lugares de la ciudad, la vida urbana mostró un ritmo reconocible: transporte circulando, taxis trabajando, comercios abiertos, movimiento habitual. No hubo sensación de parálisis generalizada.
El signo más visible de adhesión fue otro: la recolección de residuos. La basura acumulándose en los contenedores marcaba que el paro existía. En lo demás, la ciudad parecía convivir con el conflicto sin detenerse por completo.
No pretendo convertir una experiencia puntual en diagnóstico nacional. Me moví por zonas de alto nivel socioeconómico y eso, inevitablemente, condiciona la percepción. Pero en ese circuito urbano no percibí una atmósfera de angustia colectiva ni de tensión social extendida. Puede ser una burbuja. Puede ser apenas una postal parcial. Aun así, también es parte de la realidad.
La reforma laboral aprobada implica una redefinición del vínculo entre empresas y trabajadores. El Gobierno la presenta como una herramienta para dinamizar el empleo formal y modernizar estructuras. Los sindicatos la consideran un retroceso en derechos históricos. Es una discusión estructural, no coyuntural.
Sin embargo, la jornada dejó una imagen interesante: conflicto concentrado y normalidad extendida. La presión estuvo en la calle que rodea al poder legislativo, mientras amplios sectores urbanos mantuvieron su rutina.
El paro mostró capacidad de movilización política. Pero también evidenció que su impacto ya no es necesariamente importante en la vida cotidiana de una metrópolis como Buenos Aires.
Desde la mirada de un oriental de paso, el contraste fue evidente: mientras se votaba una reforma clave y se medían fuerzas en el centro institucional del país, buena parte de la ciudad siguió funcionando.
Y ahí hay una señal política que trasciende la anécdota. La Argentina discute transformaciones profundas, con alta tensión y movilización sindical, pero también con una sociedad que no necesariamente se detiene al ritmo del conflicto. El poder gremial demuestra capacidad de presión; el Gobierno demuestra capacidad de avanzar. Entre ambos, una ciudadanía que, al menos en amplias zonas de la ciudad, sigue con su rutina.
La reforma fue votada.
El paro se hizo.
El Congreso decidió.
La calle protestó.
Y Buenos Aires, más allá de su epicentro político, continuó.
Esa convivencia, institucionalidad activa, protesta presente y normalidad urbana, quizás explique mejor que cualquier consigna el momento que atraviesa la Argentina.